¿Es verdad que el invierno hace que estemos más tristes? Todo sobre el trastorno afectivo estacional
Existen muchas personas a los que los meses de invierno se le hacen especialmente cuesta arriba.

Zaragoza--Actualizado a
Días más cortos, frío, oscuridad… Aunque tiene sus entusiastas, el invierno es una época dura en líneas generales. De hecho, es un tiempo muy dado a la melancolía o la reflexión. Probablemente porque la climatología no invita a estar en la calle o a socializar. De hecho, hay mañanas en las que el tiempo hace complicado, incluso, abandonar el calor del nórdico. Hasta cierto punto, esta languidez es habitual y manejable. Sin embargo, existen personas a las que los meses que rodean el cambio de año se les hacen particularmente cuesta arriba.
La depresión invernal es un término más o menos habitual, aunque sobre ella se desconoce mucho. ¿Es real o una figura retórica? ¿De verdad estamos más tristes cuando llega diciembre y hasta que la primavera comienza a aflorar? La respuesta, como todo lo que interpela a la salud mental, es compleja. Aunque se comprende mejor si hablamos en los términos médicos correctos. De hecho, lo propio es hablar de trastorno afectivo estacional, una patología recogida por la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud.
Qué es el trastorno afectivo estacional
El trastorno afectivo estacional (TAE) consiste en una serie de episodios depresivos que siguen un patrón temporal recurrente. Generalmente comienza con la llegada del otoño y remite en primavera. No obstante, tanto el CIE-11 como el DSM-5, su homónimo editado por la Asociación Americana de Psiquiatría, lo consideran un especificador dentro de los trastornos depresivos y del trastorno bipolar.
Es decir, el TAE es un subtipo de depresión que tiene la particularidad de verse potenciada o disparada por un patrón estacional recurrente. Generalmente los meses de invierno, aunque también puede existir la depresión estival, la cual es mucho menos frecuente. Al tener adosado ese matiz de recurrente, debe repetirse durante al menos dos años consecutivos para poder ser reconocido médicamente.
Síntomas del trastorno afectivo estacional
Como no es un diagnóstico independiente, los síntomas del trastorno afectivo estacional no se diferencian de los de un trastorno depresivo mayor. Esto es, alguien con TAE puede experimentar: anhedonia (pérdida de interés o del placer), fatiga, dificultad para concentrarse, sentimientos de inutilidad o culpa excesiva, lentitud psicomotora y, en los casos más graves, pensamientos recurrentes de muerte o ideación suicida.
No obstante, la depresión invernal sí que posee algunos síntomas específicos que pueden ayudar a su identificación, como por ejemplo: hipersomnia, aumento del apetito, aumento de peso, cansancio corporal, retraimiento social o una acusada falta de energía. Eso sí, para formar parte de un TAE, estos síntomas han de remitir al término de la estación invernal; además se han de repetir durante al menos dos años consecutivos.
La reducción de luz solar, clave en el TAE
Esto es así porque en el TAE juega un papel crucial la falta de luz natural. Así lo demuestra la evidencia científica, que determina que la duración del día y la cantidad de luz ambiental están inversamente relacionadas con la severidad de los síntomas depresivos en personas con trastorno afectivo estacional. Concretamente, se ha probado que una menor exposición de luz matinal implica unos peores síntomas, lo que además sugiere la involucración de los ritmos circadianos en el desarrollo de este trastorno.
De hecho, un estudio probó que los tratamientos con luz brillante son efectivos en la remisión de los síntomas asociados al trastorno afectivo estacional. Concretamente, aproximadamente un 53% de los pacientes que se sometieron a la exposición a luz brillante matinal lograron una reducción de estos síntomas, una cifra que contrasta poderosamente con el 11% del grupo de control (el cual fue sometido a una luz tenue). De ahí se infiere que la fototerapia es un tratamiento efectivo para la depresión invernal, ya que la calidad de la luz recibida es clave en su desarrollo.
Tiene sentido pues, en líneas generales, está probado que la exposición a la luz natural está íntimamente relacionada con el estado de ánimo y el bienestar general. Esto se debe a que la luz natural aumenta la producción de serotonina en el cerebro, lo que generalmente se relaciona con un mejor estado de ánimo. No solo eso, sino que la exposición a la luz diurna ayuda a interrumpir la producción de melatonina, lo que regula el ciclo sueño-vigilia que, como hemos visto, está relacionado con el TAE.
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