Qué es el bienestar performativo: la cara b de la obsesión por estar bien
El llamado 'well-being' se ha convertido en la principal fuente de contenido en redes sociales, hasta el punto de desnaturalizar sus propuesta primigenia.
Zaragoza-
¿Todo el mundo quiere estar bien, no? Es una perogrullada; estar bien es positivo y estar mal, negativo. Una dicotomía básica, pero que ha levantado un imperio multimillonario a su alrededor. El well-being entendido de la manera más amplia, esto es la suma de bienestar físico y mental, es probablemente la gran industria del momento. Sobre todo, por la importancia central que juegan las redes sociales en ella. Tiktok, Instagram o Facebook están repletos de vídeos y posts sobre cómo sentirse mejor con uno mismo, en ocasiones casi con una fórmula mágica por creador.
Tablas de ejercicios, consejos de nutrición, rutinas saludables, hábitos deseables… El llamado lifestyle es una fuente inabarcable de contenido. En muchas ocasiones, presentado al mundo de una manera aspiracional. No son solo los pasos a seguir para tener la vida idealizada de celebrities e influencers, sino que se convierten en el epicentro de las mismas. La aspiración no es tener un cuerpo escultural, que también, sino el propio acto de ir al gimnasio siete días a la semana; y todos los rituales que ello conlleva: outfit adecuado, suplementos nutricionales, filmarse haciendo series, etc.
Así lo explica la periodista Lola Rabal en su artículo Cómo tener la vida de Dua Lipa: bienvenida a la era del bienestar performativo, donde afirma que: “Todas queremos la vida de Dua Lipa porque parece una existencia donde el placer y la disciplina finalmente han hecho las paces. Donde la productividad convive con el ocio. Es el sueño neoliberal definitivo, optimizar incluso el disfrute”. Cuidarse es sinónimo de éxito y, por ello, la aspiración de toda una generación. Todo ello dentro de un contexto en el que lo que no se publica en redes, directamente no existe.
Qué es el bienestar performativo
Pero, ¿qué es el bienestar performativo del que habla la autora? Formalmente, podríamos decir que es la proyección al exterior de que se está bien. Aunque, como indica su apellido, se trata de una representación, lo que no requiere veracidad per se. Es decir, lo importante no es tanto cómo te sientes, sino cómo te muestras. Así, en las redes sociales el bienestar deja de ser una experiencia íntima o una meta vital legítima para convertirse en una obligación que tiene mucho que ver con el estatus social o el lugar a ocupar dentro del ecosistema digital. “El sueño ya no es convertirse en CEO; el sueño es estar un martes cualquiera sin mirar el móvil, como si el tiempo no tuviera dueño”, que dice Rabal en su artículo.
Y claro, cumplir con el sueño es algo complicado, por no decir imposible para la mayoría. Al fin y al cabo, las rutinas del bienestar se deben compaginar con las obligaciones del día a día, ya sean laborales, familiares o sociales. Una falta de tiempo que hace que no todo el mundo pueda tener la vida ideal que sí quiere exponer en sus redes sociales. Es ahí donde la aspiración a priori positiva del bienestar puede tornarse contraproducente.
Cuando el cuidarse se convierte en exigencia
El bienestar performativo corre el riesgo de convertir las diferentes tareas y rutinas supuestamente diseñadas para hacernos sentir bien en obligaciones extra a sumar a las derivadas del día a día. Una suerte de checklist infinita solo alcanzable para aquellas personas que han hecho de ella su modo de vida. Un ejemplo claro es la tendencia de levantarse a las 5.00 am para realizar ejercicio físico, meditar o, en resumidas cuentas, maximizar el día. Una idea importada de los usos y ritmos de vida estadounidenses y que, en su contexto, puede ser útil o tener sentido, pero que resulta incompatible con los deberes y compromisos de muchas personas (por ejemplo para alguien que trabaja de tardes o de noches, o que tiene a alguien a su cuidado).
El no poder cumplir con los estándares esperados o autoimpuestos puede convertir al bienestar en un estresor, toda una paradoja moderna. De hecho, ya hay medios especializados anglosajones que han comenzado a hablar de wellness burnout (quemazón del bienestar), el cual se produce cuando la búsqueda de la salud y el equilibrio resulta abrumadora en lugar de beneficiosa.
Comparación constante y culpa
La comparación constante es un mal común del ecosistema de redes sociales, que puede atacar de maneras muy distintas. Antes se focalizaba más en los cánones de belleza inalcanzables o de la exhibición de una vida privilegiada muy alejada de la del común de los mortales, aunque el mecanismo es el mismo. De hecho, en cierto modo se puede entender al bienestar como el nuevo lujo, pues requiere de un tiempo libre que no todo el mundo dispone.
Según cuenta la psicóloga clínica Suzette Rivera Vázquez en un artículo publicado por Es Mental, “cuando la persona se compara constantemente, centra su atención en lo que le falta y no en lo que posee. Esto produce un sesgo negativo que alimenta la insatisfacción y reduce el bienestar subjetivo”. De hecho, la investigación No more FOMO: limiting social media decreases loneliness and depression delimitó que gran parte del malestar que puede generar el uso de redes no tiene tanto que ver con el tiempo, sino de lo que hacemos durante ese tiempo; esto es, mirar vidas mejores y compararnos con ellas. De ahí que, al cortar el tiempo online se pueda romper el ciclo de comparación continua.
Una de las maneras en las que se manifiesta el malestar surgido de la comparación es a través de la culpa. Nuevamente, si concebimos el bienestar como una lista de tareas pendientes, el no cumplir con las mismas, como por ejemplo el saltarse un día de gimnasio o de dieta, puede generar un remordimiento negativo que, de nuevo, erosiona la salud mental.
¿Cómo afrontar el bienestar de una manera saludable?
En el fondo, el bienestar performativo arroja una pregunta incómoda: ¿para quién estamos viviendo bien, para nosotros o para el feed? La respuesta siempre debe ser volver a conceptuar a los hábitos de bienestar como una herramienta, y no como el fin. Esto es, debe ser una necesidad funcional y, como tal, se debe adaptar a las necesidades y posibilidades de cada persona. Así, comer bien, hacer ejercicio, meditar o cuidar la salud mental deben ponerse en el centro por sus efectos beneficiosos sobre la salud, pero no como fuente de contenido o validación social.
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