Por qué nos interesa la vida de Marta Pombo aunque aparentemente no nos aporte nada
Unas declaraciones de Ana Brito cuestionándose el interés de las influencers de lifestyle montaron el taco; y dan pie a un debate interesante acerca del papel de la nueva aristocracia de las redes sociales.

Zaragoza--Actualizado a
“Yo me veo viendo a las chavalas y digo ‘llevo dos horas viendo a esta tronca, que tiene 35 años y ya tiene una casa en Madrid, otra en la playa, 45 hijos, guapísima perdida, que se va a comer a los mejores restaurantes… Esa vida no es de verdad. Yo ya he llegado a un punto que no quiero ver eso más porque me genera toxicidad. Las he silenciado”. La reflexión en voz alta es de Ana Brito, cómica con más de 600.000 seguidores en Instagram. En concreto, se refiere a las influencers de lifestyle, aquellas llamadas así por no tener otra profesión conocida que la exposición en redes.
Influencers de 'lifestyle': por qué nos fascinan sus vidas perfectas
En su alocución, Brito mostró cierta sorpresa por el fenómeno, completamente asentado en el panorama mediático actual. Una cohorte de nuevas celebrities cuyo ascenso a la fama no está claro cómo sucedió ni por qué, pero que han logrado establecerse desplazando a los famosos tradicionales. De fondo una pregunta clave: “¿Qué aportan?”. Una cuestión que ha enfadado a Marta Pombo, cuyo apellido es nobleza dentro del mundillo.
“¿Por qué mi vida se supone que tiene que ser de mentira? ¿Quién determina qué es mentira y quién lo verifica, quién lo mide y según qué criterios? Para mí, la gente que trata de infravalorar a otras personas, necesitan hacerlo para reafirmar su valor de alguna manera por pura inseguridad en algún aspecto de su vida”, publicó la cántabra, quien tiene 1,1 millones de seguidores en Instagram. El taco se había armado y, por su puesto, a él se sumaron otras influencers sin otra profesión que exponerse en Internet.
Sin embargo, más allá del salseo, la polémica refleja una realidad tan extraña como palpable: la vida de las influencers nos fascina. Los números son elocuentes y, por ende, también la retribución que reciben por un contenido que, en más de un caso, es la nada más absoluta. Un vacío capaz de mover una industria millonaria.
Fascinación por la fama: cómo funciona nuestro cerebro social
Evidentemente, la fascinación por la fama no es nada nuevo y sus motivaciones están más que documentadas. El ser humano está considerado una especie hipersocial, por lo que la mayor parte de nuestro desarrollo se ha producido copiando a los demás. En este contexto, la fama se percibe como un indicador de éxito y, por tanto, el modelo a imitar. No se trata de un proceso reflexivo, sino un sesgo automático. Un atajo que nos indica a quién prestar atención, sin importar el porqué. Este principio básico nos permite comprender la idea de que aunque los influencers de lifestyle no tengan profesión alguna, tal y cómo dice la propia Marta Pombo de sí misma, esto no impide que nos resulten interesantes. O, como mínimo, atractivas.
De hecho, es este mecanismo el que ha llevado a convertir a la fama en un fin en sí mismo, y no en una consecuencia adosada al éxito profesional. Una lógica que no es nueva, por ejemplo Mediaset la explotó durante los últimos años creando sus propios famosos a raíz de los diferentes realities que poblaban su parrilla, pero que se ha acelerado con las redes sociales.
El papel del salseo: por qué nos engancha el cotilleo de influencers
Y es aquí donde entra el otro elemento clave: el salseo. Como hemos visto, un famoso no necesita ser un profesional reconocido para gozar de ese estatus. Pero, eso sí, debe ofrecer algo a cambio para mantenerse en el candelero: su vida privada. Real o ficticia, pero una sin ventana que nos asome a su día a día el estatus del influencer sin oficio se desmoronaría por completo. De ahí el eufemismo lifestyle que les suele acompañar.
El cotilleo es una herramienta muy poderosa y tiene sentido dentro de la evolución humana. Así lo postula la investigación Gossip as cultural learning (2004), que ve en esta práctica un uso empleado para el aprendizaje cultural. Es decir, las estructuras sociales humanas son complejas, por lo que aprendemos sobre ellas en base a experiencias ajenas. Historias que nos permiten aprender de comportamientos y consecuencias sin necesidad de experimentarlas de primera mano. Desde esta perspectiva, el cotilleo nos engancha pues la información es valiosa y, por ende, el conocerla nos genera cierto placer para el cerebro.
El cotilleo como experiencia compartida
O dicho de otra manera, el salseo nos es divertido. Y, además, se trata de una experiencia que es compartida por definición. Como mínimo, entre transmisor de la información y receptor. Aunque, lo habitual es que haya más actores involucrados. A este respecto, el estudio Funciones psicosociales y consecuencias del chisme en las organizaciones: el caso de un grupo de trabajadores del área de mercadeo en una empresa de servicios asegura que el cotilleo sirve para fortalecer los lazos de amistad, además de generar una suerte de microcultura que ayuda a generar una cohesión entre aquellas personas que están enteradas, eso que en el contexto redes se denomina comunidades.

De hecho, esto se ve muy bien con el ejemplo de los influencers de lifestyle, pues la información que de ellos emana solo importan a una serie de personas determinadas, sus seguidores. Aquellos que tienen en común el conocer la vida de alguien que, para el resto de los mortales, les es completamente ajeno, pues no es famoso más allá de su ámbito. El fenómeno no es nuevo, ni mucho menos. Ya hace años las páginas del ¡Hola! se poblaban de noticias sobre personas, generalmente aristócratas o miembros de la nobleza, que no parecían existir más allá de la revista, o quizá del programa Corazón, corazón de TVE. Como las influencers, muchos de ellos no tenían oficio conocido, más allá de un apellido de rancio abolengo y un patrimonio heredado que gestionar. Una casta privilegiada que, con el paso del tiempo, dio parte a una segunda generación de famosos sin oficio liderados por Belén Esteban, convenientemente apodada la princesa del pueblo.
Marta Pombo, famosa por ser hermana de María Pombo, quien es famosa por haber acumulado muchos seguidores durante el primer boom de las redes sociales, es en cierto modo la última heredera de esta estirpe. Entonces, tal y cómo se preguntó Brito: ¿qué aporta? En el mejor de los casos una experiencia vital de la que poder aprender algo; de lo contrario el ser objeto de una conversación que nos ayude a lubricar los lazos sociales. Desde esta mirada, ese es su papel en la sociedad: ponerle rostro y nombre a esa vida ajena que necesitamos observar.

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