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Ceuta El caos en Ceuta da paso a una noche de saltos a la valla defendida por el Ejército

Mientras militares y voluntarios de Cruz Roja siguen atendiendo algunas llegadas a nado, España ya ha devuelto a la mitad de las 8.000 personas que han cruzado en los últimos días. Pese a que Marruecos vuelve a controlar la frontera marítima, no impide que cientos de personas traten de cruzar a través del vallado fronterizo.

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Un soldado del Ejército de Tierra junto a la valla de Ceuta la noche de este martes. Jairo Vargas

No hay ningún enemigo a la vista, pero los soldados del Ejército de Tierra corren por la playa del Tarajal de Ceuta, a un lado y a otro, dejando sitio al paso errático de vehículos blindados, manteniendo una línea de defensa contra ningún ataque. Dan y reciben órdenes mientras la oscuridad del mar se rompe de vez en cuando por los focos blancos de la lancha de la Guardia Civil. De fondo se oyen gritos, detonaciones, se ve el humo de gases lacrimógenos en la frontera. De los walkies de los agentes salen avisos sin cesar. "Un grupo de personas está intentando saltar la valla por la zona de la ITV", se oye. "Son unos cien, se están moviendo, pero no están saltando", se escucha a los pocos segundos. Los uniformados se agrupan y corren hacia las vallas.

En la arena, voluntarios de la Cruz Roja se acercan a la orilla con una camilla y material médico. La proa de la lancha de la Benemérita encalla en la arena y dos guardias civiles bajan a un hombre inconsciente, sin camiseta, solo con un bañador puesto. Es uno de los miles de marroquíes que este martes han cruzado a nado la frontera.

Antes de que toquen tierra, otro marroquí desciende de un salto. Lleva la misma indumentaria de día de playa. Se lleva las manos a la cara, parece pedir ayuda para su compañero, solloza. Una voluntaria de Cruz Roja trata de tranquilizarlo, le pone la mano en el hombro, los soldados se le acercan, el hombre amaga con salir corriendo, pero decide quedarse en el último momento, de rodillas, junto a su compañero inconsciente al que intentan reanimar los voluntarios.

Un hombre rescatado por la Guardia Civil cuando trataba a de cruzar a nado la frontera entre Ceuta y Marruecos, en la Playa del Tarajal, mientras voluntarios de Cruz Roja tratan de reanimar a su compañero. Jairo Vargas

Es difícil saber lo que pasa ahora en Ceuta, más aún cuando la noche ha caído. Entonces se comprende con claridad que, en realidad, pasa de todo. Aunque Marruecos ha vuelto a controlar las salidas de personas tras dos días de fronteras deliberadamente abiertas, la gente sigue llegando, a cuentagotas, pero sin descanso. Como si cruzar fuera un estado de ánimo más que un fin en sí mismo. Algunos llegan a la orilla, desorientados, otros han sido rescatados por los agentes, que no han dado abasto en dos días.

Cruzar para regresar

Pero el movimiento también se da a la inversa. Jóvenes que habían cruzado por la mañana, entre el fragor de la muchedumbre descontrolada, vuelven a su país a paso ligero. "Volver", dice uno de ellos, también con el torso desnudo. No debe tener más de 18 años, al igual que sus dos amigos. Si se les pregunta por qué han cruzado a brazadas, se encogen de hombros. Si se les pregunta por qué regresan, también. Quizás haya sido su particular forma de pasar el día, quizás pensaron que había algo al otro lado, en esta ciudad española que muerde desde hace siglos la punta norte de África, en este lugar siempre prohibido para ellos. Pero no es así.

Deben de haber pensado lo mismo que estos tres adolescentes las familias que también deciden volver, con cara de pánico y de decepción, una bolsa de rafia colgando de un brazo y un bebé de pocos meses en el otro. Vuelven en plena noche, con la cabeza gacha, y piden por favor que no se les hagan fotos.

Los que se han quedado en Ceuta están por todas partes. Sentados en portales de la ciudad, arracimados en los paseos y cunetas, debajo de puentes, deambulando por la noche de Ceuta. Aunque son muchos menos que los que había la noche del lunes, coinciden varias personas.

La mayoría, aunque ni la Cruz Roja ni la Delegación del Gobierno pueden precisar la cifra, están en naves del polígono industrial del Tarajal, a donde han sido conducidos por militares, policías y guardias civiles durante las últimas 48 horas, después de pisar la arena ceutí tras unos pocos metros de mar calmo. La intención es devolverlos a todos, cuanto antes, en caliente, de forma arbitraria.

Devoluciones masivas en caliente

La maquinaria de la deportación automática está a pleno rendimiento en la ciudad. Según el último balance de la Delegación del Gobierno en Ceuta, hasta el martes habrían llegado unas 8.000 personas y alrededor de 4.000 ya han sido devueltas, entre ellas, menores no acompañados, según ha documentado la Cadena Ser, lo que contraviene la convención de derechos del niño. No hay ningún acuerdo bilateral entre ambos países para efectuar unas devoluciones tan rápidas como sumarias. Tampoco hay ningún acuerdo por el que Marruecos pueda dejar abierta de par en par sus puertas hacia Ceuta. La excepcionalidad se ha apoderado del enclave mientras la crisis diplomática ha escalado y escalado hasta que España ha aprobado el desembolso de 30 millones de euros más para Marruecos y la Audiencia Nacional ha reabierto una querella por genocidio contra el líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, acogido y hospitalizado en España, en secreto y en plena diatriba bélica entre Rabat y los saharauis. España ha acogido al enemigo público número uno de su país vecino, el gendarme oficioso de su frontera, y eso "tiene consecuencias", decía la embajadora marroquí en España este martes.

El desaire marroquí no es ninguna demostración de fuerza, sino un simple recordatorio de quién tiene las llaves de los flujos migratorios hacia España y, por ende, hacia Europa. De quién es capaz de desatar el caos en cualquier momento cuando quiere conseguir algo, cuando no le gusta algo. No es la primera vez que el reino alauí usa a sus ciudadanos como arma, empezó con la Marcha Verde que, en 1975, ocupó los territorios saharauis cuando España abandonó a su suerte a su colonia. Desde entonces, Marruecos demanda a base de oleadas migratorias en momentos perfectamente calculados.

El resultado, esta vez, es una ciudad asediada por fantasmas, solo deambulan. "Sobre todo han llegado niños", reconoce a Público un agente antidisturbios de la Policía Nacional mientras pide el vale para la cena en el hotel en el que se aloja, junto a periodistas de toda Europa. Su unidad de antidisturbios llegó desde Sevilla la mañana del martes, "y sobre todo hemos visto niños y chavales", puntualiza.

No muy lejos de las naves donde aguardan su expulsión miles de personas desconcertadas, una unidad del Grupo de Reserva y Seguridad (GRS) de la Guardia Civil controla el nuevo vallado fronterizo, sin concertinas, pero más alto. Un grupo de unas cien personas, según calculan, merodea en la parte marroquí. A veces lanzan piedras. Los agentes responden con pelotazos y espay de pimienta. Esta vez no hay gendarmes marroquíes que les detengan, quizás porque esta vez son marroquíes los que intentan cruzar, en lugar de solo subsaharianos, como era habitual hasta ahora. "Hay inmigrantes negros y de muchos colores esta noche", comenta un veterano agente en medio de la pista forestal que rodea la valla. Recomienda tener cuidado, "mientras estamos pendientes de los inmigrantes, aquí se aprovecha para muchas cosas", asevera. Habla de narcotráfico en la frontera oscura, critica la acción del Gobierno y añade: "Puede ser peligroso estar aquí".

Un vehículo de la Guardia Civil controla la presencia de migrantes junto a la valla fronteriza con Marruecos en Ceuta. Jairo Vargas

Más abajo, en la valla, las piedras llueven de vez en cuando, pero el oficial al mando cree que nadie va a poder cruzar. Además de la línea de antidisturbios de la Guardia Civil, esta noche también acompañan militares armados.

En medio de la oscuridad, la luz de freno del coche ilumina tres jóvenes rostros que esperaban, agazapados entre arbustos cercanos a la valla, a que el agente terminara de departir con los periodistas. No hablan castellano, con gestos piden algo de comer. Cuando la luz azul de las sirenas vuelve a asomarse, corren camino abajo. Pueden haber entrado esta mañana a nado, pueden haber saltado la valla esta noche. Puede que ambas cosas. No saben a dónde ir. No saben a qué han venido exactamente. No saben si quiera si es mejor regresar. Cuando el todoterreno policial llega de nuevo, los chavales se han perdido entre las sombras, como fantasmas. Ya solo se escucha el croar de cientos de ranas y los lejanos disparos de pelotas de goma a lo largo y ancho del perímetro vallado. Nadie se atreve a hacer previsiones para el miércoles.

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