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Ludopatía Ludopatía: la droga del siglo XXI

Los mayores en las máquinas tragaperras y los jóvenes en las casas de apuestas intentan conseguir una vida más cómoda, por eso estas instalaciones crecen en los barrios más humildes. Carlos nos habla de su adicción al juego y Marta de cómo es ser una "jugadora pasiva".

Imagen de una ruleta. Pixabay
Imagen de una ruleta. Pixabay

LUZES-PÚBLICO | Javier H. Rodríguez

La historia de los juegos de azar es tan vieja como el ansia de los pobres de hacerse ricos. Resulta imposible saber si los primeros juegos de dados de los sumerios llevaban consigo la adrenalina de apostar una oveja o la avaricia de ganar un saco de cebollas. De lo que sí quedó constancia es de que los germanos llegaban a jugar su propia libertad cuando ya no les quedaba nada más que ofrecer. Custodi verbum tuum (mantiene tu palabra), escribía un historiador llamado Publio Cornelio Tácito en la Antigua Roma. Una apuesta es una apuesta, antes y ahora. Tampoco es que hayan cambiado mucho las cosas. En este siglo, en vez de las cadenas de hierro, existen las deudas con los bancos.

A Carlos, que comenzó a apostar con 20 años, LaCaixa le concedió tres microcréditos en tres días consecutivos «haciendo un clic para cada uno. Tenía 24 años y acababa de perder todos sus ahorros en las apuestas deportivas online de William Hill. "Fue una casualidad muy inoportuna. El día que acabé con todo mi dinero me apareció un anuncio en la app de mi banco: Click&Go". Estaba cegado por el juego y solo quería recuperar todo lo que había perdido. Y así fue, uno detrás de otro. Algo más de 3.500 euros en 72 horas, con el único aval de tener domiciliada su nómina. Sin preguntas ni trámites, pero con unos intereses que casi multiplicarían por dos la deuda con el banco en poco más de un mes. "Es un círculo de avaricia. Apostar, perder y pedir prestado. Y si tienes la mala suerte de ganar algo, vuelves a quemarlo todo creyendo que puedes ganarle a la máquina".

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Como la mayor parte de las personas que tienen o tuvieron una adicción patológica al juego, Carlos prefiere mantenerse en el anonimato: "Existe un estigma social muy grande con los ludópatas que se basa en la desconfianza. Pienso que primero tengo que sentirme seguro de mí mismo, luego ya seré quien de dar la cara y servir de ejemplo". Si admites tener un problema de este tipo, es muy probable que tu entorno personal y profesional empiece a observarte con lupa, "ese temor está en el imaginario colectivo". Y luego, si hay algún problema con dinero de por medio, puedes convertirte en el "sospechoso principal".

Recuperó la deuda con el banco y la volvió a perder jugando. Todo en el mismo día. Ese fue el punto de inflexión. Se dio cuenta de que tenía que buscar ayuda. Gracias al apoyo emocional y económico de sus padres y de su pareja, fueron quien de pagar la deuda y frenar la bola de nieve de las comisiones. Luego de eso y desconociendo por completo las asociaciones de jugadores en rehabilitación, fueron a parar a la consulta de un psiquiatra. "En la primera sesión me dio una receta con un antidepresivo apuntado", dice riendo aún sorprendido. No tardó en caer en la cuenta de que estaba en el lugar equivocado. Además, cada sesión costaba alrededor de 120 euros. Carlos no es gallego, por eso fue mayor la casualidad de encontrarse con la Asociación Gallega de Ludópatas en Rehabilitación (AGALURE) luego de un tiempo viviendo en A Coruña.

Desde 1994, Agalure lleva ofreciendo atención psicoterapéutica y asesoramiento jurídico a las personas que lo precisan, además de jugar un papel esencial sensibilizando a la sociedad gallega. "Me costó un mundo salir de casa para ir el primer día y más aún tener que asumir mi problema delante de desconocidos», recuerda nervioso. El enfoque de las terapias era radicalmente diferente a lo que había conocido en la consulta de aquel psiquiatra. Nada de pastillas. El único medicamento fue mirar de cara a la realidad y definirse a sí mismo "como un enfermo". Desde aquel día no volvió a recaer y va camino de cumplir el primero año limpio.

Máquinas tragaperras. Pixabay

Apuesta, apuesta, apuesta

La historia de Carlos es la de muchos chicos nuevos que «sugestionados por una publicidad abusiva», convirtieron el juego en su entretenimiento. «Entre los anuncios y mis propios amigos alimentábamos esa enfermedad». Ahora él puede ver con perspectiva su propio camino: "Cuando consiga la confianza necesaria, será el momento de intentar hacerle ver a mi entorno el peligro del que conseguí escapar y en el que muchos de ellos aún andan". Hay una larga lista de personajes públicos del mundo del deporte –y del otro también- que fueron la imagen principal de las campañas de marketing de decenas de casas de apuestas. De Vicente del Bosque a Carlos Sobera. Visto así, parece bastante lógico que el último estudio sobre la ludopatía en menores de la Universidad de Santiago de Compostela, liderado por el profesor Antonio Rial, haya sacado a la luz que casi uno de cada cuatro jóvenes reconoce haber apostado alguna vez y alrededor de 500 jóvenes gallegos tienen un problema grave de adicción al juego.

De esta corriente publicitaria no se libra la gallega Luckia, que lleva años patrocinando el Deportivo y estuvo otros dos con el Celta, dejando inmortalizada una imagen pintoresca de Carmen Avendaño –presidenta de la asociación Érguete contra la droga– en el photocall de Luckia después de anunciar el contrato con el club vigués, que acabarían por romper por Bet365. Precisamente la publicidad de Luckia en las camisetas del Dépor llevó unos cuantos titulares a mediados de la primavera de 2019, coincidiendo con la publicación del borrador de la Ley del Juego de Galicia.

El vicepresidente del Luckia, Alfredo González con Carmen Avendaño.

Con el salto del problema de la publicidad intrusiva hacia la opinión pública, la Xunta armó en mayo de 2019 el anteproyecto de la Ley del Juego, un texto de 62 páginas integrado de medidas efectistas y elaborado por la Comisión del Juego, un órgano hasta ahora formado por ocho miembros del Gobierno autonómico y representantes de las patronales de los casinos, de los bingos y de las máquinas de juegos de azar. Uno cada uno. Ninguno de los actores de la sociedad civil, que quedaron relegados a los papeles de asesores puntuales. Una de esas medidas aún sin fecha estimada de llegada consiste en limitar la publicidad de las casas de apuestas únicamente a la prensa escrita. De momento, el logotipo del Luckia aún continúa en la camiseta del Dépor. Aunque ante la falta de concreción, si el patrocinio remitiera al juego online, esa legislación estaría ya en manos del Estado.

Allá en Madrid, la Dirección General de Ordenación del Juego estuvo presidida por Juan Espinosa, la misma persona que colocó el Gobierno de Mariano Rajoy, jefe del ejecutivo al que también pertenecía Rafael Catalá, estrechamente vinculado a Codere hasta el momento de ser nombrado ministro de Justicia y reconvertido en asesor de la multinacional luego de la moción de censura. Los límites entre competencias estaban difusos, pero entre gobierno y el lobby de las apuestas, aún más. Con el nuevo Gobierno PSOE-UP, el Consejo de Ministros nombró a Mikel Arana como nuevo director.

Además de la política, la relación de las casas de apuestas con la industria del deporte –especialmente la del fútbol- es más que evidente. Al sumergirse en los datos de la Dirección General de Ordenación del Juego, puede observarse cómo los períodos donde los jugadores apuestan más dinero llevan el ritmo de la propia industria, creciendo de manera significativa en eventos más concurridos como las copas o las ligas a nivel europeo. La propagación fue tan rápida que, durante la temporada actual, de los 20 equipos de fútbol de la principal liga española, la Real Sociedad fue el único club que decidió no tener una casa de apuestas impresa en su equipaje. La decisión de negarse la tomaron después de un referéndum entre socios y socias en el que la mayoría fue rotunda: 86% para el "no".

Dos personas manejan sus móviles. Pixabay

La deslocalización de las casas de apuestas

Parece que el juego online no va a ser sencillo de controlar. "Cualquier chaval puede coger la tarjeta de crédito, los datos de la madre y ponerse a gastar cientos de euros antes de que nadie se dé cuenta. Las barreras que hay en la red para el control de los menores no son eficaces", continúa explicando Carlos. "No sé si existe eso que venden del juego responsable, yo por lo menos en mí no lo veo posible. Esta enfermedad la voy a tener siempre y tengo que dedicar un esfuerzo extra para mantenerlo alejado".

Hay más datos que hablan por sí mismos. El gasto de los gallegos y gallegas en los juegos de azar de tipo presencial aumentó un 27% en tres años, desde los 1.100 millones de euros de 2014, hasta los más de 1.400 de 2017, según el Ministerio de Hacienda. No por casualidad, la inversión de los operadores de apuestas online en publicidad también creció de forma paralela durante un período similar. De los 67,6 millones de euros de 2013 a los 169,8 de 2018 a nivel del Estado.

En el borrador de la Ley del Juego de Galicia, la publicidad de la ONCE y la de las Loterías del Estado quedaría como está y no es porque su volumen de negocio sea menor ni mucho menos. Serafín Portas, el presidente de la Asociación Gallega de Empresas Operadoras (AGEO) –la patronal de las máquinas de juego- cree que "si se hubiesen hecho más visibles los contratos de la ONCE y de la LOE con los medios gallegos, seguro que entendíamos perfectamente por qué la publicidad en prensa quedará intacta si se aprueba esta ley". Su mercado se vio más afectado.

Ante el clamor social y conscientes de las dinámicas de la burocracia, desde la Consellería de Presidencia paralizaron la creación de más salones de juego y casas de apuestas en Galicia, pero esta prohibición tiene truco. Si bien es cierto que desde ese momento no se facilitó ninguna nueva licencia para las casas, las máquinas de apuestas deportivas siguen proliferando en bares y restaurantes sin ningún tipo de límite aparente.

Fichas y dados para jugar. Pixabay

Para ver la magnitud de la jugada, el número de casas de apuestas quedó paralizado en 41, mientras que el de máquinas de apuestas presenciales asciende ya a 3.996 y sigue subiendo. Es suficiente con una regla de tres para ver dónde está el grueso del volumen de negocio. Esta es una de las medidas más criticadas por las dos únicas asociaciones que ofrecen ayuda a las personas con ludopatía en Galicia: Agalure en A Coruña y Agaja en Vigo. "Es precisamente en los locales de hostelería donde más descontrol hay y donde los menores están más desprotegidos", cuenta Juan Lamas, director terapéutico de Agaja y director técnico de la Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados.

Desde AGEO creen que hay medidas que "quedan muy bien en los titulares, pero que no sirven de mucho en la realidad". El presidente de la patronal se pregunta: "¿Para qué vale marcar una nueva distancia entre colegios, salones de juego y casas de apuestas si los menores ya tienen un control dentro que no pueden sortear?".

Para solucionarlo, la Xunta propuso un mando que controle todas las máquinas, tanto de apuestas, como tragaperras, algo que no sentó muy bien entre los empresarios de las viejas máquinas que representa Ageo. "No tiene sentido ninguno que nos metan en el mismo saco que las máquinas de apuestas. Nosotros llevamos 40 años sin ningún tipo de problema, siendo un sector modélico que crea empleos y paga muchísimos impuestos. Porque crezca la industria de las apuestas deportivas, no tenemos que pagar el pato el resto", critica el director de la patronal. Lo cierto es que algún problema sí que hubo, a pesar de no tener tanta repercusión como la que hoy tienen los de las apuestas. Tanto es así, que las dos asociaciones gallegas de jugadores rehabilitados llevan 25 años tratando a personas que presentan algún tipo de adicción sin sustancia y, en la mayor parte de los casos, los usuarios "vienen de las máquinas tragaperras, aunque ahora estén cogiendo fuerza entre los más nuevos las apuestas deportivas".

Imagen de billetes. Pixabay

El mundo de las apuestas online comenzó en 2012 y el perfil de la persona con ludopatía se diversificó desde entonces. Los viejos a las tragaperras y los nuevos a las apuestas, pero la retórica es la misma: la incertidumbre de la apuesta mezclada con las ganas de conseguir una vida más cómoda. Por algo crecen mejor las casas y los salones en los barrios humildes. A las clases más acomodadas les falta uno de los factores para cumplir ecuación.

Las jugadoras pasivas

Marta tardó diez años en asociar los cortes de luz que sufrían en casa con las deudas de su padre. "Aunque yo no tenía ni diez años, mi madre tampoco fue quien de imaginar que aquello pasaba por no pagar la factura". No era nada lógico suponerlo, era 2004 y los dos tenían trabajo y una vida estable de clase media. Aquellos cortes de suministro quedaron en la memoria de la familia solo como anécdotas, pero la prueba que desvelaría el problema del padre con el juego llegó alrededor del año 2014.

"Un día aparecieron dos hombres en la puerta de casa y le pidieron a mi padre que fuera con ellos. Mi madre y yo quedamos tan extrañadas como preocupadas, aunque él le había quitado peso". Marta lo recuerda con la seriedad de una niña que se vio en el deber de madurar antes de tiempo. "Le dieron una paliza y no le quedó otra que contárnoslo". Aún hoy, ni ella ni su madre saben los detalles de aquel ajuste. Por lo poco que les contó el padre, suponen que se trataría de algún tipo de préstamo: "Cualquier trampa para conseguir dinero fácil, eso seguro".

En ese momento, admitió que tenía una adicción y que llevaba mucho tiempo gastando dinero en las máquinas tragaperras. A partir de ahí, los padres de Marta comenzaron a ir juntos a las terapias gratuitas que ofrece Agaja en Vigo para comenzar a tratarse: "Él lo llevaba bien. Tenía pautas de comportamiento y restricciones para poder controlarlo". Desde ahí, la madre empezó a vigilar de cerca los movimientos del padre y mancomunaron las cuentas de ahorro para que fuera necesario el consentimiento de los dos antes de cualquier retirada. Pasaron algunos meses sin ninguna mala noticia para la familia, a pesar de que la relación entre el padre y la madre empezaba a deteriorarse. Un día cualquiera, Marta lo vio jugando en las máquinas de un bar y entró a pedirle que parara: "Como mi padre tenía buena relación con un hombre de la sucursal bancaria donde iban siempre, consiguió que el banco saltara por encima las restricciones de la cuenta y volvió a sacar dinero para jugar". Una complicidad totalmente ilegal que ni Marta ni la madre llegaron a denunciar nunca.

Una de las medidas que acordaron para controlar el impulso de jugar del padre fue que nunca llevase efectivo encima. "No pudimos hacerlo durante mucho tiempo por la limitación social que le suponía. Un café con los compañeros durante el trabajo, una comida imprevista... Hay muchas situaciones en las que quedaba marginado y ese no era el objetivo". "Mi padre tiene mucha presión encima por el miedo a que nosotras no lo superemos y no consiga recuperar nuestra confianza, pero es un proceso lento", explica. Lo cierto es que el problema trascendió más allá de su casa. Luego de la paliza, le pidieron ayuda a un familiar que tenía amigos dentro de la Policía y el resto de la familia acabó por caer en la cuenta. Desde ahí el padre de Marta empezó a cargar con el estigma. "Ahora ya llevamos un tiempo viviendo un momento complejo. Mis padres son un matrimonio en los papeles, para el resto solo compañeros de piso. Es normal, mi madre lleva soportando más de diez años los mismos engaños de mi padre y ahí sigue. A mí ya hace tiempo que me toca hacer el papel de mediadora entre ellos y el de defensora de mi padre ante el resto de la familia".

Hace unos meses, en la casa de los abuelos paternos de Marta desaparecieron 200 euros que su tío guardaba escondidos entre las hojas de un libro viejo. Más allá de las hipótesis de este misterio aún sin resolver, todos los dedos de la familia no tardaron en señalar "al único que tenía un problema con el juego". Y en esas están. "Creo que mi padre ya tiene de sobra con lo suyo como para que alguien de su propia familia intente aprovecharse de la situación y dé por supuesto que estuvo rebuscando en las estanterías con la intuición de que iba a encontrar allí ese dinero".

El problema de la ludopatía va más allá de las personas que juegan y de su entorno, no en vano la industria del juego movió en el año 2018 en España 40.678 millones de euros, diez veces el presupuesto del Sergas. Si los datos de la Dirección General de Ordenación del Juego siguen el mismo ritmo, no hay duda de que otra vez, la industria volverá a superar lo previsto. 

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes. Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Aquí puedes encontrar más artículos de Luzes en Público

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