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¿Es posible aprender a no sentir vergüenza?

Decía Jung que la vergüenza es una emoción que se come el alma, pero la vergüenza también es un regulador del comportamiento humano en sociedad, una constatación de la mirada del otro sobre nuestros pensamientos y acciones.  

Por desgracia, la vergüenza es también una de las emociones más difíciles de manejar y más destructivas para el ser humano cuando se pierde el control sobre la misma. Porque, como sugiere el neurólogo y psiquiatra francés Boris Cyrulnik —que popularizó el concepto de resiliencia— en su libro Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro, la vergüenza puede convertirse en traumática cuando nos vemos permanentemente refractados en la mirada del otro. 

¿Por qué sentimos vergüenza? 

Vergüenza
Una escultura de un hombre cabizbajo – Fuente: Unsplash

El término vergüenza es poliédrico asociándose a conceptos diferentes. De hecho, la RAE incluye diversas acepciones: porque no es lo mismo sentir vergüenza como timidez que sentir vergüenza ante una injusticia, pero en este caso nos centraremos en las dos primeras acepciones, turbación por una falta cometida o una acción humillante y turbación causada por timidez que supone un impedimento para expresarse o actuar. 

Ya en el siglo XIX, Darwin señaló en su tratado sobre La expresión de las emociones que la vergüenza se manifestaba mediante “rubor facial, confusión mental, vista caída, una postura descolocada y cabeza baja”, observando síntomas similares en individuos de diferentes razas y culturas.  

Es decir, la vergüenza es una reacción humana que trasciende culturas, aunque, como también dijo la antropóloga Ruth Benedict, estas culturas podrían clasificarse por el énfasis con el que recurren a la culpabilización o a la vergüenza de sus miembros en el curso de sus contactos sociales.  

Efectivamente, la vergüenza ha existido siempre desde que el ser humano vive en sociedad y es consciente de su posición social y lo que puede ganar o perder si no respeta la moral y los convencionalismos de su entorno.  

Así pues, podemos sorprendernos actualmente de lo ridículo que se mostraban, por ejemplo, los hombres y mujeres de la Edad Media ante determinados actos, pero no tenemos dudas de que nuestros descendientes, en el futuro, sentirán lo mismo acerca de algunos de nuestros actuales comportamientos sociales. 

Vergüenza
Una mujer se tapa la cara – Fuente: Unsplash

De esta forma, la vergüenza se adapta a los cambios culturales y morales de cada cultura, de cada civilización, eliminando ciertas normas sociales e introduciendo otras: de esto ya no nos tenemos que avergonzar, pero de esto otro sí, hasta que la sociedad evolucione en uno u otro sentido y surjan nuevas normas morales y convencionalismos. 

Si a nivel social la vergüenza no desaparecerá mientras vivamos en sociedad y nos veamos refractados en la mirada del otro que actúa como tribunal moral (más o menos) imaginario, a nivel psicológico este sentimiento ofrece otros retos a superar

La espiral de vergüenza: cuando cruzamos el límite 

Vergüenza
Un hombre cabizbajo con un cartel que pone ‘fracaso’ en inglés – Fuente: Unsplash

Si sentir un grado razonable de vergüenza no deja de ser inevitable e incluso positivo para regular el comportamiento —especialmente cuando la vergüenza está asociada a su primera acepción, cuando se relaciona con el sentimiento de culpa por una acción cometida—, es evidente que este sentimiento mal gestionado es uno de los más autodestructivos, especialmente cuando supone un freno para expresarnos, para actuar, para ser. Es entonces cuando, efectivamente, la vergüenza se puede comer el alma, como decía Jung. Y es entonces cuando hay que actuar para evitarlo.  

El profesor de psicología de la Universidad del Estado de Míchigan Gershen Kaufman señalaba en su libro Psicología de la vergüenza que mecanismos como la autoinculpación o el desprecio hacia uno mismo pueden usarse como una estrategia defensiva ante la experiencia social de la vergüenza, como ponerse la venda antes de la herida, castigándose a sí mismo antes de que (supuestamente) lo hagan los demás.  

No obstante, cuando este proceso —también muy común a nivel psicológico—, es asimilado por la persona, “creando una secuencia progresiva de culpa e incriminación” se convierte en una espiral de vergüenza. Y entonces nos enfrentamos a un grave problema.  


Porque atrapados en la espiral de vergüenza nos veremos impedidos para expresarnos de un modo mínimamente natural. Dudaremos de nosotros mismos ante cada movimiento, ante cada acto, por temor a “ser descubiertos”, por miedo a ser rechazados, por quedar fuera, por ser señalados como individuos no válidos.  

En situaciones extremas, cuando el sentimiento de vergüenza se apodera del individuo y la autoestima alcanza su más bajo nivel, este desea volverse invisible, desaparecer, convirtiendo cada situación social en un problema irresoluble, en un trauma que conviene evitar. Y la vergüenza, entonces, puede ser la antesala de la alienación y la pérdida total de identidad. No queremos ser quienes somos —o quienes creemos que somos—, y nos situamos al borde del abismo. 

Manejar la vergüenza sin ser un sinvergüenza 

El poder de una sonrisa explicado por la psicología
Dos mujeres sonríen – Fuente: Unsplash

“El orgullo no es el opuesto de la vergüenza, sino su fuente, la humildad pura es el único antídoto para la vergüenza. Es hora de que mires en tu interior y empieces a hacerte estas dos grandes preguntas: ¿quién eres? y ¿qué es lo que quieres?” 

Son palabras de Iroh, uno de los personajes de la serie animada Avatar: La leyenda Aang y que resuelve de forma inapelable la cuestión de la vergüenza, cuando esta es un impedimento inmanejable para expresar nuestra identidad, para ser quienes somos.

Porque sí, es posible dejar de sentir vergüenza, o al menos no caer en la autodestructiva espiral de vergüenza que aísla y condena a tantos individuos que, por diversas razones, tanto psicológicas, como sociales o económicas, se humillan por temor a la humillación y al rechazo social, se castigan por el temor al (supuesto) castigo social que llegará si se muestran como realmente son. 

Porque ese tribunal imaginario de la vergüenza que nos juzga permanentemente, por lo general, no existe como tal, sino que es el miedo a expresarnos tal como somos lo que nos atenaza. Pero, sí, es cierto, en algunos casos, las miradas del otro constituyen un tribunal real que nos censura por opinar, vestir, amar a nuestra manera, como nos viene en gana.  

Es entonces cuando no tenemos más alternativa que reivindicar quienes somos, no desde la soberbia ni la presunción, no desde la ira ni de la venganza, sino desde la humildad pura, desde el profundo autoconocimiento, en realidad, el arma más poderosa de todas: no soy mejor que tú por ser como soy, pero tampoco peor. Aceptaré y aprenderé de tus singularidades, pero acepta y aprende tú de las mías. Porque soy y seré, más allá de lo que tú —vosotros, ellos— decidáis que debo ser.  

Así que, para dejar de sentir la vergüenza dañina, la que coarta e invisibiliza, no creemos que sea necesaria una lista de consejos más o menos resultones. Tan solo trata de responder a las preguntas que decía Iroh… y no temer la respuesta. Porque, al final, en último término, nuestro mayor valor es nuestra identidad, lo que somos, lo que nos une, pero también lo que nos diferencia de los demás. Y es esa diferencia la que cimenta las sociedades diversas y verdaderamente enriquecedoras y prósperas.  



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