Una década de la supermanzana del Poblenou: "Se ha diluido la idea original"
Su ideólogo, Salvador Rueda, cuestiona la alternativa de los interiores de manzana de Collboni, alerta de que la ciudad necesita recuperar espacio para afrontar el calor extremo derivado de la crisis climática y reclama recuperar el proyecto de las 503 'superilles'.

Barcelona-
Las superilles han marcado las políticas urbanísticas de Barcelona de los últimos años. Ada Colau las convirtió en una de sus grandes apuestas, pero con la llegada de Jaume Collboni a la alcaldía han ido perdiendo peso, al menos públicamente. Diez años después de que el modelo ganara protagonismo en el debate sobre el futuro de la ciudad, con la inauguración de la superilla del Poblenou, la propuesta sigue generando adhesiones y resistencias y, sobre todo, está lejos de haberse desplegado en la dimensión que imaginaban sus impulsores.
El ecólogo Salvador Rueda, que dirigió la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona y es uno de los principales ideólogos del modelo -actualmente dirige la Fundació Ecologia Urbana i Territorial-, atiende a Públic para discutir ampliamente sobre lo que considera una transformación urbana inacabada y reivindicar una idea que, según él, se ha ido desdibujando con el tiempo, que las supermanzanas no son simplemente calles con menos coches, árboles y mobiliario urbano, sino una manera diferente de organizar la ciudad para hacerla más habitable, sobre todo después de un verano infernal que ha vuelto a poner encima de la mesa el debate sobre cómo debe ser la Barcelona del futuro.
Rueda empieza el repaso de estos diez años cuestionando la máxima. Rechaza que la primera superilla de Barcelona sea la de Poblenou en 2016 y sitúa el origen del modelo en el año 1993, en el Born, y posteriormente en Gràcia. El ecólogo critica el centralismo del Eixample cuando se habla de las superilles. "Parece que Barcelona sólo sea el Eixample", exclama Rueda, que recuerda que el proyecto original de las superilles contempla 2.500 calles, lejos de las 100 que se han hecho hasta ahora. En este sentido, Rueda insiste en separar las superilles de los ejes verdes, impulsados por el gobierno de Ada Colau. "Comparar una cosa con la otra es como comparar el vino y el agua". Rueda considera que los ejes verdes son una intervención concreta sobre determinadas calles, mientras que el modelo de superilles afecta al conjunto de la red urbana.
"Hacer 503 'superilles' cuesta 300 millones de euros en total; repartidos en 10 años, son 30 millones. ¿Qué son 30 millones en un presupuesto anual de 4.000 millones?"
La "reinterpretación" de las superilles por ejes verdes "diluyeron la idea original de las superilles". "Los Comuns no hicieron ni una superilla. Lo que han hecho son ejes verdes, calles peatonales. No lo confundamos", espeta Rueda, que mantiene la propuesta de diseñar 503 superilles, una red de movilidad reorganizada, con más espacio público, más vegetación y menos superficie para el coche. El coste, según Rueda, sería de unos 300 millones, una cantidad que propone repartir en 10 años. "¿Qué son 30 millones en un presupuesto municipal anual de 4.000 millones? Los cálculos están hechos", asegura el experto. Lo que considera que falta es voluntad política y de prioridades.
Más allá de la falta de consenso ciudadano -a raíz de las quejas vecinales iniciales que recibieron los ejes verdes del Eixample- o de las dificultades técnicas, Rueda habla también de los equilibrios de poder que rodean a los gobiernos municipales y de la influencia de los intereses económicos vinculados a la movilidad. Cabe recordar que entidades comerciales y empresariales (como Barcelona Oberta o Foment del Treball) demandaron el proyecto. El Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC) confirmó la nulidad de la reforma del eje de Consell de Cent, aunque en la práctica no se ha deshecho la actuación y, por lo tanto, la calle no volverá al estado previo.
En este sentido, Rueda apunta que se ha impuesto el "relato" que demoniza las superilles. "Cuando la gente vive la experiencia de pasear por el Born o Gràcia, quedan encantados, lo que no saben es que aquello es una superilla. Ahora bien, cuando preguntas a la gente qué piensan de las superilles, la respuesta es un desastre", lamenta el experto, que asegura que ahora mismo hay 30 supermanzanas en Barcelona, "pero se van haciendo poco a poco y no las llaman superilles". "Es mucho mejor no hablar de ellas, pero hacerlas, porque al final la gente las disfruta y la calidad de vida se multiplica. Y cuando dicen que son negativas para el comercio, que vayan a Gràcia a ver si se ha estrangulado el comercio o al contrario, se ha multiplicado", apunta.
"Si el objetivo es transformar la ciudad, hay que asumir los conflictos que conlleva esa transformación; si el objetivo es mantenerse en el poder, la tentación es evitarlos"
El ecólogo sitúa esta cuestión en un marco más amplio y habla de los "poderes fácticos" que, según él, tienen capacidad para condicionar la opinión pública y las decisiones políticas. Su crítica no se dirige a un gobierno concreto, sino a una manera de hacer política. Gobernar, a su entender, debería significar también asumir decisiones que pueden generar oposición si el objetivo es modificar las condiciones de vida en la ciudad. "Si el objetivo es transformar la ciudad, hay que asumir los conflictos que conlleva la transformación; si el objetivo es mantenerse en el poder, la tentación es evitarlos", concluye.
Rueda insiste en el reto de diseñar las ciudades del futuro. "Nos estamos enfrentando al sistema más complejo que tenemos la especie humana, que son las ciudades. Y no todo el mundo tiene la capacidad de entender lo que esto representa", señala el experto. Por eso reivindica la importancia de la teoría de redes, que es la base sobre la cual se construye buena parte de su propuesta. "La idea es que las piezas de una ciudad están conectadas y que, por lo tanto, no se puede decidir de manera aislada dónde se pacifica una calle, dónde se concentra el tráfico o dónde se genera un nuevo espacio verde", relata.
Esta misma lógica explica su defensa de la reorganización de la red de autobuses. Rueda recuerda que desde la Agencia de Ecología Urbana se planteó una propuesta que reducía el número de líneas e incrementaba considerablemente su frecuencia. Plantea pasar de 84 líneas a 28 permitiría concentrar recursos y multiplicar por tres la frecuencia, con lo que los intervalos de paso pasarían de 12 o 15 minutos de media a unos cuatro o cinco minutos. El objetivo, más allá de las cifras, "es que ofrecer un buen transporte público independientemente del barrio donde viva cada ciudadano".
Es aquí donde Rueda defiende las superilles como una de las mejores políticas de equidad urbana. "Si se traslada la misma lógica a toda Barcelona, el espacio público de calidad deja de ser una característica asociada a determinadas zonas y pasa a formar parte de un estándar del bien común", apunta. Para Rueda, esta es una de las grandes ventajas del modelo: "Que no importe si una persona vive en el centro, en el Eixample o en la periferia para que pueda tener acceso a una calidad urbana", apunta.
"Las supermanzanas son una de las mejores políticas de equidad urbana si se traslada la misma lógica a toda Barcelona"
Esta idea también sirve a Rueda para responder a una de las principales críticas que han acompañado a las superilles: la gentrificación. Es decir, cuando una mejora del espacio público puede contribuir a encarecer una zona y los precios de la vivienda. Pero considera que el problema no es la mejora urbana en sí misma, sino que esta mejora se concentre sólo en algunos puntos. Rueda recuerda que el Ayuntamiento no tiene todas las herramientas necesarias para evitar que la inversión pública contribuya al aumento de los precios, "porque la regulación de la vivienda y de los mercados inmobiliarios, por ejemplo, depende también de otras administraciones". Pero sí puede decidir, según él, que la calidad del espacio público no sea exclusiva de unos pocos barrios.
"El modelo de Collboni solo tiene sentido en el Eixample, pero ¿Barcelona es solo el Eixample?"
El cambio de gobierno municipal en 2023 tras dos mandatos de los Comunes ha modificado también el discurso sobre la transformación urbana. Rueda considera que la apuesta de Jaume Collboni por los interiores de manzana se ha planteado como una alternativa al modelo de superilles, pero rechaza que puedan tener la misma capacidad transformadora. "¿Sólo tiene sentido en el Eixample, pero, ¿Barcelona solo es el Eixample? ¿No estamos hablando de un modelo para toda la ciudad?", se pregunta.
"Estas 'islas' no resuelven ni la contaminación atmosférica, ni el ruido, ni la ocupación del espacio, ni el consumo energético o ni las emisiones", lamenta Rueda, que recuerda que en todo el mandato solo ha hecho una sola isla. "¿Esta es la alternativa?", reprocha a Collboni.
Las 'superilles', clave contra el calor
Diez años después del inicio del debate, la crisis climática ha cogido otra dimensión debido a las fuertes olas de calor que los últimos veranos han asfixiado las ciudades europeas. Rueda considera que las superilles pueden jugar un papel central en esta transformación porque permiten "liberar superficie para introducir vegetación, generar sombra y recuperar suelo permeable".
"Sin liberar el espacio que ocupa el coche, no podemos renaturalizar nuestras ciudades"
El experto defiende que los árboles no deben colocarse simplemente como elementos decorativos, sino que deben formar una verdadera infraestructura climática. "Eso implica disponer de suficiente espacio para que puedan crecer y proyectar sombra sobre las calles y los edificios", afirma. También defiende la recuperación de la permeabilidad del suelo. Una calle completamente pavimentada acumula calor e impide que el agua tenga un papel en la regulación térmica. "Introducir superficies permeables permitiría recuperar procesos naturales de evaporación que contribuyen a refrigerar el ambiente", apunta. Rueda amplía esta propuesta a las cubiertas de los edificios y defiende incorporar también vegetación. Según los cálculos que expone, la combinación de estos elementos podría reducir entre dos y tres grados la temperatura ambiental.
Pero toda esta estrategia se topa con un problema: el espacio. "Sin liberación de espacio no podemos renaturalizar nuestras ciudades", sostiene. Y aquí el coche vuelve a aparecer en el centro del debate. "Tanto si está circulando como si está estacionado, ocupa una superficie que no puede dedicarse a árboles, zonas de descanso u otros usos", señala.
"El modelo de las 'superilles' debe internacionalizarse para que la gente caiga del caballo"
Rueda defiende que las superilles son uno de los conceptos urbanísticos de Barcelona con más proyección internacional y considera que este reconocimiento exterior contrasta con la dificultad que tiene la propia ciudad para asumir el modelo. Según el experto, Barcelona a menudo sólo reconoce sus propias transformaciones cuando éstas han sido validadas desde fuera. "El Pla Cerdà se decidió en Madrid; la transformación de la Exposición Universal, en París; y la transformación de los Juegos Olímpicos, en Lausana", señala. ¿Y la de las superilles? "El de las superilles debe internacionalizarse para que la gente 'se caiga del caballo'", concluye en esta conversación con Públic.








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