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El 'hashtag' que se convirtió en libro, #LasFeministasQueremos

La igualdad, desmenuzada en doce capítulos, es lo que la feminista Isabel Mastrodoménico recoge en el libro 'Las feministas queremos'.

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Concentración feminista contra el fallo judicial de La Manada en la Puerta del Sol, coincidiendo con el acto conmemorativo de la Fiesta del 2 de Mayo, celebrado en la Real Casa de Correos de Madrid. EFE/Luca Piergiovanni

¿Pero qué más quieren las feministas? A esa pregunta tan repetida en las calles responde el libro que presenta ahora Isabel Mastroménico, directora de la Agencia Comunicación y Género, feminista y experta en igualdad. En Las feministas queremos, editado por Lo que no existe, la autora recoge de una forma clara y sencilla, la máxima del movimiento que defiende el feminismo: la igualdad.

Para ello, la escritora se agarra a 12 fragmentos de cartas de grandes mujeres de todas las épocas. De esa forma desvela en 12 capítulos las tantas veces calladas reivindicaciones de las mujeres. En su libro, Mastrodoménico va desmenuzando que las mujeres quieren que se respeten sus derechos humanos, igualdad de oportunidades, paridad, respeto para los derechos sexuales y reproductivo, educación en igualdad, paridad, erradicación de las violencias de género… ¿El tono? “Muy divulgativo. Ya hay grandísimos libros que explican el feminismo. Aquí lo que buscaba es que no nos vuelvan a preguntar qué pedimos en las calles; quiero que cualquier adolescente pueda entrar en el feminismo y entender que hacerlo supone cuestionarse internamente su forma de relacionarse con la pareja, las amistades, la familia, el trabajo... Se trata de empezar a ver las realidades desiguales a las que el sistema nos ha acostumbrado a asumir con naturalidad”, apunta la experta en género que gestó la idea a partir del hashtag #LasFeministasQueremos.

Así, de algo tan básico como que se respeten nuestros derechos humanos habla, por ejemplo, Olympe de Gouges, la intelectual de la revolución francesa que redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, dos años después de la Declaración que solo incluía a los hombres. La activista le pedía entonces a la reina María Antonieta que pensara en las mujeres. “Esta revolución no se llevará a cabo hasta que todas las mujeres estén convencidas de su deplorable suerte y de los derechos que les ha arrebatado la sociedad. Apoyad, Señora, tan bella causa, defended a este sexo desgraciado y tendréis a vuestro favor, por lo menos, la mitad del reino y un tercio de la otra”, escribía la revolucionaria francesa que acabó en la guillotina. Conmueve recuperar, como hace Mastrodoménico, partes del artículo 3 de ese texto, el que habla de “los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad”. En ese sentido, hoy, dos siglos y medio más tarde, la autora recuerdo lo importante que es recordar que aunque en Occidente parte de esas premisas, como la libertad, estén más claras, la situación de muchas mujeres de otros puntos del planeta es bien distinta. A la seguridad (acosos y abusos) aluden los capítulos en los que hace referencia a las violencias físicas.

Isabel Mastroménico, directora de la Agencia Comunicación y Género, feminista, experta en igualdad y autora de 'Las feministas queremos'.

Sobre las políticas públicas con perspectiva de género anheladas por las feministas, lsa Mastrodoménico hace referencia a temas como la educación, la reforma laboral, una ley de pensiones o la dotación de un presupuesto sanitario que incluya y piense en las enfermedades de las mujeres. Las mujeres quieren, dice la escritora, leyes, normativas que entiendan que “a las personas normales las empoderan las leyes”, dice Mastroménico parafraseando a Amelia Valcárcel. “En el nuevo código legislativo que supongo habréis de redactar, es mi deseo que recordéis a las damas; que seáis generosos con ellas, y que les seáis más favorables de cuanto lo fueron vuestros ancestros. No depositéis unos poderes tan ilimitados en manos de los maridos. Recordad que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no se nos presta a las damas una especial atención y cuidado, nos veremos obligadas a fomentar una Rebelión, y no nos sentiremos obligadas por ninguna ley en la que no hayamos tenido voz, o Representación”, apuntaba Abigail Adams, a su marido, John Adams, el que sería presidente de los Estados Unidos. Corría el año 1735 y ese es el fragmento de carta elegido por la autora para contar esa demanda.

Hay otro capítulo exclusivo al deseo de una comunicación no sexista. En él aparece Virginia Wolf, pero no con su “cuarto propio”. Lo hace en una carta al director del diario The New Statesman para quejarse por una reseña que quería demostrar la superioridad cerebral y creativa de los varones sobre las mujeres. En esas páginas recuerda la legítima demanda, por parte de quienes constituyen la mitad del planeta, de que se cumplan las leyes en cuanto a comunicación se refiere (porque tanto las leyes de igualdad, como la de violencia de género como la específica para publicidad y comunicación audiovisual recogen normas contra el sexismo que se incumplen una y otra vez). En las páginas del libro, para traer estas antiguas reclamas a la actualidad, la autora va trufando sus páginas con citas de feministas españolas actuales que invitan a reflexionar sobre el tema abordado. En este punto, recoge una pregunta de la diputada feminista Ángeles Álvarez: “Si no permitimos que se intoxique a la población con productos químicamente tóxicos, ¿por qué permitimos que se les intoxique con contenidos audiovisuales tóxicos?”.

La autora también recuerda que las feministas quieren igualdad en la educación y para ello rescata una misiva de la escritora francesa Georges Sand (1804-1876). En ella, le pide a su madre que le explique por qué es una estupidez que las niñas estudien latín, una tarea considerada por la progenitora muy alejada de los roles tradicionales de las mujeres. Y ahí, entran los cuidados, otra de las peticiones: ¡que se compartan, que se hable de corresponsabilidad y no conciliación!, publica la agente en igualdad.

El último capítulo es de alguna forma el que resume la proclama básica: igualdad, “eso que quieren todas las feministas, sin importar en olas o generaciones”, explica la autora. Bajo el título “Queremos que no nos engañen”, la escritora recupera las contundentes palabras de la activista Nelly Rousell (1878-1922), unas frases en las que habla de la esencia del feminismo, basada en una independencia económica, una igualdad de salarios, una maternidad elegida, libertad y felicidad. He aquí su discurso:

“Todas aquellas que yo conozco ––y todos aquellos, puesto que también hay hombres entre nosotras, hombres de espíritu recto, de alma generosa–– no dejan pasar una ocasión para declarar y explicar que el feminismo, no es una declaración de guerra al hombre (es decir, a toda una mitad de la humanidad, que nosotras necesitamos tanto como dicha mitad nos necesita a nosotras), sino a las instituciones, a la monstruosa organización social que desconoce su única razón de ser, y que se alía con la madrastra-Naturaleza en contra nuestra, en lugar de suavizar sus leyes y de atenuar sus errores”. (…)

“Pues bien: ¡he aquí lo que ya no estamos dispuestas a tolerar! Y es por eso que creemos necesario garantizar a la mujer, en primer lugar, la independencia económica, fuente de todas las demás independencias: la física, la moral y la intelectual. Y, para asegurar esta independencia económica, necesitamos, no solo la admisión de las mujeres en todos los puestos de trabajo (les corresponde a ellas juzgar cuáles les convienen) y un salario igual (por el mismo trabajo, por supuesto; nunca hemos dicho otra cosa) al del elemento masculino, sino también dos condiciones esenciales para la libertad y la felicidad, pero que, con demasiada frecuencia, los constructores de ciudades ideales olvidan situar en la base de sus combinaciones. Son estas: la posibilidad de que cada mujer sea madre o no según su propio criterio, cuando reúna las condiciones necesarias para dar a luz, sin sufrir demasiado, sin comprometer o perjudicar su propia vida, a un niño bien constituido física y moralmente... y para educarlo luego con cuidado, con arte, como se cultiva una planta preciosa, en una atmósfera de bienestar y ternura gozosa, favorable al desarrollo armónico de su personalidad. La justa retribución por el trabajo materno. Resulta odioso que tal trabajo pueda ser una causa de esclavitud e inferioridad para aquellas que lo desempeñan”. Esa es la pedagogía que cierra la publicación, un libro “urgente y necesario, como lo es el feminismo”, subraya la feminista Nuria Varela, en el prólogo del mismo.

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