Qué es y no es periodismo: la fachosfera mediática alimenta la confusión para colarse en la agenda informativa
Activistas ultras se amparan en su supuesta "independencia" y en la necesidad de combatir a los periodistas que, según ellos, "compadrean" con el poder, para perseguir y acosar a políticos y reporteros.
"La falta de pensamiento crítico ha permitido que los agitadores tengan mucho más éxito que los profesionales que siguen un proceso riguroso de verificación", explica Elena Herrero-Beaumont.

Madrid-
La voz más alta (Movistar) explica en siete capítulos cómo se ha corrompido el concepto de periodismo a lo largo de las últimas décadas en Estados Unidos. Roger Ailes plantó la primera semilla al fundar Fox News. Lo hizo después de aupar al poder a Richard Nixon y Ronald Reagan. La carrera de los conservadores fue meteórica. Ailes supo entender los medios como una máquina de marketing político, llegó a una audiencia que parecía inaccesible: la América real. Este consultor de medios y ejecutivo televisivo popularizó las fake news y puso sus micrófonos en manos de la extrema derecha. Bertrand Ndongo, Vito Quiles, Javier Negre y compañía no han inventado la pólvora. Los agitadores que se ponen el disfraz de periodista para boicotear el trabajo de los profesionales de los medios sólo tratan de seguir la vía americana.
Antonio Maestre ha sido la última víctima del acoso ultra. El periodista y escritor ha denunciado este miércoles una agresión del agitador Bertrand Ndongo a las puertas del Congreso. No es la primera vez que la extrema derecha lo persigue. Y tampoco es su único objetivo. Ana Pardo de Vera, Silvia Intxaurrondo y Sarah Santaolalla también han sufrido hostigamiento y amenazas por hacer periodismo y participar en distintos programas de televisión. Lo mismo ocurre con los líderes políticos de izquierdas cada vez que salen a dar una rueda de prensa. Los ultras se amparan en su supuesta "independencia" y en la necesidad de hacer frente a los profesionales que, según ellos, "compadrean" con el poder. El argumento de que la profesión está "vendida" y de que algunos reporteros son "afiliados" a sueldo de las fuerzas progresistas ha conseguido calar. ¿Cómo es posible distinguir lo que hace un agitador de lo que hace un periodista? ¿El periodismo está en peligro? ¿Qué podemos hacer para salvarlo?
"La sociedad tiene tanta desafección por los medios de comunicación que a la primera que llega un individuo y presume de ser el único que dice la verdad, cuela. Esto es una estrategia básica. Si te dicen que sólo ellos [los agitadores] son independientes y van a decir la verdad, desconfía", arranca Pedro Lechuga, decano del Colegio Profesional de Periodistas de Castilla y León y miembro de la Red de Colegios de Periodistas de España. El reportero considera que estos perfiles "no deberían estar acreditados" en las ruedas de prensa o actos institucionales y advierte: "Lo que hacen es vulnerar el derecho a la libertad de información para convertirlo todo en un espectáculo".
Vito Quiles y buena parte de los agitadores utilizan como escudo su título de periodista; lo hacen para responder a quienes piden su salida de las instituciones o denuncian su infiltración en el sector. "Tener el título no te hace ejercer correctamente tu profesión. Esto pasa en el mundo de la enfermería, en la medicina y en cualquier otra disciplina. Cuando se convierten en activistas, los periodistas dejan de hacer periodismo", continúa. Los medios serios suelen utilizar el prefijo pseudo para referirse a este tipo de comportamientos. Las fuentes consultadas por este diario, sin embargo, prefieren no hablar de pseudoperiodismo. "La explicación es sencilla: puedes ser periodista o no serlo. No caben medias tintas. El hecho de incluir el pseudo delante nos hace daño a nosotros mismos porque es una forma de aceptarlos [a los agitadores] como parte del gremio", insiste Joan María Morros, decano del Col·legi de Periodistes de Catalunya.
¿Periodistas o activistas?
El periodismo no está "estrictamente reglado", es decir, los profesionales de los medios de comunicación no tienen por qué colegiarse para desempeñar sus funciones, como sí ocurre con la abogacía o la arquitectura. Eso no quiere decir que cualquier persona con una cámara y un micrófono esté capacitada para ejercer la profesión. La línea que separa el periodismo del activismo, de hecho, está bastante definida. "El periodismo es una disciplina de verificación llevada a cabo por una redacción, un proceso colectivo y sin beligerancias políticas ni empresariales. El activismo, por su parte, no obliga a verificar absolutamente nada, sino que promueve determinados intereses, agendas e ideologías. No es necesaria una disciplina de verificación", explica Elena Herrero-Beaumont, directora del think tank Ethosfera y una de las impulsoras del Observatorio de Medios e Información Responsable.
Los periodistas que han sido señalados y acosados por activistas de extrema derecha también tienen clara la diferencia entre lo que implica hacer periodismo y las maniobras de Ndongo, Quiles o Negre. "Lo que hacen es un insulto a la memoria de tantos y tantas periodistas que se han dejado la salud y hasta la vida informando. No hacen información: mienten sistemáticamente, fabrican bulos haciéndolos pasar por noticias, manipulan la realidad hasta límites insoportables, acosan a los periodistas y políticos que no les bailan el agua o, directamente, no los financian. En el fondo saben que el periodismo será el primero en sacar sus vergüenzas y denunciarlos como sicarios de las guerras híbridas que pretenden desestabilizar y destruir las democracias", desliza Ana Pardo de Vera, directora corporativa y de relaciones institucionales de Público. "Vito Quiles publicó la semana pasada la dirección de la casa de la presidenta de Red Eléctrica. Yo mismo sé dónde vive y cuál es el piso de Isabel Díaz Ayuso. No me veréis nunca sacando una foto de su casa y colgándola en redes. Esta comparación creo que sirve para ilustrar un poco la diferencia", añade Antonio Maestre.
Pedro Lechuga comparte este diagnóstico y recuerda que "cuando el periodista hace de activista o comisario político, no podemos exigirle que respete ningún código deontológico", porque sería incongruente. "La sociedad tiene que comprender esto. Los periodistas no estamos para ser los protagonistas de la noticia, sino para cuestionar y preguntar –cuando nos dejan–. Esto es de primero de carrera. Los que hacen lo contrario, no hacen periodismo", reivindica. Los profesionales consultados por Público apuestan por la "autorregulación" para acabar con la mala praxis de los agitadores y destacan además el papel del conglomerado empresarial. "Es importante poner el acento en qué empresas se consideran legalmente medios de comunicación", apunta Javier Díaz Noci, catedrático de Periodismo e investigador en medios digitales en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
El discurso ultra crece al calor de la desafección
"Lo que hacen Vito [Quiles] y Bertrand [Ndongo] es fundamental para sostener la democracia. La labor del periodismo es fiscalizar el poder", llegaron a decir desde Vox. La extrema derecha ha votado esta semana en contra de reformar el reglamento del Congreso para sancionar a los agitadores ultras e insiste en justificar sus actitudes bajo el falso paraguas de la "libertad de información". El discurso ha calado. Las redes han servido de trampolín y el descontento social allanó el terreno. "La desconfianza institucional ha favorecido que cualquier persona pueda colocarse como una voz con autoridad. Los ciudadanos, muchas veces, dan la misma credibilidad al cuñado de turno que a una voz experta. Esta falta de pensamiento crítico ha permitido que los agitadores –que utilizan la emoción– tengan mucho más éxito que aquellos profesionales que siguen un proceso riguroso de verificación", relata Elena Herrero-Beaumont.
Javier Díaz Noci señala "el hartazgo de determinados sectores de la población, que activamente evitan las noticias", como otro de los factores a tener en cuenta para explicar los buenos resultados de la estrategia ultra. "La falta de confianza en los medios, más que en los periodistas, y la fatiga informativa tienen que ver con el éxito de estos discursos. Los jóvenes –no todos, naturalmente– que consideran que van a vivir peor que sus padres y abuelos tienden a confiar más en perfiles rupturistas, menos establecidos como parte de un sistema", continúa. Los tiktokers, influencers y agitadores ocupan aquí un lugar protagonista. El componente emocional con el que juegan en sus discursos tiene "todos los ingredientes" para seducir al público antiestablishment. Las asociaciones de prensa, eso sí, advierten de los riesgos de confundir lo que hacen estos perfiles –contenido viral, algunas veces de actualidad– con las funciones y el rigor que debe llevar asociados el periodismo.
La regulación, al margen de los distintos gobiernos
El Congreso de los Diputados ha dado esta semana luz verde a la admisión a trámite de la reforma de su reglamento para sancionar a las personas acreditadas como prensa que cometan infracciones de comportamiento dentro de la Cámara Baja. PSOE, Sumar, ERC, Junts, EH Bildu, PNV, Podemos, BNG y Coalición Canaria han votado a favor. La derecha y la extrema derecha pulsaron –como era de esperar– el botón del no. "Esta reforma va a permitir retirar las acreditaciones cuando algún agitador vulnere las normas. Es un avance, pero tenemos que ir más allá para volver a los orígenes del periodismo", recalca Pedro Lechuga. El miembro de la Red de Colegios de Periodistas de España alerta, no obstante, de algunos riesgos: "No podemos permitir que ningún gobierno determine qué es un medio y qué no. La solución tiene que pasar por la autorregulación. Si no, estaríamos dejando herida de muerte la libertad de prensa".
"El Congreso ha dado un paso adelante –muy lento– que busca un efecto inmediato: aliviar el estrés que sufren los compañeros y compañeras periodistas y políticos que no son de Vox o del PP a la hora de hacer su trabajo", celebra Ana Pardo de Vera, aunque la reforma "llega tarde y es insuficiente". "Los corresponsales parlamentarios han tenido que manifestarse para pedir algo tan básico como trabajar sin acosos, amenazas e interrupciones constantes. Hace falta una conciencia mayor sobre el derecho constitucional a la información, pero mientras tengamos a partidos que se dicen democráticos, como el PP, que siguen financiando y alentando los bulos y la manipulación de estos mercenarios con alcachofa desde las instituciones, el camino se va a hacer difícil", insiste. La directora corporativa de Público denunció recientemente un intento de agresión por parte de Bertrand Ndongo, acreditado en la Cámara Baja.
Joan María Morros, decano del Col·legi de Periodistes de Catalunya, propone además desarrollar un programa nacional de "educación mediática", tanto en los colegios e institutos como en los centros cívicos y residencias de ancianos. "Esto es fundamental para protegernos de las informaciones interesadas que buscan hacer daño, difamar o difundir mentiras, sobre todo en plena escalada de la extrema derecha a nivel mundial, una extrema derecha que ha ido erosionando el papel de los periodistas y de los medios que hacen correctamente su trabajo", reivindica. El organismo catalán trabaja precisamente en una suerte de "sello de calidad" para los periódicos y canales que "actúen con ética periodística". Los que no respondan con una buena praxis, perderían ese distintivo "y no podrían recibir publicidad institucional", plantea Morros.
Elena Herrero-Beaumont comparte la idea de "crear unos estándares" para que los medios rigurosos puedan "diferenciarse de otro tipo de actores" en el cosmos de la información. "Lo bueno sería que los estándares tuvieran una aplicación real, para evitar el mediawashing", señala. La investigadora considera necesario "estimular el pensamiento crítico" y construir espacios de reflexión, una máxima que comparten casi todas las fuentes que han hablado con Público. El periodismo pasa por un momento crítico y necesita "intervenciones urgentes" para sortear "un futuro desolador", un futuro en el que los pupilos de Roger Ailes tienen cada vez más poder. "Si los periodistas dejamos de existir, nos vamos a acordar como sociedad toda la vida", sentencian desde la Red de Colegios de Periodistas de España.
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