La lucha de los vecinos de Madrid que logró levantar un barrio sobre sus chabolas
Frente al abandono institucional, los vecinos de Orcasitas impulsaron uno de los movimientos vecinales más influyentes de la España que se iniciaba en la democracia.
La asociación de vecinos del barrio, que se fundó en una cocina, consiguió que sus vecinos pudieran diseñar sus propias casas.

“Cuando el hombre llegó a la Luna, en Orcasitas todavía se cagaba en lata”, denunció Félix López Rey, vecino del barrio madrileño, en una llamada a Radio España en 1970 que marcó el inicio de un revulsivo de conciencias. Así, un 20 de julio de 1969, tres astronautas se alzaron con el trofeo tras ganar la maratón por la modernidad y el progreso. Mientras el hombre ya había llegado a la Luna, en Orcasitas se luchaba por tener un váter.
Orcasitas, concretamente la Meseta de Orcasitas, es un barrio al sur de Madrid en el que, si tenías un apretón a medianoche, debías salir de tu “casita baja” -como los vecinos del barrio llamaban a las viviendas autoconstruidas-, hecha de chapa, cartón u otros materiales de desecho. Entonces, con suerte -que no era difícil-, podías dar la vuelta a tu “casita baja”, colocar la lata en el suelo y hacer de vientre. Un acto indecoroso que, a veces, no quedaba más remedio que realizar acompañado de tu vecino, con la misma necesidad fisiológica. Otras veces, podías estar iluminado por alguna de las pocas farolas que había en el barrio; también cabía la posibilidad de tener que esquivar alguna rata. Todo ello podía ocurrir sobre un suelo embarrado tras una correntía producida por la lluvia, o defecando tanto en frío como en calor.
Un Madrid de casi 500.000 personas residentes en chabolas
Aunque en el tardofranquismo, coincidiendo con el éxodo rural masivo a las ciudades, fue cuando alcanzó su momento álgido, el chabolismo no era algo nuevo. Como destaca Félix López Rey en conversación con Público, Pío Baroja, en La Busca (1904), ya describió los barrios del sur de la capital como “una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto”. En 1914 el informe del farmacéutico y salubrista César Chiquete y del Riego cifró en 10.000 las personas que vivían en vecindarios autoconstruidos.
Sin embargo, es en 1961 cuando, según el informe Los asentamientos chabolistas en Madrid, la capital alcanza las 60.000 viviendas de este tipo. “En Madrid ha habido hasta casi medio millón de personas viviendo en poblados chabolistas en el siglo XX”. Antonio Giraldo Capellán, urbanista, concejal en el Ayuntamiento de Madrid y miembro de la Comisión Permanente Ordinaria de Urbanismo, reflexiona cómo la situación de abandono de tantos cientos de miles de personas puso “en jaque a la Administración pública”.
La Meseta Orcasitas no era un caso aislado en Madrid, sino uno más en ese cinturón de chabolas que circunvalaba la capital. En concreto, el asentamiento estaba delimitado por la avenida de los Poblados al norte, con el Poblado Dirigido de Orcasitas y la autovía de Toledo al oeste, Orcasur al este y la M-40 al sur. Aquellas poblaciones de pobres materiales que daban cobijo a los trabajadores que en su único día libre –domingo, día del señor– tenían que construir su hogar con sus propias manos. Uno tras otro, trabajadores normalmente de fuera de la ciudad –la mayoría andaluces, extremeños, manchegos y demás– poblaron Madrid con casas autoconstruidas.
A Orcasitas llegó antes la democracia que el agua corriente
Los años sesenta fue el periodo en el que comenzó a gestarse la conciencia de necesidad de lucha activa vecinal, vertebrada a través de asociaciones de vecinos y movilización popular. Esta conciencia se materializó a finales de esa década y la siguiente, coincidiendo con la muerte de Francisco Franco y el inicio de una democracia incompatible con el abandono al que se tenía sometida a gran parte de la población en España.
“La Asociación de Vecinos de Orcasitas tuvo la primera junta directiva en septiembre de 1970 en mi cocina”, recuerda López Rey. Oficialmente, fue legalizada en diciembre de 1971, marcando así un momento de “mayor confianza y seguridad” entre los vecinos que se reunían, como menciona Eloy Cuellar en su libro Orcasitas, primer pacto ciudadano.
En junio de 1972 comienza la construcción de la asociación, que reunía a los vecinos cada domingo o festivo para colocar cada ladrillo de una asamblea de 200 m2 que contaba con duchas, váteres u oficinas para las reuniones con abogados. López Rey define la edificación como una “auténtica epopeya” que tuvo como final a Rufino Hernández y al propio López Rey llorando tras caer rendidos al terminar de levantar la asociación. Por ahí han pasado Florentino Pérez (delegado de Saneamiento y Medioambiente del Ayuntamiento entonces), el cardenal José Manuel Estepa Llaurens (confesor del Rey Juan Carlos) o las abogadas Cristina Almeida y Paca Sauquillo.
Este lugar se posicionó como el primer faro de la democracia en el barrio con su sistema asambleario basado en la soberanía popular de los vecinos. Todos los miércoles a las 20:30 se reunían –y aún hoy lo siguen haciendo– los vecinos para organizar la lucha por la mejora del barrio. La asociación está constituida por la junta directiva y los delegados de cada calle –que se reúnen los martes–, y cada tres años se compone una nueva junta directiva por votación de sus miembros.
Memoria vinculante: la sentencia que cambió todo
A un lado de Orcasitas estaba la Meseta con las “casitas bajas”, mientras que al otro lado estaba el Poblado Dirigido. Este segundo era un barrio de promoción oficial habitado por “trabajadores industriales, funcionarios y miembros de los cuerpos de seguridad afines al régimen”, como señala Noelia Cervera-Sánchez, arquitecta y docente en la Universidad de Zaragoza. Cervera remarca la profunda diferenciación social que esto producía al coexistir una “minoría social selecta”. No obstante, sendas zonas compartían un abandono administrativo por la carencia de infraestructuras y servicios. Pero la ruina física –derrumbe de viviendas por las arcillas expansivas de las viviendas– y el fracaso de una solución individual “forzó a ambos colectivos a buscar soluciones conjuntas” bajo un frente común de “derecho a la ciudad”.
Una de las grandes victorias del asociacionismo de Orcasitas vino del Tribunal Supremo, cuando se dictó la sentencia de memoria vinculante. La sentencia “supuso la legalización de las propuestas ciudadanas como base obligatoria para la remodelación”, remarca Cervera-Sánchez, ya que atribuía carácter jurídico a las memorias de los proyectos arquitectónicos, teniendo efectos vinculantes y no siendo el plano el protagonista. Asimismo, se reconoció “el valor de las reivindicaciones de los vecinos y obligó a las administraciones a tener en cuenta sus demandas en los procesos urbanísticos”, como el realojo en el propio barrio, el respeto a la propiedad y la capacidad de decidir sobre el diseño de sus viviendas y espacios públicos.
En 1979 se desbloquea la Operación de Remodelación de Barrios con el “mínimo rango legal”. Este “mínimo rango legal” se produce, en palabras de Cervera-Sánchez, porque el “Estado buscó particularizar la intervención a núcleos muy concretos de Madrid, evitando que el modelo se generalizara al resto de la capital o a otras ciudades españolas”. En un contexto de transición, consolidación democrática y crisis económica, era imposible para la Administración la extrapolación del modelo al resto del territorio. Pero estas dos mismas razones fueron determinantes para que la Administración actuara, ya que, por un lado, la industria de la construcción buscaba reactivarse tras años de crisis y, por otro, el deseo de obtener rédito político ante la proximidad de las primeras elecciones municipales democráticas de ese año.
En estos años, la personación de la Administración eran muy frecuentes; por ejemplo, la famosa visita del alcalde Juan de Arespacochaga en 1977, junto con Florentino Pérez, en la que fueron increpados por vecinos que reclamaban mejoras para el barrio, o, en diciembre de ese mismo año, la del ministro de Urbanismo, Joaquín Garrigues. Este desfile de altos funcionarios sirvió como “reconocimiento institucional a la Asociación de Vecinos”, como señala Cuéllar. Además, otro de los factores que fueron determinantes en este proceso fueron los arquitectos vinculados al Partido Comunista. Eduardo Leira, Eduardo Hernández y Jesús Gago, entre otros, “brindaron soporte técnico y empoderaron a la asociación frente a la Administración, formulando alternativas contra la expulsión”, asevera Cervera-Sánchez.
Sin embargo, esta atención institucional convivía con episodios de represión y conflicto en la calle. “Íbamos las que éramos más mayores a manifestarnos, a los críos los dejábamos en casa”, dice la madre de Angelines, vecina del barrio venida desde Segovia. La misma recuerda cómo, en una de aquellas movilizaciones, la Policía encarceló a dos de las manifestantes y las vecinas abarrotaron el lugar hasta que consiguieron sacarlas al grito de: “A las sacáis o nosotras no nos salimos”. La protesta vecinal no solo se libraba en el terreno urbanístico: durante estos años se produce la llamada guerra del pan, en la que la asociación se convirtió también en panificadora para luchar contra “la venta de pan al mismo precio, pero con menor peso”, recuerda López Rey.
“Del barro al barrio”
La transformación de Orcasitas no fue inmediata ni lineal, sino el resultado de una metamorfosis sostenida en el tiempo. Donde antes había “casitas bajas” de chapa y barro, comenzaron a levantarse viviendas dignas fruto de la presión vecinal y de un modelo en el que los propios habitantes participaban activamente. “Decidíamos cómo queríamos vivir”, recuerdan vecinos que acudían semanalmente a las asambleas, convirtiendo la participación en una herramienta real de transformación.
El paso del barro al barrio no solo implicó una mejora material, sino también una redefinición del propio sujeto vecinal. Como señala Cervera-Sánchez, las soluciones colectivas surgieron cuando el fracaso de las salidas individuales obligó a articular un frente común en torno al “derecho a la ciudad”. Esa conciencia compartida permitió que Orcasitas dejara de ser un espacio marginal para convertirse en un referente urbano y político.
“Lo más importante no fueron solo las casas, sino lo que aprendimos organizándonos”, resumen quienes vivieron el proceso. La remodelación consolidó una identidad basada en la solidaridad y la acción colectiva, donde el barrio no era únicamente un lugar físico, sino una construcción social fruto de la lucha.
Retos del Orcasitas presente
El Orcasitas actual dista mucho de aquel barrio sin agua corriente ni saneamiento, pero arrastra nuevos desafíos que ponen a prueba su legado. El envejecimiento de la población y la dificultad para incorporar a nuevas generaciones al movimiento vecinal marcan el presente. “Antes el barrio entero salía a la calle; ahora cuesta más”, reconocen las propias vecinas.
Como cuenta Angelines, Orcasitas es un barrio que ellos mismos diseñaron y compraron por “3.000” euros –al cambio–; ahora su precio se ha multiplicado casi por cien, pasando a costar “300.000 euros”. Son pisos que están dotados de una calefacción abastecida por la central térmica del barrio, cuentan con la línea de cercanías C5 y por una parada de metro cerca. Y esta ubicación estratégica que en un pasado la hizo jugosa para especular es la que ahora está haciendo que sea el “barrio de Salamanca pero pobre”, en palabras de Angelines.
La memoria de aquellas luchas sigue presente, aunque con el riesgo de diluirse. “Hay derechos que se consiguieron peleando y que hoy se dan por hechos”, advierten vecinos históricos. Esta distancia generacional plantea interrogantes sobre la continuidad de un modelo basado en la implicación directa de la ciudadanía.
A ello se suman problemas contemporáneos como la precariedad, el acceso a la vivienda o las transformaciones urbanas de Madrid. “El barrio ha cambiado mucho, pero no puede perder su esencia”, señalan. Orcasitas se enfrenta así al reto de adaptarse a un nuevo contexto sin renunciar a una identidad forjada desde abajo, en la que la organización vecinal fue —y sigue siendo— su principal herramienta.
Aún así, el vínculo de los vecinos con Orcasitas no se entiende sin su propia historia de lucha y construcción colectiva. “Se vivía de otra manera. Era más familiar. Éramos una familia”, recuerdan algunas vecinas al comparar el pasado con el presente, insistiendo en que “este barrio es como un pueblo y es muy familiar” . Ese sentimiento no es casual: nace de haber levantado el barrio entre todos, desde las “casitas bajas” hasta las nuevas viviendas, pasando por la propia Asociación de Vecinos. Como apunta Noelia Cervera-Sánchez, fueron precisamente esas circunstancias las que hicieron que los habitantes “se vieran forzados a buscar soluciones colectivas” bajo un frente común de “derecho a la ciudad”, convirtiendo a los vecinos en el verdadero motor de la transformación urbana. De ahí que el apego vaya más allá de lo físico: no es solo el lugar donde viven, sino el resultado de una experiencia compartida que consolidó una identidad común difícil de replicar.






Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.