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La contracultura española, el refugio más breve de los que se atrevieron a experimentar un mundo mejor

Un libro de reciente publicación analiza el auge y decadencia de la cultura subterránea que inundó España entre 1962 y 1982. La llegada del capitalismo y su asunción como único modelo posible inclinó la balanza hacia la normalización de aquella sociedad que se arriesgaron a vivir tal y como soñaban.

Imagen de las Jornadas Libertarias de Barcelona en julio de 1977.
Imagen de las Jornadas Libertarias de Barcelona en julio de 1977.

Hubo un tiempo en el que todo parecía posible. Por fin, los jóvenes pudieron empezar a actuar como tal, aunque eso fuera sinónimo de vivir ilusionados con un mundo mejor. Si lo querían conseguir, tenían que luchar contra el estado de las cosas. Novedosos estímulos impregnaban la mente y levantaban los resortes más fisiológicos de todos los cuerpos, también los más empobrecidos de la escala social. La información sobre drogas, exóticas al principio y suicidas más tarde, corría por las venas; los pelos se erizaban en crestas o se alisaban en largas melenas; y sonidos que rozaban lo estridente configuraban la banda sonora de una generación dispuesta a vivir, y morir, de una forma diferente a la de sus padres.

El refugio más breve. Contracultura y cultura de masas en España (1962-1982) es el último libro de Antonio Orihuela (Moguer, 1965). La publicación, editada por la firma Piedra, Papel, Libros, sostiene la teoría de que el capitalismo, y la individualidad que lo impregna, acabó consumiendo a toda una serie de personas que no tuvieron miedo de experimentarse. Cuarenta años en los que, por poco tiempo, la contracultura y la "gente del rollo" definieron a la cultura, y no viceversa.

Orihuela, doctor en Historia por la Universidad de Sevilla, sabe de lo que habla: "Toda mi vida me he movido por esos ambientes, en ateneos libertarios y publicaciones de prensa marginal. Siempre rondando lo periférico, huyendo del hipercentralismo que se da en Madrid y Barcelona". Su andadura en el movimiento más subterráneo de la cultura le permite presentar un ensayo en el que critica al PSOE más transicional: "Su cuota de sangre para poder participar en democracia se cifró en la desactivación de sus dos única bazas, la movilización social y la cultura", afirma el escritor. A partir de ahí, todo cambiaría. He aquí la definición clave que vertebra su tesis: "Un objeto cultural es reconocido como tal, y no como marginal, siempre y cuando no colisione con el Estado".

A través de la "dictadura del consenso democrático" todos aquellos ideales que emergieron entre la muerte de Franco y la firma de los Pactos de la Moncloa fueron silenciados. La subcultura de la disidencia se transformó en subcultura del consumo capitalista. Tal y como recoge la monografía, "la disidencia es rechazada porque esa es la lógica de la supervivencia de todo sistema cultural, todo en el sistema conspira para su autopreservación, y lo que no puede ser incorporado es invisibilizado, castigado, o sencillamente eliminado".

La llegada de nuevas formas de disfrutar el mundo procedentes de los ambientes más exóticos, orientalistas e internacionales, lograron abrir una grieta en las formas de entender la realidad. Soñar estaba permitido. "En ese sentido, los enteógenos [sustancia alucinógena] ayudaron mucho a la transformación, a desprenderse de esa costra de responsabilidad y futuro que el sistema había inculcado, esas milongas que son la banda sonora del capitalismo y que, de alguna forma, nos machaca día a día. Además, estas sustancias no crean adicción, como las drogas que aparecerían más tarde, así que consiguieron troquelar una visión diferente de la existencia en la juventud", relata el autor.

Un movimiento lleno de acción

El ensayista repasa los grupos de música y publicaciones que saltan a unos escenarios improvisados en locales ocupados, y tenderetes improvisados en los mercadillos populares, pero aún controlados bajo la vigilancia de los grises y la ley de Peligrosidad Social dictaminada en 1970, una norma "echa contra esa juventud de coloridas vestimentas y contra sus extraños hábitos", agrega Orihuela en el libro. Pero en aquella "hora del recreo" para la juventud española, más efervescente que nunca, también había tiempo para la acción y la práctica; quizá lo más peligroso para un régimen que no acaba de morir y otro que no se sabía ni cómo ni cuándo nacería. Y mucho menos, a costa de qué y quién.

"La contracultura iba ligada a la acción. Ocupar casas, crear ateneos, vivir en comunidad... En definitiva, llevar a la práctica el compartir, esa palabra mágica que inundó los foros, las quedadas, el día a día; pero no entendida como una obligación moral judeocatólica, sino como algo natural. La transversalidad de la convivencia entre niños de la alta burguesía con gente procedente de la clase obrera, incluso el lumpenproletariado, hacía de aquello un momento que, en cierta medida, se repitió en las plazas cuando se unieron trabajadores, estudiantes, gente en paro y pensionistas no hace tanto tiempo", afirma el escritor mediante conversación telefónica con Público.

La contracultura libertaria

La forma de pensar se convirtió en forma de actuar. "Ahí tuvo una gran importancia la CNT, como un hermanamiento natural entre el movimiento libertario y la contracultura". La fuerza más rompedora con lo establecido, sumado a la idealización de sus siglas, hizo que el único anarcosindicato del momento acogiera, cómo no, nuevas maneras de relacionarse, entender la realidad, comprender qué significaba lo que había alrededor disfrutando, aunque no lo sabían, del poco tiempo que tenían para cambiarlo. "De todas formas, muchos viejos militantes de la CNT no comprendían estas actitudes copiadas de la costa oeste de Estados Unidos, cercanas al hipismo. Eso sí creó algunas fricciones", apuntilla Orihuela. Después, recalca: "Para aquellos militantes que vivimos de cerca, por ejemplo, las Jornadas Libertarias de Barcelona en julio de 1977, ahora es un orgullo ver que esos días plantamos cara al anarquismo puritano, ortodoxo, y demostramos nuestras ansias de hedonismo, la alegría de vivir que aportaba la contracultura".

Pero el tiempo pasaba. La persecución a revistas contrahegemónicas como la pionera Star (1974), que en los dos años que duró sufrió expedientes y castigos con fuertes multas hasta en tres ocasiones, en 1975 se prohibió su venta durante un año, y cuando la retomaron volvió a ser sancionada dos veces más, ejemplificó la decadencia del movimiento. El cansancio y la decepción en las publicaciones "al ver cómo todos los sueños de utopía van siendo fagocitados por la sociedad de consumo o aplastados por el autoritarismo" del régimen franquista fueron uno de los primeros ejemplos de cómo todo se empezaba a desmoronar.

La droga más adictiva como desactivación política

En paralelo, otra guerra se disputaba en las calles. Siguiendo el relato libertario, negras tormentas agitaban los aires y nubes oscuras les impedían ver, y aunque a muchos les esperaba el dolor y la muerte, ya nadie les llamaba contra el enemigo. La libertad había dejado de ser el bien más preciado. Lo activo, pupilas dilatadas bailando al compás de mandíbulas desencajadas, se convirtió en pasivo, brazos pinchados en los que miles de jóvenes se inoculaban sus raciones diarias de tranquilidad. Una tranquilidad que favoreció a unos pocos, los de siempre, y que acabó matando a otros muchos, los de siempre.

"El rollo expansivo y psicodélico está a punto de dejar paso a una consigna bastante más simple: ¡Drógate!, y sobre todo más acorde con los tiempos que corren, donde el único horizonte para la mayoría de la juventud de los barrios obreros es el paro, la exclusión y la alienación", explicita el libro. Pero su tesis va más allá: "Metidos todos en un mismo saco, libertarios, drogadictos y demás chusma indeseable, el poder va fomentando un clima de truculencia, sensacionalismo, miedo y paranoia antidelincuencia que, estupendamente orquestado desde los medios, se transforma en una campaña por la paz y el orden social que el Estado se apresura, solícito, a restablecer, como en las mejores profecías que se autocumplen".

De esta forma, la figura del yonqui que los mass media esgrimen en sus televisores, periódicos y retransmisores se empieza a popularizar. "La alienación ganó la batalla a la experimentación política y a la expansión de la conciencia", concretiza Orihuela. Tal y como él mismo los denomina, los "medios de formación de masas" consiguieron normalizar, en el sentido más peyorativo de la palabra, la ilusión y fuerza que durante un tiempo se cantó, bailó y gritó en una España gris y enclaustrada en sus propias estructuras.

El retorno de la contracultura

"Las cosas estaban cambiando, sí, pero solo las cosas. Cultura y mercancía continuaron viviéndose como esferas separadas. Es lo que sucede con una revolución cultural cuando no se apoya en una revolución social", comenta al respecto de otros movimientos más modernizados y vacíos de contenido, como la Movida madrileña. Citando a protagonistas hijos de la alta burguesía de esta corriente capitolina, como los Mecano, El Zurdo, Alaska y Carlos Berlanga, ejemplifica lo que ocurrió con la contracultura: "Se utilizó la química para la represión, para la guerra interior contra los rebeldes, y se utilizó el espectáculo para integrar a los más dóciles". Sin embargo, Orihuela confía: "Esto son ciclos. Yo vi algo parecido con el estallido del 15-M en las plazas, tristemente desactivado por la aparición de Podemos, pero volverá".

Según él mismo explicita en el libro, repensar el ocio que fabrica el sistema y la alteración de la conciencia colonizada por imágenes creadas únicamente desde la perspectiva capitalista pueden ser algunas salidas a la cotidianeidad más agobiante. La cultura "del rollo" sigue, a su entender, escondida en los anhelos de los que aún se arriesgan a pensar en un mundo mejor, "porque la vida que no se hace espectacular no tiene otro lugar para discurrir que no sea bajo tierra subterránea, por los márgenes de las instituciones y el mercado", finaliza.

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