La última cena de Franco en Meirás: crema de verduras, gallos grillet, ciruelas y Evacuol
Los archivos del pazo revelan que el dictador consumía en sus últimos días siete fármacos contra el párkinson, la osteoporosis, la fatiga, el estreñimiento, las infecciones cutáneas y urinarias y las crisis respiratorias.
La dieta estival del tirano elaborada por su médico durante su estancia en Sada (A Coruña) tres meses antes de su muerte incluía percebes, txangurro, camarones, faisán, merengues italianos y profiteroles.

El último día que cenó en las Torres de Meirás a finales del verano de 1975, Francisco Franco había comido a mediodía marmitako de primero, pollo asturiano de segundo y fresones con nata y ciruelas de postre. Tenía 82 años, padecía párkinson desde hacía más de una década y su estado de salud, con problemas respiratorios, circulatorios y dermatológicos además de las dificultades comunicativas y de movilidad derivadas de la degeneración neuronal de la enfermedad, parecía muy frágil. Su médico le había retirado hacía unos días la cerveza y las patatas fritas del aperitivo, pero la cena de aquel día, el 7 de septiembre, la última que ingirió en Meirás, tampoco fue frugal: tomó crema haitiana –un puré de verduras y calabaza–, las típicas meigas gallegas –gallos, en castellano– a la brasa con patatas hervidas, manzanas asadas a la miel y más ciruelas.
Así lo desvelan las anotaciones manuscritas de su galeno de cabecera, el endocrinólogo Vicente Pozuelo Escudero, que la Casa Civil del Jefe del Estado registraba luego a máquina y guardaba meticulosamente en los archivos de las Torres. Esa documentación, a la que Público ha tenido acceso, demuestra que las últimas vacaciones del tirano, apenas tres meses antes de su muerte, en la residencia que había robado casi cuarenta años antes en Sada (A Coruña), transcurrieron con mucha placidez. Al menos en lo que a su alimentación se refiere, que a primera vista no se corresponde con la dieta de un enfermo grave ni mucho menos terminal o moribundo.
En el verano de 1975 la salud de Franco ya se había deteriorado de manera alarmante. En julio del año anterior había ingresado en la ciudad sanitaria que llevaba su nombre –hoy es el hospital Gregorio Marañón de Madrid– aquejado de una flebitis en la pierna derecha causada, al parecer, por el tiempo que había pasado sentado y casi inmóvil viendo partidos del Mundial de Fútbol que se disputó en la República Federal de Alemania –la última, por cierto, para la que no se clasificó la selección española–. Se recuperó, pero el episodio le dejó graves secuelas. Durante el otoño, el invierno y la primavera siguientes dio muestras de evidente debilidad y de desorientación en varias apariciones públicas. Su equipo había adscrito una ambulancia a su comitiva que lo seguía, por si acaso, en todos sus desplazamientos. El régimen empezó a tener serias dificultades para seguir ocultando la evidencia de que su tiempo se estaba acabando.
Hasta su ingreso en el hospital en el verano de 1974, el médico de Franco había sido Vicente Gil García, a quien en la Falange apodaban Vicentón por su envergadura física. Era un camisa vieja, como se conocía a quienes militaban en esa orden fascista antes del golpe de Estado del 36, que había conocido a Franco en 1937 cuando ejercía de odontólogo en el frente, y ambos habían trabado una íntima amistad que lo había convertido en uno de sus principales consejeros y confidentes. Hasta el punto de que, amparado en la confianza que da esa camaradería castrense y bravucona con el líder, que lo había condecorado en varias ocasiones y que lo nombró presidente la Federación Española de Boxeo -al frente de la que estuvo entre 1956 y 1968-, no dudaba en meterse en asuntos políticos y en cuestionar incluso las decisiones de los ministros más poderosos.
En julio de 1974, de hecho, sostuvo varios sonados enfrentamientos en público con el yerno de Franco, el también médico Cristóbal Martínez-Bordiú, por el diagnóstico y tratamiento del tirano pero también porque se negaba a aceptar que Martínez-Bordiú, animado por el entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, forzara a Franco a delegar temporalmente la jefatura del Estado durante su ingreso hospitalario en el entonces príncipe sucesor, Juan Carlos de Borbón, con quien no congeniaba. Casi llegaron a las manos, y la familia del dictador se hartó de él. La mujer de Franco, Carmen Polo, decidió sustituirlo por Pozuelo, que era el jefe del servicio de endocrinología del hospital en donde Franco se estaba tratando, y que además era el médico de la cuidadora de sus nietos. "Vicente, a Paco le gustan las caras nuevas", dicen que le dijo Carmen Polo a Vincentón para quitárselo de encima.
Pozuelo, un reconocido nutricionista, empezó a elaborar a mano los menús diarios de Franco que se fueron guardando en los archivos de Meirás desde que llegó al pazo en su último viaje a Sada el 29 de julio de 1975. Los horarios estaban establecidos estrictamente bajo orden del segundo jefe e intendente de la Casa Civil de Franco, Fernando Fuertes de Villavicencio, un militar camisa nueva de Falange que había sido jugador del Atlético de Madrid –llegó a presidir el club en dos ocasiones– y quien fue ascendiendo poco a poco en el régimen a la sombra del dictador –acabó siendo gerente de Patrimonio Nacional, cargo que siguió ocupando durante la democracia hasta 1981–. El tirano también lo hizo vizconde. En una nota de agosto de 2018, Fuertes recuerda "a todo el personal de cocina y de comedor" de las Torres de Meirás que el horario de los menús diseñados por el doctor Pozuelo para Franco debe ser "cumplido con la mayor exactitud".
De desayuno, a las ocho de la mañana, 200 gramos de leche, bizcocho y ciruelas. De aperitivo, a las 11.30, cerveza y patatas fritas a la inglesa –hasta que el galeno le retiró ambas el 31 de agosto–. El almuerzo, a las 14.30: platos básicos como tortilla, macarrones, sardinas asadas con cachelos, caldo gallego y huevos a la cubana, pero combinados con productos gourmet: mariscos –percebes, txangurro, camarones–, carnes nobles –solomillos, chuletas y turnedós–, aves finas –faisán de Aranjuez, pichones...–. De postre, fruta, flanes, natillas, pastelería, merengues italianos, profiteroles. A veces, las comidas son muy copiosas: el 29 de agosto, por ejemplo, la dieta elaborada por el nutricionista consiste en percebes, pez espada a la plancha, ternera estofada, fresón a la naranja y batido de frutas.
La merienda se sirve a las 18:30, a base de yogures, zumos o batidos. Y a las 21.30, de cena, dos platos: consomé, cremas, sopa o verduras de primero, y de segundo, casi siempre pescados caros: lubina a la brasa, lenguado frito en mantequilla, merluza hervida, mero a la plancha, atún mechado al estilo Azor –el yate de Franco–, rape a la plancha o la coruñesa.... De guarnición, patatas o pimientos de padrón, y de postre, como al desayuno, siempre lo mismo: ciruelas.
Uno de los primeros y más habituales síntomas del párkinson es el estreñimiento, porque el deterioro de los tejidos nerviosos afecta también a los que controlan al tránsito intestinal, que se ralentiza. Además de las ciruelas de su dieta, Pozuelo siempre receta a Franco el laxante Evacuol en todas las prescripciones diarias que firma durante las últimas semanas del tirano en Meirás. También Sinemet, el medicamento más importante que toma y que alivia la rigidez muscular, los temblores y los espasmos del párkinson.
Además, el médico receta a Franco Cal-C-Vita, un efervescente con suplementos de vitaminas y calcio contra el desgaste óseo; Geriplex contra la fatiga; Persantin y Nicortatin contra la insuficiencia vascular leve; Ravigona y Positón contra los eccemas y las afecciones cutáneas; Fosfocina contra las infecciones urinarias; Micostatina contra los hongos intestinales y bucales y Urbasón contra las alergias y las crisis respiratorias. Pozuelo también se encarga del régimen farmacológico de Carmen Polo, que registra siempre debajo del de su marido. Además de Cal-C-Vita, Geriplex y Ravigona, recibe Miokombin, un antibiótico; Bepanthene, contra las dermatitis; Actifral, un complejo vitamínico, y Primobolán, un esteroide para prevenir la debilidad y la pérdida de peso.
El 8 de julio de 1975, tras su última cena en Meirás y tras haber visitado durante el verano Ferrol y Santiago, los Franco –el matrimonio, su hija, varios cuñados y cuñadas, nietos, nietas y bisnietos– tomaron en un Boeing 727-200 de Iberia en el aeropuerto compostelano de Lavacolla para volver a Madrid. El dictador nunca regresó a las Torres, aunque su familia siguió haciéndolo durante casi cuarenta años. Ahora, el Tribunal Supremo ha declarado que el inmueble cuyas llaves tuvieron que entregar al Estdo en 2020 no les pertenece, lo que significa que nunca jamás un heredero del dictador volverá a sentarse a la mesa a comer allí.




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