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La gestión comunitaria echa fuertes raíces en Barcelona

Del histórico Ateneu Popular de 9 Barris a la muy reciente Nave Bostik, los ejemplos de espacios gestionados por vecinos y comunidades gana presencia en la capital de Catalunya

Una de las naves de Can Batlló. LAURA AZNAR

BARCELONA. Los diferentes proyectos de gestión comunitaria que han proliferado en la capital catalana han puesto en evidencia la tensión entre la Barcelona de los barrios y la Barcelona escaparate, la que reivindica el derecho a la ciudad o la que convierte la ciudad en una marca. La mayoría de distritos cuenta con espacios liberados por los vecinos para darles un uso social. De Nou Barris a Sant Andreu, recogemos cinco ejemplos, históricos y recientes, de lucha vecinal, que en todos los casos ha servido para transformar espacios abandonados y dotarlos de vida y una intensa actividad.

Ateneu Popular 9 Barris

El Ateneu Popular 9 Barris es uno de los máximos exponentes de la lucha vecinal en Barcelona. Nació en 1977 -celebra ahora su 40 aniversario- fruto de la ocupación de una planta asfáltica que se construyó entre los barrios de Roquetes y Trinitat Nova. Los humos de la fábrica molestaban a los vecinos, que reclamaban que se detuviera la actividad. "Cuando ponían la ropa a extender, acababa negra", recuerda Antonio Buil, miembro histórico del Ateneo, "así comenzó la lucha y el Ayuntamiento nos dio la razón, decía que lo sacaría pero pasaba el tiempo y no hacía nada ".

Ante el inmovilismo político, los vecinos decidieron pasar a la acción. Llevaban por bandera una pancarta "Salvemos nuestros pulmones". El 9 de enero de 1977 convocaron una asamblea, desmantelaron la fábrica y ocuparon el recinto con la reivindicación de que, éste, era un espacio para el barrio al que se debía dar un uso social. "La asamblea surgió de manera espontánea y se decidió que crearíamos un ateneo popular", continúa Buil. La idea era la de intentar emular los ateneos obreros de los años 30, porque en el barrio existía un vínculo muy fuerte con la cultura obrera de base. Después de cuarenta años de dictadura, "el deseo de los vecinos era volver a construir sus entidades y sus instituciones obreras", expone el Coordinador de la programación artística, Fernando Paniagua, "y el Ateneo era el símbolo máximo de todo esto" .

Inici de la gestió ciutadana a l'Ateneu 9 Barris. ATENEU 9 BARRIS

Inicio de la gestión ciudadana a l'Ateneu 9 Barris. ATENEU 9 BARRIS

Las negociaciones con el Ayuntamiento no fueron sencillas, entre otras cosas porque la fábrica se ocupó antes de que tuvieran lugar las primeras elecciones municipales democráticas, en 1979. "El Ateneo comenzó a hacer" chup chup "y a construir desde la periferia, en confrontación con el modelo que se iba consolidando de hacer política desde el centro de Barcelona", concreta Paniagua",  y esta tensión es muy interesante porque es lo que hace que aquí pueda surgir una historia peculiar que sirve como modelo".

La movilización consiguió que el Consistorio aceptara el espacio como un equipamiento cultural, pero no estaba dispuesto a dejar la gestión en manos del barrio

La movilización vecinal consiguió que el Consistorio aceptara el espacio como un equipamiento cultural, pero de entrada no estaba dispuesto a dejar la gestión en manos del barrio. "Su propuesta era que fuera un centro cívico de gestión municipal y controlar su funcionamiento", explica Buil, "pero nosotros no pasamos por ahí, queríamos un espacio autogestionado". A pesar de las medidas represivas, los vecinos lucharon durante años para la gestión comunitaria del espacio, organizando acampadas en la sede del Distrito y plantándose con pancartas en la Plaza Sant Jaume. Finalmente, el Ayuntamiento acabó cediendo.

Panoràmica de l'Ateneu poc després de la seva recuperació. ATENEU 9 BARRIS

Panorámica del Ateneu poc odespués de lsu recuperación. ATENEU 9 BARRIS

Desde sus inicios, el circo ha sido el elemento vertebrador de todo el proyecto. Este sector surgió naturalmente dentro del Ateneo y encontró un espacio donde consolidarse y reinventarse. Aquí nacieron, por ejemplo, la Associació de Professionals del Circ de Catalunya o la Escola de Circ Rogelio Rivel. A día de hoy, el proyecto pedagógico sigue estando muy basado en el circo social como una herramienta de empoderamiento, de transformación y "de incidencia sobre el territorio". "En un distrito donde las oportunidades laborales siempre han sido muy limitadas, hay mucha gente que ha encontrado, en las artes escénicas, una salida profesional", comenta Paniagua.

El vínculo con el territorio es un elemento muy importante para el Ateneo. Aquí han confluido, prácticamente, todas las grandes luchas que ha habido en Barcelona las últimas décadas, desde los trabajadores de la editorial Bruguera, a finales de los 80, hasta el Correscales de Telefónica, el año pasado. "No somos un reducto aislado sino que estamos atentos a la realidad social e intentamos darle cabida", explica Paniagua, "es una función muy bonita que forma parte del ADN del proyecto". Desde su punto de vista, el Ateneo es un símbolo de cómo se construye la ciudad de otra forma, de abajo hacia arriba. "Hay una confrontación entre el relato institucional, que habla de los grandes eventos como las Olimpiadas y el Fòrum de les Cultures, y el relato de los movimientos de base, que creemos que la ciudad la ha construido la gente con sus iniciativas y luchas", explica," para nosotros este es el espíritu de Barcelona ".

Can Batlló

Can Batlló representa otro modelo de autogestión vecinal. La Bordeta lo recuperó en el año 2011, pero la reivindicación de que el complejo fabril fuera por el barrio se remonta a 40 años atrás y se explica por el déficit histórico de equipamientos en la zona. El recinto, que el siglo XIX alojaba una fábrica textil muy importante con más de 2.000 trabajadores, fue perdiendo fuelle con el tiempo y hacia finales de los 90, la Asociación de Vecinos consideró que era un buen momento para volver reivindicar, con fuerza, el espacio. La empresa propietaria de las naves se comprometió a ceder terreno a los vecinos a cambio de que el Ayuntamiento le ofreciera suelo para poder edificar pisos, pero este acuerdo no llegaba y el barrio se empezó a molestar.

La lucha tuvo éxito, con la ocupación, en 2005, de la Iglesia de San Medir. "Era algo insólito que no se hacía desde la época franquista y que llamó la atención de los medios de comunicación y los partidos de la oposición", recuerda el presidente del Centro Social de Sants, Josep Maria Domingo. Esto agilizó el acuerdo, pero pasaba el tiempo y el Ayuntamiento permanecía inmóvil, a pesar de las amenazas de ocupación. Los vecinos intensificaron la presión, haciendo actos en la calle, encierros en el Centro Social y manifestaciones, y decidieron que si no había respuesta institucional, el 11 de junio de 2011 ocuparían el espacio. "Teníamos un montaje increíble", continúa Domingo, "había una rama de información, una rama política y una de militar, para saltar las paredes".

Pero días antes de la fecha señalada y ante la ocupación inminente, el Ayuntamiento hizo llegar un convenio de cesión a tres bandas - propiedad, Consistorio y Asociación de Vecinos -, de acuerdo con el cual se comprometía a ceder el espacio al barrio, para que lo gestionara, y a asumir el coste de las obras de mayor envergadura.e

La porta d'entrada a Can Batlló. LAURA AZNAR

La puerta de entrada a Can Batlló. LAURA AZNAR

El 11 de junio, La Bordeta recuperó Can Batlló. "Fue súper emocionante, había unas 2.500 personas, todo el barrio, y había gente que lloraba", comenta Domingo. A pesar del mal estado de las naves, llenas de basura y sin acceso al agua potable ni a la luz, los vecinos se han arremangaron e invirtieron horas de trabajo para limpiar el espacio y adecuarlo. De la nada han levantado la biblioteca, que se ha convertido en una de las más importantes de la red de bibliotecas libres de Catalunya, pero también el bar o el auditorio. Can Batlló está en constante movimiento. "Funcionamos gracias al voluntariado y la implicación", explica el representante vecinal, "hoy por ejemplo aquí arriba hay colgadas dos o tres personas que desinteresadamente hacen de paletas o de mecánicos". Quien no hace una cosa hace otra.

De la nada han levantado la biblioteca, pero también el bar o el auditorio. Can Batlló está en constante movimiento

Los vecinos gestionan más de 10.000 metros cuadrados de terreno. Poco a poco, batalla a batalla, han conseguida que la Administración les vaya cediendo nuevas naves en las que se alojan varios proyectos, desde una carpintería autogestionada, una imprenta, pasando por un espacio de juego infantil, una zona de talleres o un rocódromo. Can Batlló, además, acogerá la primera promoción de vivienda de nueva construcción en régimen de cesión de uso y también la primera escuela autogestionada. "Hemos generado referencialidad y hemos abierto nuevos horizontes", comenta Domingo, "hemos creado algo nuevo que le vemos un futuro alentador, y esa es nuestra manera de luchar".

El Rec

En el barrio de Fort Pienc, la juventud reivindica espacios. La reclamación no es nueva y se ha materializado en la creación de la campaña Exigimos Espacios. En 2014, las dos entidades que la organizaron, Arran Fort Pienc y el Casal de jóvenes Xiroc, decidieron poner remedio a esta carencia ocupando una sede de Bankia que estaba en desuso.

Así empezó el funcionamiento del Ateneu popular del barri, El Rec, que con los años, ha dado cabida a otras asociaciones juveniles y colectivos de la ciudad, que se ocupan de la gestión del espacio y que denuncian que el Ayuntamiento no ha mostrado ninguna voluntad política "para atender las necesidades de los jóvenes del barrio". Así que el Ateneo trata de ofrecer una solución. "Aquí se hace un poco de todo", comenta Paula Guerra (nombre ficticio), miembro de uno de los colectivos que integran El Rec, "sirve de espacio de encuentro para los jóvenes del barrio, pero al mismo tiempo también se realizan actividades de carácter lúdico, musical, talleres de percusión, y también actividades, más politizadas ".

L'interior del Rec. FONT DEL REC

Interior del Rec. FONT DEL REC

El año pasado, las entidades recibieron el anuncio de que Bankia, la propietaria del inmueble, las llevaría a juicio este febrero por la ocupación de la sede. Como respuesta, han puesto en marcha una campaña en defensa de El Rec, llamada "Recsistència", que se volverá "más combativa" a medida que se acerque la fecha del juicio. Los jóvenes que forman parte del espacio aseguran que la Administración no ha hecho ningún movimiento para desenredar esta situación. "Se ha desentendido totalmente porque interpreta que el conflicto es entre dos particulares", comenta Paula Guerra, "pero nosotros les interpelamos directamente y pedimos que habiliten más espacios para los jóvenes del Fort Pienc".

El Pou de la Figuera

Este centro, ubicado en el barrio de la Ribera, representa una de las reivindicaciones de la lucha del Forat de la Vergonya, que movilizó a los vecinos en contra del proyecto urbanístico previsto para la zona. En la Ribera hacía falta un espacio de acceso libre en el que se pudieran desarrollar actividades gratuitamente, y fruto de la ocupación del espacio público y la presión vecinal, en 2007 el Ayuntamiento construyó el recinto. "Tenemos este espacio gracias a que hubo personas que decidieron apropiarse de la calle y autogestionar el parque", explica Aidà Almirall, dinamizador comunitario del centro.

Inicialmente sin embargo, el Consistorio convocó un concurso público para que fuera una empresa privada la que gestionara el espacio, "seguramente como consecuencia del enfrentamiento que había habido previamente", continúa Almirall. "No concedió la gestión a la ciudadanía, que era lo que reclamábamos las entidades y vecinos herederos de la lucha del Forat". Sin embargo, y tal vez esta es una de las particularidades del Casal El Pou de la Figuera, poco después de que iniciara su actividad, el propio Ayuntamiento empezó a valorar la posibilidad de ceder la gestión del espacio al barrio, y en el año 2013, el Casal pasó a manos de una pequeña federación de entidades vecinales. De esta manera se convirtió en el primer equipamiento de gestión ciudadana del Distrito de Ciutat Vella.

Desde sus inicios, la casa ha mantenido la gratuidad como norma. "No podemos olvidar nuestro entorno, estamos en el centro de Barcelona, en un espacio muy goloso, en el sentido de que es muy transparente y muy accesible", matiza Almirall, "y entonces hay muchas actividades que tienen un impacto a nivel de ciudad". Por esta razón, la treintena de proyectos que se desarrollan ahí semanalmente son muy variados y abarcan desde el ocio hasta la creación, pasando por el intercambio de conocimientos.

La programación es muy ecléctica, porque no se establece desde el propio centro, sino que se adapta a las propuestas de las personas que están vinculadas. También el público es muy diverso: se acercan comunidades de migrantes, gente del barrio de la Ribera, que es una zona muy gentrificada, y residentes de Sant Pere, que tienen un nivel adquisitivo muy diferente. "Puedes tener una sesión de bailes búlgaros y antes haber tenido la presentación de un libro 'súper intelectual', con un público sobre todo de fuera del barrio", ejemplifica Almirall.

La gestión comunitaria, también en los espacios de trabajo: la Nave Bostik

Hacía diez años que la Nave Bostik estaba abandonada cuando Xavier Basiana, arquitecto e impulsor, también, de la Nave Ivanov, se fijó el reto de construir un nueva fábrica de creación. La propietaria del espacio, una promotora inmobiliaria llamada La Llave de Oro, creyó en el proyecto y cedió la nave al equipo de Basiana, hace un par de años, para que la gestionaran a cambio de que asumieran el coste del IBI.

"Cuando entramos, convocamos a los vecinos para que nos ayudaran a limpiarla y adecuarla", recuerda el arquitecto, "y con su apoyo, hemos logrado transformar una montaña de basura en espacios donde se pueden hacer cantidad de cosas ". En sus escasos dos años de vida, el proyecto ha dado cabida a artistas y muchas iniciativas, como una cooperativa de fotografía o una productora audiovisual. "Se ha creado una pequeña comunidad y cada proyecto residente ha hecho suyo el espacio", comenta Jorge Sánchez, uno de sus impulsores, "la nave es un contenido por sí mismo, un gran proyecto donde todo el mundo aporta su esfuerzo".

A pesar de que hay un pequeño equipo gestor que se encarga, sobre todo, de los gastos del recinto, la voluntad es llegar "a un modelo de gestión cívica" por parte de todos los integrantes del espacio. "Un poco la idea era recuperar la cultura fabril, conservar el patrimonio industrial, porque forma parte de la memoria histórica del barrio y reconvertirlo en algo artístico", continúa Sánchez, "y también queríamos recuperar el derecho a la ciudad, nosotros la 'ejercemos y esta es nuestra manera de hacer política".

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