Hedy Lamarr: "Yo les diría a las chicas de este milenio que se rodeen de hombres que no las quieran quietas nunca"
'Entrevistas imposibles' es la serie del verano en la que Antía Yáñez conversa con mujeres inmortales.

Madrid--Actualizado a
Pasan tres minutos de la medianoche y el Cementerio Central de Viena está vacío. Me acerco a la placa metálica que se levanta unos centímetros del césped bien recordado y leo, en inglés: "Las películas tienen un lugar determinado en una época determinada. La tecnología es para siempre".
No sé a quién se le ocurrió esa frase. A mí me gustaba más "La belleza es superficial, pero la inteligencia es para siempre", que además dije yo misma. Supongo que cuando una está muerta su opinión importa poco.
Doy un respingo y me giro. Mi interlocutora ha aparecido de la nada, a mis espaldas. Aunque murió con 86 años, en el 2000, observo su media melena negra voluminosa, inconfundible; su piel tersa, las cejas finas, los ojos claros y grandes. La misma cara con la que apareció en una treintena de películas, la que inspiró la Blancanieves de Disney. Es joven de nuevo.
¿Prefiere Hedy Lamarr o Hedwig Eva Maria Kiesler?
¿Sabe? Una parte de mis cenizas descansan aquí, las que no esparcieron por los bosques de Viena, pero se pasaron ocho años olvidadas en las estanterías de una productora y otros ocho en manos de un amigo de la familia. Como entiendo que usted no tuvo nada que ver con eso, y no todos los días la llaman a una desde el más allá para conceder una entrevista, puede llamarme Hedy a secas.
Dice que la belleza es superficial, aunque de usted se llegó a afirmar que era la mujer más bella del mundo.
Yo aproveché mi belleza para muchas cosas, pero las más importantes las hice con el cerebro. Ser guapa tiene ventajas, pero también un lado oscuro. La apariencia física, cuando es digna de atención por algo, bueno o malo, siempre impide ver qué hay más allá.
¿Por eso su carrera como actriz eclipsó totalmente su faceta de ingeniera e inventora?
Seguramente. Pero no triunfé en el cine solo por mi cara bonita, era buena en lo que hacía. Empecé los estudios de artes escénicas con 16 años en mi Viena natal. Mis padres tenían dinero y mi educación fue esmerada: antes de cumplir los 11 ya dominaba el piano, la danza y hablaba cuatro idiomas. Mi madre era pianista y me introdujo en el mundo del teatro. Mi padre era director de banco, pero le interesaba la tecnología. Cuando salíamos a pasear me explicaba el funcionamiento de todas las máquinas que nos cruzábamos. El tranvía, los automóviles, el alumbrado público eléctrico... Los profesores decían que era superdotada, a los cinco años desmonté una caja de música y la volvía a montar solo porque quería saber cómo funcionaba por dentro. Pude elegir qué hacer. Y elegí hacerlo todo.
¿Cómo fueron sus inicios?
A los 16 hice mis primeras apariciones como figurante en películas de estudios austríacos. De pequeña nunca me había considerado guapa, pero de adolescente empecé a notar que entraba en una habitación y las conversaciones cesaban. Me di cuenta que la belleza tenía ese poder, de que yo tenía ese poder. Miraba a mi alrededor y no había mujeres ingenieras, o químicas, o matemáticas. O por lo menos no estaban tan a la vista como las artistas, que eran las mujeres más libres que yo conocía. Siempre he creído que la parte más sexy de mi cuerpo es mi cerebro, pero la gente no se fijaba en los cerebros de las mujeres. Abandoné los estudios de ingeniería para centrarme en el teatro, y luego llegó Éxtasis, mi matrimonio con Fiedrich, la huida… Me gusta creer que yo elegí mi futuro, pero hay momentos que pienso que simplemente hice lo que pude con lo que tenía, que era mucho más de lo que tenían otras.
Éxtasis, de 1933, supuso un antes y un después en su carrera, pero le trajo cosas buenas y malas. ¿Se arrepiente de haberla hecho?
En esa película aparecía desnuda. No era el primer desnudo integral del cine, pero sí interpreté el primer orgasmo femenino de su historia. Fue un escándalo, y cuando una mujer provoca un escándalo, el escándalo ya nunca la abandona, se meta a monja o a inventora. El papa tildó el filme de inmoral y fue prohibido en varios países. En la escena en cuestión estaba totalmente sola. Tenía 17 o 18 años. Me iban diciendo cómo tenía que colocarme. La montaron de tal forma que parecía una escena de sexo, pero allí no había ningún otro actor. En un momento dado pregunté que por qué tenía que colocar los brazos así, tan juntos, y el director, Gustav Machatý, me dijo que no preguntase tanto y que si no hacía lo que él me ordenaba, me pincharía con una aguja a través del sofá. De hecho, lo hizo. No quería crear problemas, así que obedecí. ¿Me arrepiento? No, porque si cambiase eso, la vida que viví sería otra. Pero no he visto a Gustav por el más allá todavía y tengo unas palabritas pendientes con él.
Una de esas cosas malas fue su matrimonio con Fiedrich Mandl, al que usted ya ha mencionado.
Me casé a los 19; él tenía 33. Me vio en la película y se obsesionó conmigo. Arregló el matrimonio con mis padres. Era un magnate armamentístico de Austria. Al principio, no la voy a engañar, no tenía queja: una casa con 25 habitaciones de invitados, cacerías, lujos. Pronto empecé a darme cuenta de que su mayor trofeo era yo. Estaba enfermo de celos, tanto que intentó comprar todas las copias de Éxtasis, pero cuántas más compraba, más grababan, así que se rindió. Sus criadas escuchaban mis conversaciones telefónicas, me vigilaban, no podía desnudarme ni bañarme si no estaba él delante. Me convertí en una prisionera en mi propia casa. Aguanté aquel infierno cuatro años, pero al final conseguí escapar. Durante una cena que dimos, cogí mis joyas, las oculté en el abrigo, me puse el uniforme de una criada que se parecía mucho a mí y me largué.
¿Cómo terminó en Estados Unidos?
Después de abandonar a mi primer marido no sabía qué hacer. Un día fui al cine, en Londres, y vi el león de la Metro-Goldwyn-Mayer. Me dije, yo quiero estar allí. Y lo logré. Me enteré de que Louis B. Mayer, cofundador de los estudios, estaba en la ciudad y conseguí una reunión. Había venido a Europa porque quería fichar a los actores y actrices que huían de los nazis. Creía que íbamos a aceptar cualquier condición con tal de ir a Hollywood. Me dijo que tenía que dejarme la ropa puesta (supongo que había visto Éxtasis) y cobrar 125 dólares semanales. Le respondí que no era suficiente y me marché, pero luego me arrepentí. Reservé un pase en el transatlántico en el que iba a regresar a Estados Unidos y me dejé ver. Ahí usé mis atributos con inteligencia. Guapa sí, pero inteligente más. Cuando llegamos a Nueva York, era Hedy Lamarr, contratada por 500 dólares semanales.
¿Los inicios en Hollywood fueron difíciles?
Las actrices de aquella época teníamos contratos con las compañías que rozaban la esclavitud. Trabajábamos seis días a la semana, llegábamos a los estudios al alba y nos marchábamos de noche. Nos daban pastillas para despertarnos y actuar. Nos daban pastillas para poder dormir. Yo descansaba aún menos que mis compañeras, porque cuando llegaba a casa trabajaba en mis inventos. Era mi afición, tenía una mesa en mi casa solo para ellos. Howard Hughes me puso una especie de laboratorio en un remolque para que yo pudiese hacer cosas entre toma y toma mientras rodaba. Fue el peor amante que he tenido, pero uno de mis mejores y más brillantes amigos. El sexo no es lo más importante entre un hombre y una mujer. Él me llevaba a sus factorías y yo, a cambio, al ver que sus diseños de aviones tenían las alas cuadrangulares, me dije: "Esto no puede ser". Me compré un libro de peces y otro de aves, y combiné las aletas y las alas del pez y el pájaro más rápidos. Le di el dibujo y él me llamó genia. Hice mucho cine en aquellos años, pero mi mayor conquista fue conseguir mi primera patente junto a George Antheil, compositor, en 1942. La llamamos "Sistema de comunicación secreta".
Todavía hay gente que no sabe que su invento sentó las bases para tecnologías como el Wi-Fi y el Bluetooth.
Todavía hay gente que piensa que la Tierra es plana. Este siglo cada vez se parece más a la época de la II Guerra Mundial, ¿sabe usted? Con más tecnología, pero menos inteligencia. En aquellos años los torpedos norteamericanos eran muy fáciles de interceptar porque los enemigos detectaban las frecuencias de comunicación. Pensé, ¿y si cambiamos de frecuencia de forma constante y sincronizada? Yo tuve la idea de desarrollar el espectro ensanchado por salto de frecuencia, pero George, que había sincronizado dieciséis pianolas sin cables, la materializó. Usó 88 frecuencias, como las teclas de un piano. La idea era magnífica y el Consejo Nacional de Inventores estadounidense estuvo de acuerdo. Cuando conseguimos la patente, se la cedimos a la Marina, que no la consideró útil. Los militares la guardaron en una caja fuerte. Creían que podía contribuir más a la guerra si vendía bonos que inventando cosas. "Deje eso a los expertos y vaya a recaudar dinero", me dijeron. Y eso hice. Recaudé 25 millones de dólares, que ahora serían unos 343 millones.
Su patente se usó por primera vez en 1962, en la crisis de los misiles de Cuba, pero ni George ni usted recibieron nada de dinero.
No, porque la patente ya había expirado. Pero eso no es lo que más me indigna, aunque es verdad que pasé por apuros económicos. Solo me querían para papeles de femme fatale. Louis B. Mayer me demandó unas cuantas veces para atarme en corto, me gané fama de conflictiva. Yo quería hacer interpretaciones que me supusiesen un reto, así que empecé a producir mis propias películas. No se lo tomaron bien, las actrices no debíamos hacer esas cosas. Soy una buena artista, una buena inventora, pero una pésima empresaria. El dinero iba y venía, y tenía tres hijos a los que alimentar. Me casé con un petrolero rico, pero alcohólico y… En fin, el resumen es que me casé y divorcié un total de seis veces, pero esos hombres no son lo suficientemente importantes como para que les dediquemos ni un minuto más de esta entrevista, querida. Lo que quería decirle es que lo que más me indignó fue la falta de reconocimiento. Los últimos años de mi vida fueron complicados: era adicta a varias sustancias y mis relaciones con hombres y mujeres fueron turbulentas, pero mi verdadera adicción fueron las cirugías estéticas. Si yo solo era válida por mi belleza, ¿cómo podía verla desaparecer y no hacer nada? Los reconocimientos en el ámbito científico llegaron demasiado tarde. El primero en 1997, solo tres años antes de morirme, cuando ya vivía aislada y hastiada del mundo. El Premio Pionero de la Electronic Frontier Foundation. Cuando me lo notificaron, solo respondí: "Ya era hora". Tenía una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood desde 1960, pero yo no había sido solamente actriz. Y sí, ahora hay un telescopio cuántico en la Universidad de Viena que lleva mi nombre, fui incluida en el Salón Nacional de la Fama de los Inventores, bautizaron un asteroide como 32730 Lamarr y el Día Internacional del Inventor se celebra el 9 de noviembre por mi fecha de nacimiento, pero todo eso se hizo cuando ya estaba muerta. Verlo del otro lado no es lo mismo, la verdad.
Fijo la vista en el monumento ante el que estamos reunidas: una escultura de 100 varillas de acero clavadas en vertical con 88 bolas del mismo material insertadas a diferentes alturas, representando las 88 frecuencias de su patente del espectro ensanchado. Al mirarlas de frente, forman el rostro pixelado de Lamarr.
Antes de regresar a ese otro lado, ¿una última cosa que quiera decirnos a las que nos quedamos aquí?
Hay una frase mía que me encanta, porque es tan cierta como graciosa: "Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida". Así que yo les diría a las chicas de este milenio que se muevan. Que se muevan mucho y todo el tiempo. Y que se rodeen de hombres que no las quieran quietas nunca.
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