Entrevista a Marina Lobo, guionista y cómica"Que no hablemos de nuestra precariedad es un triunfo del capitalismo"
La comunicadora leonesa acaba de publicar su primera novela, 'La mejor empleada del mundo', donde aborda en clave de humor los múltiples conflictos que atraviesan hoy a la generación 'millennial': desde el laberíntico acceso a la vivienda hasta la precariedad laboral o la crisis de salud mental.

Madrid--Actualizado a
Para Marina Lobo (León, 1992), el humor es un salvoconducto que nos permite enfrentar la realidad y sobrevivir al caos permanente que nos rodea, sobre todo en tiempos de crisis. La crítica y la risa han sido siempre los ejes vertebradores de sus guiones, monólogos y ahora también de su primera novela de ficción, La mejor empleada del mundo. Una obra semiautobiográfica que ahonda en los grandes monstruos que acechan actualmente a la generación millennial, como la inestabilidad laboral o la crisis habitacional. Una obra hilarante que invita a reflexionar sobre el presente y a hilvanar nuevas formas de combatir colectivamente las violencias estructurales que nos atraviesan.
Para la guionista y colaboradora de este medio, aquellos tiempos en los que la clase trabajadora creía ciegamente en el "mito de la meritocracia" han llegado a su fin. Las nuevas generaciones han dejado de lado aquellas promesas de un futuro que, a base de esfuerzo y carreras universitarias, parecía estar garantizado. Los horizontes son cada vez más inciertos y buena parte de la población joven hoy vive azotada por la precariedad . No obstante, señala, la frustración generalizada convive también con el resurgimiento de movimientos ciudadanos - la autora resalta las movilizaciones por la vivienda digna- que hoy luchan contra viento y marea para generar alternativas de cambio a corto, medio y largo plazo.
¿Cómo nace la idea del libro?
Realmente yo tenía la idea desde hace tiempo, tenía un documento en el que había escrito tres ideas para libros, pensando: "Ya encontraré tiempo para escribirlo". Pero, spoiler, nunca tenemos tiempo para absolutamente nada. Tiempo después, cuando vino la editorial Temas de Hoy, me dio unas pautas para fijarme plazos porque si no, como tenga que esperar a hacerlo yo sola cuando me cuadre, sé que no lo voy a hacer.
En relación a la historia, hay parte autobiográfica porque la protagonista trabaja en una tienda de ropa y yo curré en una y tenía muchas anécdotas guardadas dentro, también mucha rabia para cuando llegara este libro (risas). La protagonista también había estudiado Periodismo como yo, con lo cual también quería reflejar un poco la romantización de ciertos trabajos que luego no son tan bonitos como te los pintan y los sacrificios que a veces estamos dispuestas a hacer por un trabajo en el que se maltrata también como en otro cualquiera.
Hay mucha gente que se siente reflejada porque todas hemos tenido una aspiración que a lo mejor no llega, o que al final pues no se materializa como tú piensas y no acabas donde pensabas que ibas a acabar. Mucha gente me ha dicho "esta es mi historia en la tienda", de teleoperadora, en la oficina etc. Por eso mucha gente se está sintiendo interpelada, porque tristemente es la vida de muchas personas trabajadoras.
Su protagonista es la antiheroína de nuestra generación, un personaje que ofrece una perspectiva realista e incluso cruda de la cotidianidad de cualquier mujer 'millennial' y trabajadora. Qué importante encontrar protagonistas que de verdad nos representen y nos permitan incluso reírnos de nosotras mismas…
Yo creo que es un libro que sirve mucho de desahogo intergeneracional, de hecho, tanto a mi generación como a las que vienen por detrás les está gustando mucho porque empatizan muchísimo con la trama. Reírse en un mundo tan absurdo como el que estamos viviendo, con Trump, con Milei, con locuras todos los días que parecen sacadas de una novela de ficción parece lo más sencillo. Por eso está triunfando también mucho en estos tiempos la comedia, estamos viendo muchos programas de comedia y una revolución del stand-up bastante importante. Esto lo vemos incluso en las propias novelas, se palpa esa cosa ácida de querer reflejar la realidad riéndose de ella porque a veces es la única manera de entender este mundo tan caótico que habitamos.
Carla es un reflejo de toda aquella juventud precarizada que se ve obligada a compartir piso con desconocidos a sus más de 30 años para poder tener un techo donde vivir. ¿La vivienda se ha convertido en el nuevo diferenciador de clase?
Totalmente. Todas nuestras precariedades están atravesadas por la vivienda, el acceso a la misma en estos tiempos es algo que marca tus condiciones de vida desde lo más básico, por eso yo en la novela quería que estuviera ese tema. Es verdad que no se habla explícitamente de la crisis de la vivienda, pero el problema está ahí, está para Carla, para sus compañeras de trabajo y para todas las que salen en el libro. Al final la vivienda está creando una brecha cada vez mayor entre los que pueden acceder a ella y los que viven de alquiler. Ahora mismo te pueden subir el alquiler todo lo que quieran, cuando quieran, te pueden echar de un día para otro. Por tanto, las personas con viviendas en propiedad cada vez tienen más y los que no acceden a eso cada vez tienen menos, porque cada vez gastan más en la vivienda, es un círculo que se retroalimenta y al final acaba creando una brecha incluso entre gente que a priori estaba al mismo nivel socioeconómico. Hablamos de personas de 30 años que comparten piso, en este caso, pero también hay gente de 40 y de 50 que comparte piso, por supuesto.
¿Por qué hay tantos jóvenes madrileños que se sienten profundamente atraídos hacia el discurso neoliberal y privatizador de Ayuso pese a que va en contra de sus propios intereses, mismamente con esta cuestión de la vivienda? Hemos visto como la presidenta se ha opuesto a aplicar la ley estatal de vivienda en la Comunidad de Madrid porque a su juicio contraviene la libertad de los caseros.
Yo en el libro lo llamo "la rebelión de los gilipollas" porque un montón de gente está igual de mal que el resto y decide votar a personas que le escupen en la cara, darles like y seguidores en YouTube. No solo lo estamos viendo en política, también con personas como El Xocas, TheGrefg y gente que te desahuciaría mañana sin ningún problema, pero a la que tú, que no puedes salir de casa de tus padres, le estás dando dinero todos los meses. Esto es un fenómeno muy curioso y yo creo que tiene que ver con la aspiración que tienen a acabar teniendo lo mismo que estas personas y con un mundo en el que la desesperación está campando a sus anchas. Ya no es tan importante mejorar tú como joder al de enfrente y eso me preocupa muchísimo porque tiene consecuencias negativas para todo el mundo. Desgraciadamente, este es el panorama que estamos viviendo tanto en política como en las redes sociales, y es el modelo que impera ahora no sólo en España sino en países como EEUU con Trump o Argentina con Milei.
Otra arista de toda esta coyuntura es que, al no poder permanecer en un mismo barrio, ciudad o incluso país durante años, como ocurría décadas atrás, también se trastocan los vínculos sociales y el arraigo. La gente joven tiene que mudarse cada pocos años y no termina de echar raíces en ningún lado.
Y lo que van a sufrir las generaciones de personas que ahora mismo son pequeñas… A mí me pasó hace poco que estaba en mi barrio y de repente vi a una pareja con un hijo de siete u ocho años mirando piso en otro barrio. De repente, el niño les preguntó por qué estaban mirando pisos y ellos dijeron: "Nos tenemos que ir del barrio porque el piso está muy caro". Aquella conversación me rompió.
Ese niño muy probablemente se va a tener que cambiar de colegio y a lo mejor dentro de otros cuatro años se tiene que volver a cambiar porque se vuelve a desplazar de barrio y eso lo están sufriendo esos niños. Lo peor es que cuando crezcan es algo que van a vivir de manera continua hasta que alguien en este país decida ponerse las pilas con el tema de la vivienda. Todo esto al final nos lleva hacia el individualismo más absoluto. En la novela abordo este tema desde el punto de vista del trabajo: en la mayoría de trabajos hay mucha rotación y por tanto tampoco estableces vínculos, lo que a su vez quiere decir que tampoco te organizas con tus compañeras para plantar cara ante las condiciones laborales. Por ejemplo, hay mucha gente que está de paso y prefiere no abordar un problema porque piensa que no se va a quedar el tiempo suficiente como para arreglarlo y eso retroalimenta ese sistema una y otra vez.
El resultado de todo esto al final es que cada vez es más difícil desarrollar un proyecto propio de futuro a largo plazo. ¿Somos una generación eternamente aletargada?
La precariedad nos infantiliza muchísimo, yo hablo mucho con amigas que sienten que todavía son veinteañeras porque viven como veinteañeras. Yo vivo igual ahora que cuando vine a Madrid, es decir, estoy en un piso que comparto con un alquiler que me sigue pareciendo altísimo en un piso viejísimo en el que todo se rompe pero no llamas a la casera porque te da miedo que te suba al alquiler y te tengas que mudar. Eso es lo que te hace eternamente joven, vivir exactamente igual a los 20 a los 30 probablemente a los 40.
En el libro dice que "a nuestros padres también les contaron la pantomima de que íbamos a vivir mejor que ellos" y resulta que hoy la mayoría vive en una situación laboral muy inestable, algo que se ha agravado respecto a las generaciones anteriores. ¿Hay cierta frustración en saber que no vamos a poder cumplir con las expectativas que nos vendieron?, ¿la gente joven se siente estafada?
La gente joven se está sintiendo así pero también la gente mayor, los familiares de esa gente joven también se han visto salpicados por esto. Hay un componente que a mí siempre me llama mucho la atención y que en el libro aparece bastante que es que la precariedad y esta falsa creencia de "vas a vivir mejor que tus padres" llega a romper o al menos a agrietar la relación con tus padres: hay muchas veces que mentimos para no hacer sentir mal a los padres porque te han dicho todo el rato que si estudias vivirás mucho mejor y llegarás alto y han visto que eso no ha pasado. Ante eso, muchas veces evitas darle el disgusto a tus padres y contarles lo mal que estás para que ellos tampoco se sientan mal y entonces esto distancia mucho a los chavales de sus padres. Al final hay un pacto que los dos creíamos que iba a cumplirse y que se ha roto y es muy difícil asumir por ambas partes.
Por eso creo que es importante hablar entre nosotras de la precariedad que nos atraviesa. No hablar de precariedad también es un triunfo del capitalismo en el sentido en el que cuando rompes esa vergüenza y esa culpa que tú tienes por no haber llegado donde en teoría tenías que haber llegado con tu formación y con tu esfuerzo piensas que algo estarás haciendo mal. Sin embargo, cuando hablas con tus semejantes y rompes ese silencio te das cuenta de que todos estamos igual y ves que es el sistema el que está hecho para que esto ocurra. Por eso es fundamental contarnos cuánto cobramos, porque hay veces que piensas que una persona está estupendamente y de repente te das cuenta de que es mucho más parecida a ti de lo que te creías. Pero también reírse del discurso de la meritocracia, todavía me parece increíble que haya partidos que nos lo quieran vender, yo creo que nos hemos caído del guindo y la palabra meritocracia ya empieza a ser una expresión que provoca risa.
Nos hemos dado de bruces con el relato neoliberal de la meritocracia que nos habían vendido y hemos visto que en realidad hay muchos factores que nos condicionan y nos limitan, desde el género hasta la clase. Ser conscientes de eso, como exhibe tantas veces en el libro, ¿puede liberarnos de cierta presión?
Tampoco tenemos que caer en la desmovilización y en instalarnos en un relato derrotista. Yo creo que sí se pueden conseguir mejoras pero no a través de la meritocracia o de hacer horas extra, sino a través de los sindicatos, de plantarle cara a tu jefe etc. Es verdad que precariedades hay muchas: no es la misma precariedad la de una persona que trabaja en una redacción que la de una teleoperadora o una temporera en Huelva, pero se ha tendido a romantizar cierto tipo de trabajos, quizás los más creativos.
En la novela habla además de cómo la precariedad golpea directamente la salud mental. En los últimos años se habla incluso de una epidemia de salud mental. ¿Hemos normalizado ir a terapia por motivos laborales?
Hay muchos problemas que se solucionan cuando tu situación es más estable. Yo lo hablaba con una amiga que estaba en un puesto en el que no llegaba a fin de mes. Al cabo de un tiempo, cambió de trabajo a uno mucho mejor y aunque no dejó de ir a terapia sí dejó por ejemplo de medicarse para sobrellevar su situación. El trabajo es super importante en nuestras vidas porque nos hace invertir mucho tiempo en ello. Hay un aspecto que yo plasmo en el libro porque me raya mucho que es: ¿cuándo actuamos realmente como somos si pasamos 12 horas en el curro performando otra cosa que no somos? No te comportas igual en la oficina con tu jefe que en tu casa. Al final, cuando llegas a tu casa tienes que ponerte a cocinar para el curro del día siguiente, poner la lavadora y dormir para estar descansada. Por tanto, llega un punto en que tu personalidad ya pasa a ser la de la trabajadora.
¿Esa epidemia de salud mental podría revertirse con la reducción de la jornada o es preciso implantar cambios más estructurales?
No estamos siendo tan ambiciosos como deberíamos, sobre todo desde la izquierda, que es la que tiene que empujar en este sentido. No nos pueden vender que hay que reducir la jornada y ya está, necesitamos más y luego ya vemos dónde nos quedamos. Se ha roto algo dentro del trabajo porque antes había generaciones que estaban dispuestas a hacer un montón de horas extra porque creían que eso iba a implicar un cambio sustancial en su forma de vida, y ahora ya no. Ya sabemos que ello no va a traducirse necesariamente en una mejora que te permita ahorrar para una entrada para un piso porque hoy por hoy es algo impensable. En el momento en que se rompe eso la gente prefiere irse a disfrutar de su gente y de los amigos, con lo cual el trabajo tiene que cambiar y tiene que adaptarse también a esa nueva forma de ver las cosas.
Más allá de los malestares cotidianos e inmediatos, la escena internacional actual, con la guerra de Ucrania, el genocidio palestino o el conflicto latente entre Irán e Israel, también contribuye a acrecentar la ansiedad colectiva.
Por eso pienso que se está tirando mucho del humor, para conseguir asimilar o intentar masticar todo esto que está ocurriendo a nuestro alrededor, porque si no es muy difícil levantar cabeza si piensas en todo lo que está ocurriendo. Si somos conscientes de todo lo que está ocurriendo, realmente te deprimes y al final llega un punto en el que hay tanta violencia a nuestro alrededor y tanto caos que acabamos acostumbrándonos a esa violencia, aunque sea desde la distancia. Eso es muy peligroso porque genera más violencia y vivimos en ese bucle despiadado del que parece imposible salir. Pero también hay mucha gente luchando para que no sea así, muchas personas siguen levantando la voz ante lo injusto y eso da esperanza para seguir con un poquito de fe en la humanidad.
Pese todo, se sigue hablando de la "generación de cristal".
Me parece muy atrevido decir que esta es una generación de cristal con todo lo que hemos vivido y lo que nos queda por vivir. Durante la pandemia hubo una desmovilización tremenda y ese despertar de la conciencia de las generaciones que empezaban a formarse políticamente se quedó no anulado pero sí encerrado literalmente en casa de sus padres durante meses y eso ha hecho que haya tardado un poquito más en recuperarse la movilización. Pero yo creo que se está recuperando, lo estamos viendo por ejemplo con la vivienda, hay una movilización que se está gestando y que sigue creciendo porque las cosas no cambian y cada vez para más gente es más difícil acceder a una casa.
¿Entonces se considera optimista respecto al futuro?
Optimista no soy, la verdad (risas). Porque veo que vienen tiempos bastante oscuros pero a su vez parece que de ahí van a salir muchos movimientos y movilizaciones que son muy necesarias. De hecho, el libro narra un poco ese despertar a través de una empleada de una tienda de ropa que de repente, estando al borde del colapso, cuando llega su jefa a exigirle que dé más de sí coge y se venga. Lo hace además de forma colectiva, con sus compañeras de la tienda de ropa, lo cual trae consigo una enseñanza muy clara: no cabrees nunca a una trabajadora porque las consecuencias pueden ser terribles y pueden hacer temblar los pilares del estado.

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