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Las caricias que nos robó la pandemia

El sentido del tacto no pasa por su mejor momento. La imposibilidad de tomar una mano o de acariciar un hombro genera, según los expertos, una sensación psicológica de abandono que asumimos en pro de nuestra seguridad física.

Andie MacDowell
Andie MacDowell en 'Sexo, mentiras y cintas de vídeo'. VIRGIN

No corren buenos tiempos para el sentido del tacto. Los rigores preventivos lo han convertido en un sospechoso habitual, como si de su vigilancia y contención dependiera nuestro bienestar personal. Quizá por ello nuestros encuentros ya no son lo que eran, tiramos de gestualidad pero el resultado –estarán conmigo– no es ni parecido; he visto a peña entregarse a contorsiones imposibles para simbolizar un abrazo ficticio o representar el calvario del confinamiento con un leve temblor de manos. 

La pandemia parece habernos transformado en actores (secundarios y bastante malos, por cierto), y es que la imposibilidad de tomar una mano, acariciar un hombro o sujetar un brazo es, para muchos, una carencia difícilmente asumible. Una carencia que esconde, además, la triste paradoja de un sentido cuyo potencial sanador sólo es comparable con el recelo que genera como agente contagiador. Cura y enfermedad; complicado salir de ahí. 

"Va más allá de la cultura y de la herencia, tiene que ver con sobrevivir"

Una paradoja con la que convive el personal sanitario en su día a día, enfundado en sus EPI e incapaz de tranquilizar al paciente si no es con el contacto físico. Cuando apenas puedes sonreír o mostrar confianza con el rostro, siempre queda el tacto, quizá no la piel, pero sí al menos una ligera presión con la que insuflar ánimo al sufriente. De todos los sentidos, el tacto es el único recíproco por naturaleza, uno puede mirar sin ser visto, pero nunca podrá tocar sin ser tocado de vuelta. 

La cosa viene de lejos. De hecho, y como casi todo, habría que remontarse al vientre materno. Es ahí donde, según los investigadores, tienen lugar las primeras caricias, a través de lo que se conoce como lanugo, un vello muy fino que potencia y traduce a nivel sensorial el líquido amniótico de nuestra madre. "Va más allá de la cultura y de la herencia, tiene que ver con sobrevivir, con el recuerdo fisiológico de estar dentro de alguien y movernos al mismo tiempo que se mueve ella", explica Mireia Cabero, psicóloga colaboradora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y directora de Cultura Emocional Pública.

En efecto, luego ya vendrá la cultura y la predisposición de cada cual con el roce. Pero en el principio, siempre estuvo el tacto. Es más, los abrazos y caricias posteriores que podamos recibir en nuestras desdichadas vidas no serán más que intentos por evocar lo que un día sentimos en el interior de la placenta. Ahí es nada. "El tacto viene antes que la vista, antes que el habla", escribe Margaret Atwood en su novela El asesino ciego (2000). "Es el primer idioma y el último, y siempre dice la verdad". 

"Anteponemos nuestra seguridad física al riesgo de sentirnos abandonados"

Renunciar al tacto es renunciar a nosotros mismos, pero también al idioma más sofisticado que hablamos, aquel que nos permite decir tanto (y de tanto calado) con la piel. "Cognitivamente sabemos qué personas están a nuestro lado, pero si no tenemos un registro físico de esa presencia, una evidencia corpórea, ya sea amorosa o cariñosa, es como si no contara, y el cerebro puede hacer de las suyas", advierte Cabero.

Así las cosas, la distancia interpersonal parece disparar una suerte de suspicacia, una sospecha irracional que nos aleja de nuestros seres queridos en pro de la supervivencia. "Preferimos proteger nuestra seguridad física a poner en riesgo la seguridad psicológica de sentirnos no tocados, abandonados". Lo que explicaría los altos índices de ansiedad y depresión que ha conllevado la pandemia.

La llamada 'nueva normalidad' se presenta como un territorio hostil al contacto físico. Desconocemos si la tecnología será capaz algún día de brindarnos un abrazo con la calidez e intensidad requeridas. Y entretanto nos mandamos muchos besos vía Zoom, chocamos alegremente nuestros codos y representamos torpemente la impotencia de no poder tocarnos, conscientes de que la felicidad nos quedará siempre a un abrazo de distancia.

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