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Erupción volcánica La incertidumbre de perder la casa, desde un parking de La Palma

Sheyla, una joven de 29 años, aguarda en un aparcamiento junto a su hija menor y su madre. Su caso es el de muchos isleños: el volcán les ha obligado a abandonar sus hogares pero también podrían perder sus trabajos en los miles de cultivos plataneros arrasados por el magma.

Sheyla de espaldas a la cámara y junto a su coche, en cuyo interior está su hija de cinco años.
Sheyla, de espaldas a la cámara y junto a su coche, en cuyo interior está su hija de cinco años. Alejandro Tena

A Sheyla le da vergüenza ponerse frente a la cámara. No quiere dejarse ver, pero sí que se conozca su historia, que es la de centenares de palmeños que lo han perdido todo en menos de una semana. "Hasta la madrugada del sábado al domingo yo no sentí nada, ningún temblor", dice sentada bajo la sombra de un árbol robusto. Esta joven de 29 años es la viva imagen de la impotencia y la incertidumbre. Pasa las horas en un parking frente al estadio municipal de El Paso junto a su madre y su pequeña de 5 años, mientras esperan noticias de su padre y hermano, que andan rescatando enseres y animales en la zona de Cabeza de Vaca, justo donde ellos vivían.

"De momento estamos aquí. Hemos dormido en casa de amigos y familiares, donde podemos", indica. Su madre, mucho más nerviosa, señala al cielo y advierte que ella prefiere dormir "bajo las estrellas", en ese mismo aparcamiento, antes que ir a un centro de evacuados. "Me he pasado medio año encerrada por la covid y ahora parece que el virus no existe", comenta de manera aireada. "No, no. Yo no voy a dormir con una cama de un desconocido a menos de dos metros", expone enfadada.

"Lo llevo como puedo, llorando a ratos y a escondidas"

Sheyla es más calmada. Dice que, por lo que ella sabe, no ha habido atención psicológica y mientras habla, trata de contenerse las lágrimas. "Lo llevo como puedo, llorando a ratos y a escondidas, para que la niña no lo vea", comenta, mientras señala en el interior de su Citroën, donde una pequeña de 5 años, escondida en los asientos traseros, juega con un teléfono móvil. "Cuando le explicamos un poco, lo entendió. Pero la pobre ha dejado todo allí, sus juguetes, su ropa...". Suerte que su abuela consiguió que le dieran algunas prendas en el Ayuntamiento, matiza.

Sheyla y el grueso de su familia –su padre, su hermano, su pareja, su tío– trabajan en el campo, como la gran parte de los evacuados de la isla. La lava no sólo ha podido destruir su casa, sino que podría llevarse por delante el sustento de miles de personas. "No he podido ir a trabajar, claro. La planta platanera donde trabajo de momento no está afectada pero no se puede acceder a ella porque la única vía está cortada por la lava", explica. "Donde trabaja mi tío sí que ha habido más daños", apunta sin saber dar más detalles.

"Cómo vamos a pagar un alquiler si también nos estamos quedando sin trabajo"

Según Aproca (Asociación de Organizaciones de Productores de Plátanos de Canarias) al menos el 30% de los evacuados de Cabeza de Vaca vivían del cultivo del plátano, con una ingente cantidad de plantaciones afectadas. Sheyla, que no conoce ese dato concreto, es consciente de las consecuencias a la larga que va a tener esta catástrofe. "Mi casa está bien, pude acceder ayer. Me dijeron que tenía una hora para coger lo que fuera y pude sacar ropa, comida, encontrar a los perros y traerme el coche de mi madre", detalla, señalando un coche con el capó y el techo cubierto de grava volcánica. "Pero, no son sólo las casas, mucha gente va a perder el sueldo de las plataneras y tampoco se van a poder volver a sus viviendas pronto. La cosa va para largo, así que dime tú cómo lo hacemos; cómo vamos a pagar un alquiler si también nos estamos quedando sin trabajo", se pregunta mientras se muerde las uñas.

Esta mujer es la cara de la isla, representa la impotencia de una población con recuerdos sepultados por magma y con la incertidumbre de sólo saber que nada volverá a ser como antes. "A esto le quedan meses por delante", agrega con cansancio, para terminar mostrando con su smartphone algunas imágenes de su barrio justo antes de que llegara la colada volcánica. "Esta es mi casa, ésta la de mi tía, la de mis suegros....", explica señalando a una pantalla de móvil con un vídeo casero plagado de gritos y lamentos. "Sabemos que la mayor parte de nuestras viviendas están bien, pero la cosa es que no vamos a poder volver en mucho tiempo. No sabemos qué hacer".

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