¿Cómo se enfrenta Barcelona a las recurrentes olas de calor?
La estación meteorológica del Raval de Barcelona encadena más de 30 noches tropicales consecutivas. Estas son las medidas propone el Ayuntamiento para combatir las intensas olas de calor y su eficacia.

Barcelona--Actualizado a
Los titulares que informan de récords de temperaturas y efectos negativos para la salud derivados del calor son cada vez más frecuentes. La estación meteorológica del Raval de Barcelona —un barrio céntrico, muy denso y con calles estrechas— encadena más de 30 noches tropicales (por encima de los 20 grados) consecutivas desde el 29 de mayo. Además, desde el día 20, los termómetros no han bajado de los 25 grados en ningún momento del día, de manera que las últimas 12 noches han sido tórridas.
Son cifras inéditas que, sin duda, obligan a la Administración a plantear estrategias para combatir las intensas olas de calor en la capital catalana. Estas medidas buscan adaptar el entorno urbano y proteger la salud de la ciudadanía, aunque su eficacia es motivo de debate.
La arquitecta coordinadora del grupo de salud del Col·legi Oficial d'Arquitectes de Catalunya (COAC), Sònia Hernández-Montaño, defiende que la solución para paliar el calor pasa, obligatoriamente, por la implementación de más verde, tanto en espacios públicos como en las fachadas de edificios privados. A la vez, también aconseja reducir el tráfico rodado y sustituir el cemento por pavimentos drenantes, más allá de la instalación de sombras y refugios climáticos.
Desgranamos qué propone el Ayuntamiento de Barcelona y averiguamos si se adecúa a las recomendaciones de esta voz experta, también miembro de la junta directiva del grupo de arquitectura y sostenibilidad del COAC.
¿Qué propone el Plan Calor del Ayuntamiento?
El Ejecutivo de Jaume Collboni presentó el pasado 26 de junio el Plan Calor, la estrategia que traza "las principales líneas de trabajo para proteger a la ciudadanía del calor durante la próxima década". En este plan, se establecen medidas de adaptación del espacio público y una mejora de los protocolos para preservar la salud de las personas, al mismo tiempo que se prevé un simulacro en 2027 para comprobar cómo respondería Barcelona si se llegara a los 50 grados.
La primera teniente de alcaldía, Laia Bonet, explicó que la ciudad pretende replicar la iniciativa que ya se desplegó en París en 2023. El objetivo del simulacro es generar un protocolo para determinar cómo se debe actuar en escuelas, equipamientos o espacios concurridos, entre otros.
El plan incluye casi medio centenar de acciones concretas para cumplir siete grandes objetivos: reducción del efecto isla de calor en la ciudad; más confort térmico en los edificios; protección de las personas más vulnerables; mejora de los protocolos de emergencia; más comunicación y formación para "avanzar hacia una nueva cultura del calor"; más investigación sobre el calor y, por último, adaptación de las políticas públicas y de la gestión de los servicios.
Según Hernández-Montaño, el efecto isla de calor es el incremento de la temperatura en el centro de las áreas urbanas en comparación con la periferia. "La temperatura, que de por sí ya es alta, queda concentrada en las ciudades densas a causa de varios materiales que atrapan el calor. Es como una burbuja. Incluso por la tarde-noche, la marinada [viento que sopla del mar hacia tierra] se queda en el frente de la Barceloneta y no refresca el resto de barrios. De esta manera, el día siguiente arranca con una temperatura más elevada", explica.
El consistorio dice que ya "ha comenzado un proceso de transformación del espacio público para mejorar su confort", con la instalación de "cerca de 200 sombras en los próximos años"; juegos de agua para los niños; 400 refugios climáticos para este verano; la "climatización de 170 escuelas públicas hasta 2029 con el Plan Clima Escuela" u otras actuaciones como la "colocación de pavimentos que reducen la isla de calor o de Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible en los espacios verdes". Por tanto, asegura que la estrategia "consolida y amplía los programas ya iniciados hasta ahora y abre nuevas líneas de trabajo" para adaptar la ciudad "a diez años vista".
La voz de los expertos
Para Hernández-Montaño es imprescindible trabajar en la línea de la biomímesis, es decir, la ciencia que estudia la naturaleza, su estructura y funcionamiento para diseñar tecnologías innovadoras. "Tenemos que revertir la desnaturalización que han sufrido nuestras ciudades en los últimos 100 años. Ya no solo por el efecto isla de calor, también porque somos seres naturales", apunta. En los núcleos urbanos densos, el asfalto, las deficiencias en la ventilación y el aire caliente que expulsan los aires acondicionados atrapan el calor y hacen que aumenten las temperaturas. En el bosque, en cambio, hay más corriente de aire, los árboles dan sombra y el sotobosque está húmedo.
"En Barcelona las corrientes de aire están bloqueadas y tenemos deficiencias en el arbolado. El urbanismo táctico, con árboles en macetas, está bien, pero es una solución puntual. Necesitamos plantar árboles en tierra, pero a veces hay conflictos con el mantenimiento y los gastos", explica. La arquitecta apoya la instalación de sombras y la creación de refugios climáticos, pero considera que no son suficientes y que hace falta una "lectura a largo plazo". "Si no había ninguna sombra y la ponen, fantástico. Los refugios, también. Pero, ¿qué pasa en el camino de un refugio a otro? Son estrategias inmediatas para paliar el calor; no son estructurales", advierte.
Las superilles, proyecto estrella del Gobierno de Ada Colau, redujeron el tráfico rodado en Barcelona. Es una propuesta que va en buena dirección, pero que, según Hernández-Montaño, carece de verde. "La calle Consell de Cent se rehizo y se sacaron muchos coches. Aún así, la mayor parte del suelo es de cemento, no hay muchísima vegetación ni pavimento drenante", lamenta. El pavimento drenante es aquel que permite gestionar la lluvia de manera más eficiente y sostenible, a diferencia del pavimento que canaliza directamente el agua hacia el alcantarillado.
Además, la arquitecta asegura que "la piel de los edificios también puede ayudar a amortiguar el calor". "Hay que hacer políticas para implementar verde en las fachadas de los edificios, no solo en la calle. Ayudará a combatir el efecto isla de calor y, a la vez, reducirá los gases contaminantes, porque las plantas absorben dióxido de carbono y otros gases de combustión que utilizan como nutrientes", añade. La experta defiende que el conocimiento técnico existe, pero falta voluntad política.
"Hay muchísima información sobre qué tipos de árboles se pueden plantar. Que no sean alergénicos, porque hay personas que en primavera lo pasan muy mal. El conocimiento técnico lo tenemos. Para mí es una cuestión política, de creérselo y tirar adelante", sentencia.
La mortalidad atribuible al calor
La muerte de una trabajadora del servicio de limpieza municipal de Barcelona por un presunto golpe de calor en el trabajo ha puesto en alerta a los sindicatos y a la Administración. Se ha puesto sobre la mesa la urgencia de tomar medidas de prevención reales y efectivas en lugares de trabajo expuestos al aire libre, como por ejemplo en los sectores de la construcción, la agricultura, la limpieza y la jardinería.
Durante el año 2024, la Agencia de Salud Pública de Barcelona (ASPB) registró unas 240 muertes atribuibles al calor y constató que las altas temperaturas agravan las enfermedades crónicas cardiovasculares o respiratorias, entre otras. El riesgo de morir se incrementó cuando el termómetro se acercó "al umbral de calor intenso (34 grados), en comparación con los días con temperaturas confortables (25 grados)".
"Según el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), un 4,3% de las muertes que se producen en las ciudades europeas durante el verano son causadas por el efecto isla de calor. Y un tercio de estas se podrían evitar si se cambiaran algunos criterios", señala la arquitecta. Se refiere a un estudio de modelización publicado en 2023 en la revista científica The Lancet y liderado por ISGlobal. Los investigadores determinaron que un tercio de las muertes "podrían evitarse si los árboles cubrieran el 30% del espacio urbano".
Ante estos datos, Hernández-Montaño hace un llamamiento a impulsar políticas eficientes que apuesten por la biodiversidad, dejando atrás las resistencias del sector vinculadas con los costes económicos o el mantenimiento. Además, apunta que si Barcelona se llena de verde, también mejorará la contaminación del aire, fomentando la actividad física y las relaciones sociales, que tienen un impacto positivo en la salud mental de la ciudadanía.


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