Este artículo se publicó hace 10 años.
Rajoy amenaza a Rivera: el pez grande quiere comerse al chico
El líder del PP reconoce en Málaga por primera vez que Podemos podría gobernar, por lo que no ha dudado en pedir el “voto perdido” a quienes confiaron en Ciudadanos el 20-D

-Actualizado a
MÁLAGA.- Durante las pruebas de sonido del pequeño gran mitin del Partido Popular en Málaga, suena Acabo de llegar, una canción de Fito & Fitipaldis que le vendría al pelo a Girauta (a la guitarra) y a Rivera (al cante). Ojo a la letra: “Que te voy a decir, / si yo acabo de llegar / si esto es como el mar / quien conoce alguna esquina / dejadme nacer / que me tengo que inventar / para hacerme pez / empecé por las espinas [del PP]”.
El añadido es marca de la casa. Aun así, la estrofa parece escrita a imagen y semejanza del candidato de Ciudadanos, quien en un visto y no visto ha venido a ocupar un espacio privilegiado en la primera fila del concierto electoral. Una vez llegado hasta aquí y a pesar de las encuestas, no parece dispuesto a ceder terreno, aunque para ello tenga que emplear los codos al tiempo que mantiene incólume su sonrisa profidén.
Si fuera −que diría Raffaella Carrá− un pez, Rivera podría ser un chanquete, una variedad diminuta, transparente y que apenas llega a alcanzar un año de vida. Así lo consideraba el líder del PP: una especie invasora, fruto de las aguas revueltas de la crisis, que le había robado el plancton y a la que le auguraba una legislatura de existencia. Sin embargo, ahora le habla, como si se tratase de un diálogo de besugos: quiero tus votos, tus votos perdidos. Bis.
Rajoy, el de las espinas, no podría ser otro pescado en Málaga que un boquerón, si bien el pescaíto frito de la ciudad, exquisito, hoy en día tiene de todo menos de malagueño. Poco importa, porque el chanquete, prohibido y prohibitivo, tampoco es chanquete, sino otra cosa (a saber qué será Rivera). El caso es que el pez grande quiere comerse al chico y la excusa es buena: los votos a Ciudadanos que no acarreen un escaño son votos a Podemos.
El presidente del Gobierno en funciones ha salido del armario en dos sentidos: por un parte, se dirige sin ambages al caladero electoral del partido naranja (que era, en buena parte, el del PP) para reclamar el voto perdido en las pasadas elecciones; y, por otra, llama a las cosas por su nombre al reconocer por primera vez en campaña que Podemos, al que señala como verdadero enemigo a batir en las urnas, podría llegar al poder.
Al PSOE, ni agua. Es más, Rajoy se permite el lujo de despreciar tanto a Pedro Sánchez que ni lo nombra, aunque atribuye su tercer puesto en las encuestas a la negativa a pactar con su formación. Escuchar al candidato popular en un mitin es como volver a las tardes felices de Barrio Sésamo, donde el propio Rajoy se desdobla en Epi y Blas. No obstante, cuando habla de pactos, va de frente, mientras que Rivera y Sánchez, atados por el nudo corredizo de las conversaciones posteriores al 20-D, se desdicen.
El político pontevedrés ha vuelto a plantear sin complejos que apuesta por liderar un Gobierno a tres, en el que Ciudadanos y PSOE tienen sitio a la diestra y a la siniestra del padre, todo sea por evitar la llegada de Iglesias a la Moncloa. Mientras, sus cabezas de lista persisten en su lucha a cuatro bandas: contra el PP y Unidos Podemos, pero también entre ambos, puesto que faenan en un caladero de votos centristas que pueden ir a parar a la redes de uno u otro partido.
“La clave para ganarle las elecciones a Podemos es que todo el voto moderado, sensato y equilibrado se una en torno al PP. No podemos dividirnos ni perder nuestro voto”, le transmitió Rajoy en la sede provincial del PP a los interventores y apoderados del partido, una idea que repetiría luego en el mitin, celebrado en una placita situada en las faldas del monte Gibralfaro, donde se asienta la Alcazaba. Un escenario simbólico: el PP como recinto fortificado que resiste las acometidas de los infieles, si bien hasta el siglo XV los infieles eran precisamente los cristianos, que terminaron tomándola.
En Génova miran con lupa la encuesta del CIS, que a primeros de mes reflejaba que uno de cada tres electores no tenía claro su voto. El puñado de indecisos que se disputan Rajoy y Rivera alcanza la cifra nada desdeñable del 10%, que en algunas plazas equivale a un diputado más o menos para el PP. Otro 9,4% de los encuestados duda entre el líder del PP y el del PSOE, quien según los últimos sondeos publicados ha sido superado por Iglesias.
Por ello, la estrategia de Rajoy se centra ahora en que la dispersión del voto castiga a la derecha. A ellos, claro, y a C's, por lo que no duda en tratar de convencer a quienes apoyaron a Rivera el 20-D que le devuelvan la confianza, pues según él esas papeletas no les reportará ningún escaño a C's en veinticinco provincias. El PP como sinónimo de voto útil, un argumento esgrimido en el pasado por el PSOE para rascar adhesiones entre los votantes de IU y de las izquierdas periféricas. Un voto perdido, insiste el candidato del PP, es un voto para los “radicales”, adjetivo que infelizmente perdió su significado primigenio hace mucho tiempo.
El presidente en funciones sabe que esta estrategia aleja a Ciudadanos, con el que sin embargo sigue contando para formar un Gobierno de gran coalición que incluiría al PSOE. Nada nuevo: en la Italia de los ochenta, el democristiano Giulio Andreotti urdió un pentapartito para evitar la llegada de los comunistas al poder y llegó a brindarle el Gobierno al socialista Bettino Craxi, quien, con las manos sucias y prófugo de la Justicia, daría con sus huesos en Túnez, donde su vida se fue apagando sin pena ni gloria.
Ahora los cuernos y el rabo corresponden a Podemos, por lo que el objetivo inicial del PP de polarizar la campaña parece cumplido llegada a su ecuador: estabilidad o desastre. La novedad quizás resida en reconocerlo en público, tanto la puesta de largo de la novia cadáver (Pablo Iglesias) como la pedida de voto a los amantes pasajeros de Rivera, a quienes Rajoy les ha puesto en bandeja un novillo cebado. “El voto estaba perdido y ha sido hallado”, le faltó decir al líder conservador sobre sus votantes pródigos.
La elección de Málaga para el acto central no es baladí. La parada y fonda prototípica del PP en estas dos semanas viene siendo una localidad que haya pasado a manos del PSOE o de las franquicias de Podemos, así como una provincia donde el partido se juegue algún diputado. Rajoy busca bajo las piedras el voto “moderado”, un concepto relativo que sitúa en el “extremismo” toda papeleta que se atreva a transitar más allá de la calle Génova.
Aunque la ciudad es un bastión conservador desde más hace dos décadas, en las generales bajaron de seis a cuatro escaños, una pérdida que podría atribuirse a los dos logrados por Ciudadanos, pues el PSOE mantuvo sus tres parlamentarios y Podemos obtuvo un par, uno de ellos heredado de Izquierda Unida, que se quedó sin representación. Precisamente, a la mesa se sentó el septuagenario Francisco de la Torre Prados, el alcalde que tomó el relevo de Celia Villalobos, acompañado del presidente del PP andaluz, Juanma Moreno, y de Carolina España, candidata provincial al Congreso.
La cabeza de lista por la provincia hizo gala de la entereza de su apellido (“España no se rompe”, tranquilizó a los presentes, camuflados entre el follaje de banderas azules, verdiblancas y rojigualdas), pero no hizo valer sus influencias a la hora de escoger la banda sonora previa al mitin, pues no sonó ningún corte de Julio Iglesias, amigo de España, hey, para quien ha pedido el voto, y padrino de su hijo Álvaro.
Sí sonó Coti, El Último de la Fila y Duncan Dhu (una selección musical muy bipartisan, en todo caso), lo que demuestra que la agrupación local del PP malagueño atesora mejor oído que la Madrid, más dada al musicón al tiempo que repudia a Nacho Vegas, y no sabe lo que se pierde. Quizás algún día, un partido liberal de nuevo cuño reivindique el legado del asturiano, quien involuntariamente tomará el testigo de Serrat, todavía convaleciente del vahído que le causó ver a Girauta contaminando el Mediterráneo. Luego les extraña que ya no queden chanquetes ni, elecciones mediante, boquerones.
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