Xosé Manuel Beiras, el político que nunca quiso ser estatua
El intelectual que durante décadas iluminó el nacionalismo gallego murió sin haber querido convertirse nunca en el personaje que Galicia construyó alrededor de él.
El fundador del BNG, profesor, economista y referente de la izquierda nacionalista fallece a los 90 años después de una vida dedicada a pensar y discutir Galicia.

A Coruña--Actualizado a
Hay un farol en Santiago por el que Xosé Manuel Beiras tenía debilidad. Está en un pequeño tramo de la Rúa Nova, frente al muro de San Paio, casi escondido entre las piedras de la ciudad vieja. Era el farol preferido de Ramón Otero Pedrayo, el escritor y político republicano, símbolo moral del nacionalismo gallego, que llevaba allí a sus amigos y, señalándolo, decía: "Aí está, o meu amigo". Beiras lo recordaba con precisión muchos años después, como si aquel pedazo de hierro iluminado hubiera quedado guardado en algún lugar de su memoria junto a los libros, las conversaciones y las voces de la Galicia que aprendió a conocer. Quizá haya algo de él en ese farol: no ocupa el centro de la plaza, no preside ningún edificio, no reclama una estatua. Simplemente, alumbra.
A Beiras, sin embargo, Galicia sí acabó levantándole una estatua imaginaria. La construyó con materiales muy reconocibles: el pelo blanco, la barba, la pipa, los cigarrillos Benson & Hedges, los zapatazos sobre el escaño del Parlamento gallego, las citas de Camus, las discusiones interminables, las broncas con Fraga, el tono de profesor que parecía capaz de convertir cualquier intervención política en una clase de historia, economía o filosofía... Durante décadas, el país fue fabricando alrededor de aquel hombre el personaje de O Beiras, como si necesitara convertirlo en algo más grande que la persona para explicar lo que había significado. Él lo sabía y hasta lo reconocía con una mezcla de ironía y distancia: “Nunca me creí un caudillo, nunca me creí O Beiras. Yo sabía que eso era un mito”.
De hecho, pasó buena parte de su vida desmontando ese pedestal. No porque le molestara el afecto, ni siquiera la veneración —admitía que le resultaba reconfortante que la gente siguiera viéndolo como un referente—, sino porque desconfiaba profundamente de todo lo que sustituyera las ideas por los personajes. Había leído demasiado a Marx, a Sartre, a Camus, a Freud, a Barthes, demasiada antropología y demasiada historia como para no saber que los mitos sobreviven precisamente porque dejan de necesitar explicación. Pero él quería explicarlo todo. O discutirlo. Volver siempre al principio de la conversación, quitarse el disfraz del personaje y regresar a las ideas.
Primeras palabras
Quizá por eso las primeras palabras que llegan hoy a bote pronto tras su muerte no hablan tanto del personaje como de su huella. Ana Pontón, líder del Bloque Nacionalista Galego, lo define como "un referente de coraje, compromiso y amor por Galicia". Desde la distancia, Alfonso Rueda reconoce que "marcó las últimas décadas de la vida política de Galicia", y añade algo que Beiras, probablemente, habría recibido con una de sus medias sonrisas irónicas: intentó "aportar lo mejor de sí mismo, sin dejar a nadie indiferente".
Murió este jueves, a los 90 años, en A Reboraina, su casa de Brión, rodeado de familiares y amigos, después de una vida en la que Galicia fue a la vez objeto de estudio, pasión política, territorio sentimental y causa. Había nacido en Santiago en 1936 y perteneció a aquella generación que él mismo describía como dos veces derrotada: la que heredó de la República y del antifascismo la tarea de reconstruir una izquierda y un nacionalismo democráticos y que vio frustrarse después, primero, la ruptura con el franquismo y, décadas más tarde, el ciclo de movilización ciudadana de los años diez de este siglo que había vuelto a abrir una posibilidad de transformación. Aunque todo eso resulta insuficiente para explicar su figura. Porque Beiras podía hablar de derrotas durante horas y, al terminar, seguir hablando de futuro.
"La mejor idea de Galicia, la construcción de una izquierda nacional", escribe en X el exdiputado de Podemos y En Marea Antón Gómez Reino. Añade una frase que quizá resuma mejor que ninguna otra la tensión que atravesó la vida política de Beiras: "La voluntad de ganar sin dejar de ser uno mismo, pensar Galicia en el mundo y llevarla a cada rincón de la geografía emancipatoria".
Su vida política fue, en buena medida, el relato de esa obstinación. Estuvo en la fundación del Partido Socialista Galego, participó en la construcción del nacionalismo democrático de la segunda mitad del siglo XX y fue el primer diputado del BNG en el Parlamento gallego, en 1985. Bajo su liderazgo, el nacionalismo pasó de ocupar un espacio casi testimonial a convertirse en segunda fuerza política de Galicia en 1997. Después llegaron las fracturas, el enfrentamiento interno, su salida del Bloque, AGE, Anova, En Marea y nuevas derrotas. Él mismo contaba que la derecha económica le tenía miedo y que dentro del propio nacionalismo había quienes no querían que él llegase a presidir la Xunta. Cuando Manuel Fraga le dijo que debía ser el próximo presidente de Galicia, su respuesta fue casi desconcertante por su sencillez: "Siempre supe nunca iba a serlo". No lo decía con resignación, sino como quien conoce las reglas del juego y sabe que su lugar está en otra parte.
Mil vidas
Anova, el partido que nació de una de aquellas rupturas y que acabaría acompañándolo en su última etapa política, lo resumió desde otra perspectiva, en un mensaje escrito en inglés: "Beiras tuvo mil vidas y, en cada una de ellas, dejó una profunda huella, no solo en quienes lo rodeaban, sino en todo un país". Mil vidas: profesor, economista, intelectual, socialista, nacionalista, diputado, dirigente, disidente, fundador, agitador, lector, polemista... Beiras nunca cabía del todo en los sustantivos que lo describían.
De hecho, nunca fue un líder por haber tenido poder, sino porque todas las generaciones de gallegas y gallegos vivas lo vieron durante décadas en todas partes. En el Parlamento, en las entrevistas, en las tertulias, en conferencias y debates, en los libros y en los conciertos de música clásica, en las calles de Santiago, en las aulas, en las manifestaciones, en las interminables conversaciones sobre Galicia... Había en él algo que desbordaba los cargos: una curiosidad casi insaciable por entender el mundo.
Beiras quería explicarlo todo. O discutirlo. Volver siempre al principio de la conversación, quitarse el disfraz del personaje y regresar a las ideas.
En París, adonde llegó con 21 años para estudiar en La Sorbona, aprendió a mirar Galicia desde fuera; en Madrid hizo su tesis; en Santiago volvió a convertir el país en materia de estudio desde su cátedra de estructura económica. Podía hablar de economía mundial, de Marx y Lenin, de Camus, de Hobsbawm, de Aristóteles, de la historia europea o de la lucha de clases y, de pronto, detenerse en un farol de Santiago porque había sido el favorito de Otero Pedrayo.
Oskar Matute, diputado de EH Bildu en el Congreso, lo despidió mirando más allá del personaje. "Permanecen sus ideas y su compromiso con la libertad de los pueblos y la justicia social. Su lucha también es parte de nuestra historia". No descarten que Beiras hasta le habría discutido la frase si estuviera vivo, y no porque rechazara ser parte de la historia, sino porque durante toda su vida intentó evitar que la historia se convirtiera en una vitrina o en un epitafio.
Explicar la realidad
Esa mezcla de erudición y proximidad explicaba también su forma de hacer política. Una de sus convicciones más profundas era que a la ciudadanía había que explicarle la realidad, no rebajarla para hacerla digerible. "La izquierda tiene que hacer pedagogía, siempre", decía. Le indignaba lo que consideraba el analfabetismo político de una parte de los dirigentes políticos, incluso de los de su propio espacio, y le preocupaba especialmente la pérdida de memoria histórica. Por eso podía hablar del ascenso de la extrema derecha y, en la misma conversación, llevar el hilo hasta la república de Weimar, la guerra civil, el franquismo, la revolución de 1848, Catalina la Grande, Nevsky y El acorazado Potemkin. Su política era también una batalla contra el olvido.
Quizá por eso su figura ha sobrevivido tanto a las formaciones políticas que lideró. Porque había algo en Beiras que no pertenecía del todo a ninguna sigla. Una manera de entender Galicia como una pregunta abierta, como un territorio que no debía limitarse a administrarse sino pensarse. Una forma de concebir la izquierda no como una etiqueta electoral, sino como una tradición intelectual y libertaria. Una voluntad de que el país no tuviera que escoger entre ser gallego y formar parte del mundo, sino, precisamente, reflexionar Galicia en el mundo.
Quizá por eso conservó hasta el final una relación tan intensa con la palabra. Incluso cuando el mundo que había contribuido a construir parecía haberse alejado de él, seguía discutiendo. Hace tres años recibió a Público en el jardín de su casa de Brión, para una entrevista durante la que fumó durante dos horas mientras las volutas azules se mezclaban con el paisaje de A Mahía. Hablaba con la misma vehemencia de siempre, pero también con la serenidad de quien había aceptado que la historia no concede necesariamente premios a quienes dedican su vida a empujarla. Decía sentirse pesimista ante la realidad, pero se negaba a entregarse a la desesperanza: "Es el pesimismo de la razón, pero frente al pesimismo de la razón está el optimismo de la voluntad, como decía Gramsci". Ese era su carácter: un hombre capaz de mirar de frente la derrota sin convertirla en una excusa para abandonar la lucha por las causas justas.
Martiño Noriega, portavoz de Anova y uno de sus más íntimos y mejores amigos en sus últimos años, encontró para despedirlo esta mañana una imagen que parece escrita para esta última escena: "Por las calles de nuestra historia se marcha despacito nuestro comandante sin ejército para una revolución". Es otra forma de nombrar esa paradoja que acompañó a Beiras durante décadas: la de un hombre al que se le atribuyó una autoridad enorme sin que esa autoridad dependiera nunca de tener o ejercer el poder. Un comandante que, en realidad, parecía haber pasado la vida tratando de convencer a los demás de que no lo siguieran a él, sino a las ideas que discutía.
Distancia con el mito
También ahí se mide la distancia entre Beiras con su propio mito. Un mito necesita certezas y él vivía instalado en el debate permanente. Un mito necesita una imagen fija y él cambiaba, se corregía, polemizaba, volvía sobre sus propios argumentos... El mito necesita un pedestal; él prefería una mesa llena de libros, una pared repleta de pinturas o un jardín. Por eso resultaba y resulta tan difícil convertirlo en estatua. Una estatua congela; Beiras discutía.
Incluso cuando ya era una figura histórica, seguía hablando como si el país estuviera todavía por decidir, como si Galicia fuese una pregunta y no una respuesta, como si la política consistiera precisamente en mantener abiertas las interrogantes que el poder prefiere dar por cerradas aún si no han sido contestadas.
"Por las calles de nuestra historia se marcha despacito nuestro comandante sin ejército para una revolución" (Martiño Noriega)
En sus últimos años, instalado en Brión entre esos libros, pinturas, esculturas, y recuerdos, seguía haciendo lo mismo: pensar Galicia. Ya no tenía un gran partido detrás, ni un escaño, ni un aparato político que dirigir. Le quedaban la memoria, la conversación, el piano, los libros, el paisaje de A Mahía y la ausencia de la pintora Aurora Pereira, Aurichu, su compañera durante años y fallecida en noviembre de 2023. Y aún mantenía algo más difícil de perder que un cargo político: la capacidad de seguir siendo una referencia sin dejar de ser incómodo.
Defendió que Galicia era una nación, que la izquierda española debía asumir el derecho a la autodeterminación de los pueblos y que frente al avance de la extrema derecha hacía falta recuperar memoria, ideas y voluntad. No dejó de hacerlo cuando ya no tenía nada que ganar, porque esa fue siempre su forma de entender la política: no como una carrera hacia el poder, sino como una discusión interminable sobre el país que Galicia podía, o puede, llegar a ser.
Pedestal
Ahora que ha muerto, resulta tentador colocar la estatua en su pedestal. La historia hará probablemente eso: resumirá décadas en unas cuantas fotografías, recuperará los cigarrillos Benson & Hedges, la barba, el pelo blanco, los zapatazos sobre el escaño, las citas de Camus, las broncas parlamentarias; lo convertirá otra vez en O Beiras. Pero quizá la mejor manera de recordarlo sea justamente la contraria: hacer caso al hombre que nunca quiso confundirse con el mito. Pensarlo sentado, leyendo, discutiendo, tocando el piano, fumando en el jardín frente al valle de A Mahía. O caminando por Santiago hasta encontrar aquel pequeño farol al que Otero Pedrayo llamaba "o meu amigo".
Un farol no es una estatua. No se contempla, sirve para ver mejor. Esa es la mejor herencia de Xosé Manuel Beiras. No el pedestal que Galicia levantó para él, sino la luz que dejó encendida para que otros puedan seguir discutiendo qué país quieren construir. El hombre que nunca quiso ser estatua ya no está, pero el farol con el que iluminaba un camino empedrado sigue allí.





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