Ofrecido por caminos de la Merina
Tras las huellas de la merina: un fin de semana en la Cañada Real de la Plata

CP
Las ovejas merinas no son solo un animal entrañable que solemos imaginar en los campos extremeños; son parte esencial de la historia de España. Su lana fue durante siglos uno de los bienes más codiciados de Europa, hasta el punto de que su exportación estuvo prohibida para mantener el monopolio. Pero más allá de la economía, las merinas han marcado caminos, modelado paisajes y creado un modo de vida que aún pervive en pueblos y familias de pastores.
El proyecto Caminos de la Merina quiere que esa herencia no se quede en los libros de historia. La propone como una experiencia de turismo rural: seguir las antiguas cañadas, conocer a los ganaderos, descubrir pueblos monumentales y dejarse llevar por un ritmo de viaje más tranquilo, con sabor auténtico. Una escapada de fin de semana por la Cañada Real de la Plata, entre Trujillo y Malpartida de Plasencia, es una forma perfecta de comprobarlo.

Día 1: Trujillo, donde empieza todo
El viaje arranca en Trujillo, una ciudad que impresiona desde la carretera, con su silueta de murallas y torreones recortándose en el horizonte. Aquí nacieron personajes que cambiaron la historia: Francisco Pizarro, Francisco de Orellana o Diego García de Paredes por citar algunos. Aunque no hace falta saberse de memoria la lista de conquistadores para disfrutar de sus calles. Basta con plantarse en la plaza Mayor, una de las más bonitas de España, y dejarse envolver por el bullicio de terrazas, las fachadas de los palacios y la estatua de Pizarro, que parece seguir vigilando lo que pasa a su alrededor.
El castillo, levantado sobre un antiguo alcázar musulmán, es un buen punto de partida para tomar conciencia de la historia. Desde sus murallas, la vista se abre a la llanura extremeña y al caserío medieval. Bajando hacia la plaza, se suceden palacios renacentistas que cuentan con orgullo el dinero que llegó de América. La iglesia de Santa María la Mayor sorprende con su retablo gótico y la Casa Museo de Pizarro recuerda, para quien quiera refrescar la memoria, cómo un hijo de esta tierra acabó cruzando el océano y fundando ciudades.
No todo es solemnidad: Trujillo también tiene rincones curiosos, como la alberca islámica, un pozo excavado en la roca con más de 14 metros de profundidad que en su día servía para dar de beber al ganado. Si alguien pensaba que las ovejas eran simples figurantes en la historia, aquí puede comprobar lo contrario.
Los más curiosos pueden asomarse al Museo Etnográfico, con objetos cotidianos que explican la vida tradicional, o visitar el Taller de Alfarería Rodríguez, donde la arcilla toma forma como lo hacía hace siglos. Y para los amantes de la naturaleza, un dato: en los tejados de Trujillo vive una de las colonias más importantes de cernícalo primilla. Sí, en pleno casco histórico, lo que hace que sea una de las pocas "ciudades ZEPA" de Europa.
Comer y dormir en Trujillo
Viajar con hambre por Extremadura es un error imperdonable. En Trujillo hay que probar la carne de cordero, y mejor si procede de ganaderías locales como las de Álvaro Villanueva, que forma parte de Caminos de la Merina. Restaurantes como Meseguera, El 7 de Sillerías o El Corral del Rey la sirven en recetas que combinan tradición y buena mano en la cocina. Y si el día acaba largo, siempre hay opción de alargar la sobremesa con un cóctel en La Abadía o un gintonic en la terraza del Dos Orillas.
Si algo tiene Trujillo es que se puede dormir rodeado de historia. El Hotel Boutique Casa de Orellana ocupa la casa natal del descubridor del Amazonas, con un encanto especial en cada detalle. El Parador de Trujillo, en un antiguo convento, combina claustros con habitaciones cómodas. Y para quienes prefieran algo más rústico, en los alrededores hay casas rurales como El Recuerdo, con anfitriones que, además, saben de ornitología. Ideal para combinar descanso y naturaleza.

Día 2: Entre ganado y vino
Después de un desayuno con migas extremeñas o tostadas con aceite de oliva (aquí no hay medias tintas), la jornada puede comenzar con una visita a una ganadería de merinas. Ganaderos como Álvaro Villanueva, Ganadería Granda o Rosa María de la Quintana "Sweety" reciben a los viajeros para enseñar cómo se cría el ganado y qué significa mantener una tradición que se remonta siglos atrás. Escuchar cómo hablan de sus animales, de los cuidados o de la trashumancia, hace que uno entienda por qué esta raza es parte de la identidad del territorio.
A pocos kilómetros, otro plan distinto, pero igual de atractivo: las Bodegas Habla. Un proyecto vinícola que ha revolucionado el panorama extremeño con vinos de autor en ediciones limitadas y con un diseño muy original que seguro has visto alguna vez. La visita combina viñedos, arquitectura moderna y catas que demuestran que la región no solo vive de historia, también sabe innovar.
Por la tarde, toca poner rumbo al Parque Nacional de Monfragüe, un espacio protegido que es orgullo de Extremadura. Aquí no hace falta ser experto en aves para emocionarse al ver planear a los buitres negros o asomarse al mirador del Salto del Gitano y sentir la inmensidad del paisaje. El parque también ofrece rutas de senderismo para todos los niveles y actividades de astroturismo en cielos limpios donde la Vía Láctea parece estar al alcance de la mano.
Día 3: Camino a Malpartida de Plasencia
El tercer día arranca con otro paseo por la cañada, que atraviesa dehesas, encinares y riberas dentro del parque. Aquí se entiende lo que significa viajar a otro ritmo: el de las ovejas, que marcaban el paso de la vida rural durante siglos.
En Torrejón el Rubio se puede visitar la ganadería de toro bravo Santa Emilia, o acercarse a conocer el proceso de la montanera en la Sierra de Monfragüe, donde los cerdos ibéricos se alimentan de bellotas antes de dar lugar a los jamones y embutidos más famosos del mundo.
Ya en Malpartida de Plasencia, espera una sorpresa: el taller del curtidor Manolo Vivas García, que sigue elaborando a mano piezas de cuero como hacían sus antepasados. Muchos pastores trashumantes pasaban por aquí y compraban fundas o bolsas que se llevaban de regreso a sus pueblos del norte. Hablar con él es asomarse a un oficio que ha resistido al tiempo.
De camino, el Puente del Cardenal, del siglo XV sobre el Tajo, recuerda la importancia de estos pasos para la trashumancia. Y en Palazuelo-Empalme, antiguamente “de las cañadas”, los trenes cargaban los rebaños con destino a las montañas del norte. Lugares que parecen modestos, pero que cuentan historias de miles de ovejas y pastores cruzando España.
Comer y dormir en Monfragüe
La comida es otro de los puntos fuertes de la zona. En Torrejón el Rubio, la Posada El Arriero o el Hotel Carvajal ofrecen platos tradicionales extremeños. En Malpartida de Plasencia, el restaurante Las Habazas es una opción recomendable para probar los ibéricos de la tierra.
Para dormir, pocas experiencias superan la del Palacio Viejo de Las Corchuelas, en plena cañada, con posibilidad de hacer baños de bosque o disfrutar del cielo estrellado. Otra alternativa es la Hospedería Parque de Monfragüe, integrada en la red regional, con un equilibrio perfecto entre comodidad y entorno natural.
En apenas tres días, el viajero puede pasar de palacios renacentistas a encinares llenos de buitres, de probar un cordero asado a escuchar a un ganadero hablar con orgullo de sus merinas. Y en el camino, algo más importante: la sensación de haber conectado con una forma de vida que explica gran parte de nuestra historia.
Caminos de la Merina demuestra que la trashumancia no es solo pasado. Es presente, y también futuro, si sabemos darle valor. Y quién sabe, quizá al final del viaje uno sienta que también ha adoptado un poco el paso tranquilo de las ovejas.



