Del 'boom' eólico a los nuevos conflictos territoriales por el Plater: tres décadas de los primeros aerogeneradores en Catalunya
Comarcas como la Terra Alta y el Empordà hacen un balance marcado por la transformación del paisaje y los conflictos sobre el modelo energético.
Entidades como Iaden y Terra Alta Viva reclaman una transición energética que no se cebe con las zonas rurales y que implique más participación local, en lugar de repetir el modelo de grandes infraestructuras.

Barcelona-
Cuando a finales de los años noventa empezaron a proyectarse los primeros grandes parques eólicos en Catalunya -sin tener en cuenta el primer parque eólico estatal en el municipio de Garriguella en 1984-, la implantación de esta tecnología se presentaba como revulsivo en comarcas como la Terra Alta, en Tarragona, y el Alt Empordà, en Girona.
En el sur del país, la promesa de empleo y formación ha sido un espejismo. El resultado, tres décadas después de la llegada de los primeros aerogeneradores a la meseta de la Terra Alta, ha sido menos oportunidades en una de las comarcas que más sufre las consecuencias del despoblamiento, e incumplimientos de los convenios por parte de las promotoras. En el norte del país, en cambio, la oposición contraria del territorio ha logrado contener la masificación de molinos en uno de los parajes naturales con más valor de Catalunya.
Los primeros conflictos aparecieron a principios de los 2000, cuando varias empresas y administraciones empezaron a plantear proyectos de gran escala. En la Terra Alta, una de las primeras propuestas preveía la instalación de centenares de aerogeneradores en las sierras de Pàndols i Cavalls, espacios de gran valor paisajístico e histórico. Jordi Clua, payés, vecino de Corbera d'Ebre y miembro de Terra Alta Viva, recuerda aquel momento como la primera gran "embestida" en el territorio por parte de las promotoras. "Querían poner unos 500 aerogeneradores en una zona rocosa y de gran valor paisajístico", explica.
Según el activista, aquellos proyectos iniciales se planteaban sin sensibilidad territorial: "Se proyectaron en una cordillera protegida". Aquella propuesta coincidió con otros conflictos ambientales en el territorio -como el Plan Hidrológico del Ebro o el proyecto de una central térmica en Móra d'Ebre- y contribuyó a generar un movimiento social amplio. Las movilizaciones, que se extendieron entre finales de los 90 y los primeros años de los 2000, consiguieron detener aquel macroproyecto inicial.
Sin embargo, el freno a aquel primer plan no significó el final del despliegue eólico en la comarca. Después de aquella primera victoria del territorio los promotores redirigieron los proyectos hacia otras zonas menos protegidas pero igualmente expuestas al viento: la meseta de la Terra Alta, entre la Fatarella y Vilalba dels Arcs. A partir de 2002 y 2003 empezaron a proliferar los parques eólicos en varios puntos de la comarca, especialmente en mesetas y sierras menos visibles que las crestas principales pero igualmente integradas en el paisaje agrícola y natural.
Con el paso de los años, esta dinámica convirtió la Terra Alta en una de las principales zonas productoras de energía eólica de Catalunya. Para muchos vecinos, esto ha supuesto una transformación profunda del territorio. "Nos han cambiado la fisonomía de la comarca", afirma. "De ser una comarca prácticamente virgen hemos pasado a tener estas grandes centrales de producción de energía". De hecho, él mismo evita utilizar el término "parque eólico": "Siempre intentamos hablar de centrales eólicas, porque, al fin y al cabo, es una central productora de energía; decir parque maquilla lo que realmente es".
Los impactos que denuncian algunos habitantes de la zona van más allá de la transformación visual del paisaje. Clua explica que en muchas fincas agrícolas la presencia de los aerogeneradores forma parte de la vida cotidiana de los payeses. "Hay fincas donde estás todo el día trabajando y oyes el ruido de los generadores", asegura. También critica la ocupación de terrenos agrícolas o forestales y la construcción de nuevas infraestructuras asociadas, como pistas de acceso o líneas eléctricas.
Según su punto de vista, el problema no es sólo la presencia de los molinos, sino el modelo energético que hay detrás. "¿Qué es la transición energética, cambiar el tipo de generación de energía sin tocar el sistema?", dice. Para él, el hecho de que la producción continúe concentrada en grandes centrales y que la energía se transporte a larga distancia mantiene la misma lógica del sistema energético tradicional. "Si todo tiene que ser a lo grande, con grandes centrales y grandes líneas, esto no es una transición energética", resume.
El debate sobre el modelo energético también está presente en el Empordà, aunque en este territorio la implantación eólica ha sido mucho menor. Según explica Tavi Llorente, miembro de la entidad ambientalista IAEDEN-Salvem l'Empordà, esto ha sido gracias a movilización social e institucional contra los proyectos. "Desde el territorio ha habido un rechazo constante a la manera como se está planteando este tipo de infraestructuras", explica.
En el Empordà, muchos proyectos se han frenado gracias a alegaciones administrativas, recursos judiciales y el posicionamiento contrario de los ayuntamientos. "Si no hubiera sido así, el paisaje del Empordà sería completamente diferente", afirma. Según él, esta resistencia ha sido transversal, implicando no sólo a entidades ecologistas, sino también a sectores económicos, instituciones locales y a una parte significativa de la población.
En la Terra Alta hay actualmente siete veces más eólica (571,5 MW) instalada, autorizada o en tramitación que en el Alt Empordà. ¿Por qué el despliegue eólico ha sido más intenso en el sur del país? No se puede obviar la existencia de infraestructuras eléctricas de gran capacidad. Las líneas de alta tensión vinculadas a las centrales nucleares y al complejo petroquímico de Tarragona facilitaron la conexión de los parques eólicos a la red. En otras palabras, la concentración de grandes infraestructuras energéticas en determinadas zonas acabó atrayendo nuevos proyectos, reforzando un modelo territorial desigual en la distribución de las instalaciones.
En los últimos años, el debate se ha ampliado con nuevas propuestas que afectan también al litoral catalán. En la Costa Brava se han planteado proyectos de eólica marina flotante en el golfo de Roses, una iniciativa que ha reabierto la discusión sobre el impacto de las renovables. Para las entidades ecologistas del Empordà, llevar los aerogeneradores al mar no elimina necesariamente los riesgos ambientales. "El mar es una fuente de biodiversidad fundamental y tiene un papel clave en la captación de CO2", recuerda Llorente. Según él, el hecho de que la sociedad viva "de espaldas al mar" puede hacer pensar que el impacto será menor, "pero las consecuencias ecológicas pueden ser igualmente desastrosas". Actualmente, estos proyectos se encuentran en stand by.
Otro elemento que ha cambiado en estas tres décadas es la dimensión y la capacidad de los aerogeneradores. Los actuales son mucho mayores que los instalados a principios de los 2000. En los últimos parques construidos en la Terra Alta, "las palas son descomunales, de sesenta metros", explica Clua. Según él, incluso las carreteras locales se adaptaron para permitir el transporte de estas piezas gigantes: "Aquí no han arreglado nunca una carretera, y cuando han venido los de los molinos las han arreglado para que pasaran las palas". Este tipo de situaciones refuerza, según dice, la percepción de que el territorio se adapta a los intereses de los promotores más que a las necesidades de la población local.
Las constantes innovaciones tecnológicas en cuanto a las infraestructuras renovables dan pie a otro debate: ¿qué hacemos con los residuos? La legislación catalana actual no contempla ningún plan para la gestión de los residuos. El reciclaje no es tan sencillo como podría parecer. Tanto los aerogeneradores como las placas solares están hechos de diferentes minerales y materiales unidos de manera que separarlos para reciclar o reutilizar es muy complicado. Uno de los ejemplos más claros son las palas de los aerogeneradores, ya que muchas están hechas de madera unida con resinas epoxi, una especie de cera que las engancha. Una vez se unen, es casi imposible separar los materiales, y esto hace que no se puedan reciclar.
A pesar de las críticas, tanto Clua como Llorente insisten en que su oposición no es a las energías renovables. Lo que cuestionan es el modelo con el que se está intentando implementar la transición energética. Para el activista del Empordà, el debate a menudo se simplifica demasiado a la producción energía "y punto": "Para cualquier transformación energética se debería tener en cuenta otros factores ecológicos y sociales, como la biodiversidad, la disponibilidad de materiales estratégicos o el impacto de la extracción de recursos". También subraya la necesidad de reducir el consumo energético. "La transición energética sólo será viable si implica cambios profundos en el modelo económico y en los hábitos de consumo", concluye.
El Plater, próximo objetivo de las entidades
Las miradas se centran ahora en el Plan Territorial Sectorial para la Implantación de las Energías Renovables (PLATER), que entrará en vigor en 2027 y que debe definir dónde y cómo se deben ubicar los futuros proyectos. Entidades ecologistas del sur del país ya han avisado de que puede suponer la muerte de la actividad agraria del Baix Camp, en Tarragona.
Actualmente, el 70% de los aerogeneradores que tiene Catalunya se encuentran en cinco comarcas: Baix Ebre, Terra Alta, Anoia, Garrigues y Conca de Barberà. El Plater contempla que, hasta el 2050, el Alt Empordà contribuya a los objetivos conjuntos de Cataluña con 1.400 MW de potencia eólica instalada y 1.526,4 MW de energía fotovoltaica, ocupando el 1,2% de la superficie de esta comarca. La Terra Alta tiene asignado por el Plater un objetivo de 1.792,6 MW de eólica y 211,7 MW de fotovoltaica.
Tres décadas después de los primeros grandes parques eólicos, el debate sobre el futuro energético de Catalunya continúa abierto. En este contexto, las voces del territorio recuerdan que la transición energética no es solo una cuestión tecnológica, sino también social, territorial y política.




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