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Manuela Carmena: "Después de lo de Atocha miré muchas veces quién venía detrás"

La obra 'Cristina, Manuela y Paca' hace un recorrido por la transición, la lucha antifranquista y por los derechos humanos a través de las biografías de la alcaldesa de Madrid, Cristina Almeida y Francisca Sauquillo. Se cumplen 40 años de la matanza de Atocha. 

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Funeral por la matanza de Atocha, en el que Manuela Carmena llevaba una corona de flores.- EFE 

MADRID.- Manuela Carmena se encuentra reunida con su colega José María Mohedano en el local de la calle Atocha, 49. Es el 24 de enero de 1977. Las agujas del reloj se acercan a las 23 horas. De repente, comienzan a sonar sirenas de policía. Hay gritos. Carmena y Mohedano se asoman a la ventana. Ven que el jaleo proviene del otro local, el de la calle Atocha, 55. Se ponen los abrigos. Salen disparados.

"Marchaos, que os están matando a todos", les aconseja una vecina. Carmena y Mohedano deciden permanecer. "Vamos hacia el despacho y ya les han sacado a todos, ya está todo aquello manchado de sangre, y no sé quién nos dice que están llevándolos a los hospitales. Ya es cuando nosotros nos organizamos y llamamos al Colegio de Abogados", explica la hoy día alcaldesa de Madrid en la obra Cristina, Manuela y Paca (Editorial Península), firmada por Irene Díaz, José G. Alén y Rubén Vega, que realiza una biografía conjunta de las juristas Manuela Carmena, Cristina Almeida y Franquisca Sauquillo y que se presenta este martes en Madrid. 

Manuela Carmena podría haber estado en esa sala. Ella era la titular de aquel despacho de abogados de Atocha y en aquel lugar había concertado su cita. Sin embargo, una llamada recibida varias horas antes, de Luis Javier Benavides, le salvaría la vida. Benavides quería cambiar el lugar de la reunión. Carmena se reuniría en el número 49 y él en el 55. Ella acepta. Minutos antes de que diera comienzo la reunión se encuentra con Lola González Ruiz y Javier Sauquillo, quien sería asesinado a sangre fría después. Se toman un café. Lola recibiría un balazo en la mandíbula y perdería, por segunda vez, a su pareja. El primero fue Enrique Ruano, muerto bajo custodia policial; la segunda, Sauquillo.

"Vamos hacia el despacho y ya les han sacado a todos, ya está todo aquello manchado de sangre, y no sé quién nos dice que están llevándolos a los hospitales"

La hoy alcaldesa de Madrid llevaba ya detrás un importante bagaje como luchadora antifranquista. Militaba en el Partido Comunista desde sus tiempos como universitaria en Derecho y ya sabía lo que era tener a la policía política del franquismo detrás, ser expulsada de la universidad y también estar detenida. Pero esto era diferente. Años atrás, cuando descubrió que estaba siendo seguida por la policía no sintió miedo. Es más, aquello sirvió como refuerzo. "Nos sentíamos muy importantes; éramos unos cuatrilicuatros y teníamos todos los días un coche de la policía detrás", explica en la obra. 

Sin embargo, en este 24 de enero de 1977 la sensación es muy diferente. La futura jueza describe lo que sintió en el libro editado por Península: “Cuando siento miedo de verdad es después de lo de Atocha, es decir, después de lo de Atocha yo me paso muchas veces mirando quién viene detrás... pero hasta que no matan a los compañeros en Atocha no tienes la sensación de que puedes pasar una cosa tan tremenda. Piensas, pues, como nos ha pasado otras veces, que nos van a detener, que vamos a estar unos días allí, que nos van a dar la lata y tal, pero yo creo que no éramos conscientes de ese peligro”.

De los nueve abogados que se encontraban en la sala cinco murieron en el acto: Luis Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez. Cuatro salvaron la vida: Luis Ramos, Miguel Sarabia, Dolores García y el propio Alejandro. Entre los que solían estar en aquel despacho y en aquellas reuniones y ese día no estaba se encuentra la abogada Cristina Almeida. Había viajado a Chile, a instancias de la ONU, para trabajar en un proyecto de solidaridad relacionado con la desaparición de mujeres y niños en la dictadura de Pinochet. Nada más regresar a España fue al hospital a visitar a los cuatro supervivientes. Este es su testimonio:

Hubo 591 muertos por violencia política durante la Transición. 188 de estas muertes se deben a violencia política de origen institucional

"Cuando entramos a ver por primera vez a los heridos, yo fui a ver a Alejandro [Ruiz-Huerta] y Luis Ramos. Luis me agarró la mano tan fuerte... '¡Estamos todos bien, de verdad'. Me agarró tan fuerte que tuve la mano morada con los dedos de Luis, morada del apretón, de unirse a la vida través de esa visita. Y luego fui a ver a Lola y me sacó una pizarra, porque claro, Lola estaba en el postoperatorio... imagínate, le destrozaron toda la cara... y en la pizarra pone: 'Dónde está Javier'. Y yo: 'A Javier lo están intentando salvar, está muy malito'. Ella: '¡Yo ya lo vi porque le estuve tapando la cabeza para que no se desangrara'". 

Luis Javier, Enrique, Javier, Serafín y Ángel pasaron a engrosar la lista de las 591 muertos por violencia política durante la Transición. 188 de estas muertes se deben, en palabras del historiador Mariano Sánchez, a violencia política de origen institucional. Es decir, los asesinatos “desplegados para mantener el orden establecido, los organizados, alentados o instrumentalizados por las instituciones del Estado”, explica Mariano Sánchez, autor de la obra La Transición Sangrienta (Península). 

El mismo 24 de enero, horas antes de la matanza de Atocha, un bote de humo lanzado por la Policía había impactado en la frente de la estudiante universitaria Mariluz Nájera, que murió. En ese momento, Mariluz se encontraba en la manifestación en protesta por el asesinato de otro joven estudiante un día antes: Arturo Ruiz, quien fue tiroteado por un grupo de extrema derecha durante una manifestación que pedía la amnistía para los presos políticos que aún estaban encarcelados.

El miedo, no obstante, sirvió de acicate para Manuela Carmena. La matanza de hace 40 años significó una especie de deuda, "de obligación moral de continuar por los que habían muerto". Y tras la legalición del PCE en la Semana Santa de aquel 1977, la implicación significó ayudar al Partido en las elecciones generales de junio. La hoy alcaldesa de Madrid irá en el puesto 23 de la lista del PCE. Sólo hay tres mujeres entre los 22 primeros nombres y otros seis en los diez últimos. La campaña electoral, sin embargo, le mostró algo que ella ya había sospechado antes: las estructuras del Partido Comunista son demasiado rígidas para ella. Además, no compartía el modo de hacer política.

"La democracia le costó la vida a cientos de personas. No fue fácil llegar hasta aquí ni construir una democracia en la que todos tenemos cabida.

En uno de sus primeros mítines, en Collado Villalba, Carmena dice darse cuenta de que la gente lo que quería oír era proclamas del estilo 'Camaradas, ante todo la lucha', pero que ella tenía la intención de explicar la Alianza de las Fuerzas del Trabajo y la Cultura. “Me sentí completamente descolocada”, reconoce Manuela Carmena. “Me parecía que la candidatura no era democrática, Santiago [Carrillo] no nos reunía nunca (…) Recuerdo, además, esa sensación de que Santiago jamás se dirigió a nadie a decir: 'Hola, ¿qué tal estás?' y tal. Él llegaba como si fuera una especie de autoridad por encima de todos, una jerarquía, algo que me desagradaba muchísimo”.

En 1979 Manuela Carmena dio salida a su compromiso opositando para jueza. Únicamente habían accedido tres mujeres a la judicatura antes de la 27ª promoción a la que pertenece. Después vendría la lucha contra la corrupción en los juzgados, su paso a juez de vigilancia penitenciaria, su elección como decana de los jueces de Madrid, su salto al Consejo General del Poder Judicial, su jubilación y la aventura con Ahora Madrid que la ha situado como alcaldesa de la capital.

Alejandro Ruiz-Huerta es hoy el último superviviente de aquella masacre. El azar, y un bolígrafo en su camisa, le ayudaron a esquivar la muerte. En una conversación anterior mantenida con Público lamentaba la "escasez" de memoria democrática en España. "La democracia le costó la vida a cientos de personas. No fue fácil llegar hasta aquí ni construir una democracia en la que todos tenemos cabida. Recordémoslo”, concluía Alejandro Ruiz. 

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