Este artículo se publicó hace 10 años.
Lo extraordinario
-Actualizado a
"Se ve al detalle lo que te han hecho, hasta el último detalle. ¡Con unos aparatos extraordinarios!" (abre los ojos como platos y coloca los labios en forma de 'o' exclamativa). Ella anda con un tacataca con ruedas y acaba de sentarse antes de salir a la calle. "¿De verdad?", le pregunta escéptica pero siguiéndole el juego.
Él coloca meticuloso el tacataca en un lateral de la fila de sillas de ambulatorio para que nadie tropiece, y aprovecha que está sentada para inclinarse sobre ella y abrocharle torpemente los grandes botones de su abrigo. Le da un beso en la frente, un beso que es puro amor. "Ya nos vamos a ir a casa. En un ratito estás a gusto". Ella le devuelve el gesto con una mirada tierna y una caricia: "Estate tranquilo, me duele menos. Venga, vámonos".
Deben de tener unos 80 años. Quiero pedirles que no se vayan, que se queden a mi lado otro rato, reconfortándome con ese calorcito que desprenden; que se vengan conmigo a casa, que yo los voy a mimar para que puedan seguir amándose entre ellos y convirtiéndonos al resto en mejores personas, aunque sea por un rato; que no dejen nunca de mirarse así, porque en sus miradas está el sentido de la vida, de la suya y de la de la humanidad entera.
Demasiado tarde. La puerta se cierra tras el chirrido del tacataca.
*Virginia Pérez Alonso es adjunta a la dirección de Público
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