Qué es el eje intestino-cerebro y cómo los problemas digestivos afectan a nuestro estado de ánimo (y viceversa)
La evidencia científica lo respalda: cuidar nuestro sistema digestivo también es una forma de cuidar nuestra salud mental.

Zaragoza-
Seguramente alguna vez lo hayas notado. Incluso, quizá, has utilizado expresiones como “se me ha cerrado el estómago” ante una situación de estrés o al recibir una mala noticia -o su pariente cursi que habla de “sentir mariposas en el estómago”-. Lo cierto es que se trata de una de esas cuestiones que intuimos, pero a las que la ciencia tarda en dar respuesta por ser un asunto complejo. Sin embargo, actualmente ya podemos afirmar con evidencia científica que el estómago y el cerebro están interconectados. Es decir, que el malestar de uno se refleja en el otro, y viceversa.
Qué es el eje intestino-cerebro
Es el llamado técnicamente eje intestino-cerebro: una red bidireccional que conecta al sistema nervioso central, esto es al cerebro, con el sistema nervioso entérico, es decir, el intestino. Una comunicación en la que la microbiota intestinal juega un papel crucial, lo que nos ofrece nuevas claves para comprender un poco mejor el funcionamiento del cuerpo humano.
Simplificándolo un poco, la ciencia ha logrado demostrar que el intestino y los microorganismos que en él residen no se limitan únicamente a digerir los alimentos. Además, producen una serie de señales químicas y neurotransmisores que viajan a través del sistema nervioso vago hacia el cerebro. Se trata de una comunicación que funciona en ambos sentidos, además de ser tremendamente compleja, ya que existen múltiples rutas que pueden afectar a la fisiología y al comportamiento.
¿Es el intestino un regulador de emociones?
Este eje intestino-cerebro explica por qué el estrés o algunos estados emocionales pueden afectar la digestión. Pero también, y aquí está la clave, nos dice que algunos cambios en el intestino pueden afectar al estado de ánimo, además de a algunas funciones cognitivas como, por ejemplo, la capacidad de percibir señales internas del cuerpo e interpretarlas. Algo que, por ejemplo, tiene sentido a la hora de detectar si tenemos hambre o, si por el contrario, estamos saciados, pero que según se ha demostrado va mucho más allá
Un experimento publicado en la revista científica Nature Mental Health, y realizado sobre 243 personas, comparó la actividad eléctrica del estómago, recogida a través de una electrogastrografía, con resonancias magnéticas y evaluaciones psicológicas realizadas a esos mismos individuos.
El resultado fue el siguiente: se detectó que existía una cierta sincronización entre los patrones de la actividad gástrica y la cerebral. Aquellos individuos que habían reportado síntomas de ansiedad, depresión, estrés o fatiga, presentaban a su vez una mayor comunicación entre el estómago y el cerebro. Al mismo tiempo, aquellos que tenían una menor sincronía entre los dos órganos eran también los que disfrutaban de un mayor bienestar general y calidad de vida.
Cuidar el estómago para cuidar la salud mental
Simplificar el mensaje puede ser peligroso. Por ello, no hay que extrapolar que un estómago contento equivale a una salud mental equilibrada, porque no es necesariamente así. Es decir, se trata de un asunto mucho más complejo y en el que intervienen más factores. No obstante, sí se puede afirmar sin riesgo a equivocación que un estómago feliz contribuye a tener un buen estado de ánimo. Por ello, merece la pena cuidar del sistema digestivo en pos de mejorar nuestra salud mental.
La clave está en la microbiota intestinal. Son estos microorganismos los que se ponen en contacto con el cerebro, así que es importante que esté equilibrada. Para ello es recomendable una dieta rica en fibra, antioxidantes, omega-3, probióticos y prebióticos. O lo que prácticamente es lo mismo: una dieta sana, equilibrada y libre de ultraprocesados, azúcares o exceso de alcohol.
Simplemente, consumiendo la típica dieta mediterránea, consistente en verduras, pescados y frutas altas en fibras, ya se logra fortalecer la barrera intestinal y, por ende, reducir la inflamación sistémica de bajo grado: una activación leve pero persistente del sistema inmunitario que se ha asociado en múltiples estudios con mayor riesgo de afecciones como la ansiedad y la depresión. Por ello, favorecer un intestino sano no solo mejora la digestión, sino que también contribuye a crear un entorno biológico más favorable para la regulación emocional.
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