El bar del Che Guevara: un islote revolucionario en un pueblo de derechas
Icono de una localidad portuguesa cercana a la frontera con Galicia, donde siempre han ganado los conservadores, el Rampinha es un templo consagrado a uno de los líderes de la Revolución cubana.

Madrid--Actualizado a
El turista, antes de disponerse a subir la empinada cuesta de la calle Formosa, hace un alto en el camino para abrevar el espíritu. El nombre que se lee en el letrero alude al terreno en pendiente sobre el que se asienta el Rampinha, especializado en cervezas, aunque si no se ha fijado en el icónico retrato que luce bajo su ventana se sorprenderá al entrar en el local, un templo consagrado al Che Guevara.
La cervecería Rampinha es uno de los iconos de Ponte de Lima, un pueblo a media hora en coche de la frontera con Galicia bañado por el río Limia, temido por los romanos porque creían que era el Leteo y, si lo atravesaban, perderían la memoria. Hasta que Décimo Junio Bruto lo vadeó a lomos de su caballo y, desde la otra orilla, llamó por su nombre a cada uno de sus soldados.
El general romano echó por tierra la leyenda y, de paso, conquistó Gallaecia, aunque al menos su imperio construiría el puente que da nombre a la villa, reforzado en la Edad Media y hoy un emblema de esta villa del distrito de Viana do Castelo. También lo es, sobre todo para el turista rebelde, el Rampinha, cuyas paredes están empapeladas por la foto de Alberto Korda y el retrato bicolor de Jim Fitzpatrick, amén de otras imágenes del Che.
Ernesto Guevara, cuyo aniversario de su muerte en 1967 se cumple este jueves 9 de octubre, no está solo, pues comparte espacio con el líder comunista Álvaro Cunhal, con el cantautor alentejano Vitorino, con el guitarrista Carlos Paredes, con Zé Pedro —carismático miembro del grupo Xutos & Pontapés— o con José Zeca Afonso, la voz que hizo florecer la utopía en los cuarteles y autor de Grândola, Vila Morena, la espoleta de la Revolución de los Claveles.
Solo hay un rostro que le resulta desconocido al neófito, aunque en realidad era el alma del bar del Che. Luís Tavares, apodado Xaixa, fundó la cervecería en 1998 y, devoto del comunista argentino, empezó a forrar las paredes con imágenes suyas. A los catorce años había emigrado con su padre a Alemania, pero veinte después decidió regresar a Portugal y, en busca de un trabajo que no le diese demasiado curro "para no quemarse mucho", terminó abriendo un bar y dejando que su barba creciese hasta superar la de un miliciano de la Revolución cubana.
Así fundó un santuario de la izquierda, cueva museo donde uno se retrotrae en el tiempo hasta los barbudos castristas o los militares de abril, aunque curiosamente las elecciones locales siempre las ha ganado la derecha. O sea, el Rampinha es un islote rojo en un bastión democristiano, aunque el alcalde Vasco Ferraz, quien repite como candidato del CDS–PP a las municipales del 12 de octubre, frecuentó el local en su temprana adolescencia porque sus padres eran unos parroquianos.
"Si excluimos el microclima del Rampinha, Ponte de Lima es aquello a lo que se llama una villa de derechas", escribía Riota Dinis en un reportaje publicado en el semanario Expresso con motivo de los pasados comicios. Allí se plantó en 1998 Camilo Guevara, hijo del Che, quien aprovechó una conferencia en Darque para acercarse al Rampinha, atraído por un estrambótico bar que rendía homenaje a su padre.
Cuando franqueó la puerta de la cervecería, el dueño se echó a temblar de emoción. "Nunca pensé entrar en un pueblo tan pequeño con una imagen de mi padre", le confesó a Xaixa, quien recordaba en una entrevista a Ponte de Lima TV —concedida en 2012, un año antes de su muerte— que estaba tan a gusto que se tiró en el bar hasta las tres de la mañana. La foto que acompaña estas líneas inmortalizó el encuentro.
En la Geoguide de hace veinte años dedicada a Portugal, escrita por tres franceses, puede leerse esta desconcertante descripción: "Un bar cuanto menos improbable en una ciudad como Ponte de Lima [...]. En su originalidad es de todos modos un lugar digno de ver, a pesar del propietario (o quizás precisamente por él), un personaje emblemático capaz de pinchar diez veces seguidas la misma canción de Cesária Évora".
Cuando falleció Luís Tavares (1955 - 2013), César Monteiro se hizo con las riendas del Rampinha, que al comienzo de la cuesta desplegaba una terraza apta para los alérgicos a las revoluciones. Fue entonces cuando Xaixa pasó a formar parte de la galería de los eternos, protagonista de un fresco en el que agarraba un clavel, símbolo de la revolución portuguesa. Cerveza bien tirada y ecos insurgentes, aunque unos problemas con el alquiler motivaron su cierre en diciembre.
"La historia de Luís es indescriptible y lo que hizo aquí nadie más podría hacerlo", comentaba César Monteiro a Porto Canal meses antes de tener que dejar "un sitio especialísimo". Cuando alguien entraba por la puerta y le decía que allí dentro se respiraba comunismo, le respondía: "No tengo culpa de haber nacido con la sangre roja y con el corazón en el lado izquierdo".
Curiosamente, el sucesor de Xaixa comenta que sus clientes eran más de derechas que progresistas, aunque él lo considera "un bar de izquierdas impresionante", añadía en la entrevista Monteiro, quien recuerda las "sorprendentes" celebraciones que acogía el bar en el aniversario de la Revolución de los Claveles.
Prefiere no trazar un retrato urgente de Luís Tavares por teléfono, ni tampoco describir en unas pocas palabras qué ha significado el Rampinha, demasiada historia. Prefiere mostrar a Público varios vídeos en los que la gente desborda la calle Formosa mientras entona el Grândola, Vila Morena, una escena que se repetía dentro del establecimiento cada 25 de abril, cuando a medianoche él se ponía a repartir claveles entre la clientela.
Ya ha pasado un año y medio desde la última vez que los ponte-limenses que nacieron con el corazón a la izquierda se juntaron para celebrar el golpe pacífico que tumbó la dictadura. En julio, la cervecería reabrió con una nueva gerencia. Sin embargo, el lavado de cara ha eliminado la memorabilia revolucionaria, amenazando el legado del bar guevarista, aunque todavía permanece alguna imagen de Zeca Afonso, de Carlos Paredes y, claro, del propio Ernesto Guevara. Aunque ya no sea lo mismo, como decían sus fieles, "vamos al Che".




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