Entrevista a Ricardo García Mira, catedrático de Psicología Ambiental de la UDC"Las sociedades más ricas deben adoptar modelos de reducción del crecimiento"
El catedrático de Psicología Social de la Universidade da Coruña (UDC) defiende los puentes entre ciencia, industria, política y sociedad civil para combatir el cambio climático.

A Coruña--Actualizado a
Ricardo García Mira fue uno de los primeros científicos sociales que empezó a hablar en el ámbito universitario español de los cambios que se avecinaban como consecuencia del calentamiento global, así como de la responsabilidad individual y colectiva que lo condicionaban. Catedrático de Psicología Social Ambiental de la Universidade da Coruña –también es, entre otras menciones, catedrático honorario del Institute for Policy Research de la Universidad de Bath (Inglaterra) y doctor honoris causa por la la Universidad Alexandru Ioan Cuza de Iasi (Rumanía)–, ha sido diputado y portavoz de cambio climático del PSOE en el Congreso. Ahora se jubila después de más de treinta años "construyendo puentes", en sus propias palabras, entre las visiones de la ciencia, la política, la industria y la sociedad civil en materia medioambiental.
Usted fue uno de los primeros psicólogos que empezaron a estudiar la respuesta social al cambio climático, en una época en que ese tema sólo parecía interesar al activismo ecologista y no formaba parte de las preocupaciones del mundo académico de la psicología. ¿Qué ha cambiado desde entonces?
En los años 80 en España sólo había dos focos de interés por las relaciones entre el medio ambiente y el comportamiento humano, en Madrid y Barcelona. Nosotros creamos en el año 95 el grupo de investigación Persona-Ambiente en la Universidade de A Coruña y organizamos la séptima reunión anual de psicología ambiental, en la que empezamos a hablar de responsabilidad en la gestión de los recursos ambientales y del papel que tenía que asumir la industria, en colaboración con la ciencia y con los políticos, para abordar el problema de las emisiones. Aquella reunión marcó una línea de investigación que hemos seguido hasta hoy.
¿Cuáles han sido sus principales hallazgos?
Lo principal ha sido construir puentes entre los investigadores y los políticos, enseñarles a trabajar bajo el enfoque de la cocreación de conocimiento, que no debe venir sólo de los laboratorios. Es necesario integrar las visiones de la ciencia, las administraciones públicas, la industria y las organizaciones de la sociedad civil. Ese cuarteto debe generar conjuntamente conocimiento en materia medioambiental.
Hasta entonces, ¿eso no se hacía?
No, todo se movía en ámbitos diferenciados. No existían puentes entre la ciencia, la política, la industria y las organizaciones civiles. Que por cierto, ahora juegan un papel clave en la transición energética. Por ejemplo en lo que se refiere al control ciudadano del precio de la energía, de cómo reducir la pobreza energética, de que no podemos dejar eso en manos de la industria, ni de los políticos solamente... Está pasando aquí, en Galicia, donde la Xunta da ayudas millonarias a la industria de las renovables sin que esa inversión revierta en beneficios para la sociedad en forma de reducción del precio de la electricidad. Hace poco asistí a un simposio sobre comunidades energéticas organizado por la Xunta y me llevé la sorpresa de que en la mesa sólo estaban representantes de la industria y de la Administración. No debería funcionar así.
"En la la creación de conocimiento sobre medio ambiente es necesario integrar las visiones de la ciencia, las administraciones públicas, la industria y las organizaciones de la sociedad civil"
¿Cómo se consigue que esa creación conjunta de conocimiento en materia medioambiental llegue a la economía real?
Nosotros hemos trabajado con economistas y modeladores de inteligencia artificial para analizar los aspectos microeconómicos del cambio de comportamiento colectivo ante las políticas de reducción de emisiones, pero también en los aspectos macroeconómicos, de negocio y de crecimiento. Se trata de decidir entre aplicar políticas respetuosas con el medio ambiente en la fabricación de productos más sostenibles, o bien reducir el consumo porque no es necesario crecer más.
¿Usted prefiere ese último enfoque?
A mí me gusta el enfoque de promover el crecimiento en aquellas comunidades que no tienen satisfechas sus necesidades básicas. Y hablo de crecimiento sostenible, claro.
Es decir, que hay comunidades es que no deberían seguir creciendo por crecer. ¿Se refiere a occidente?
Me refiero a las sociedades más ricas, que deben adoptar modelos de reducción del crecimiento. El crecimiento de una comunidad debe ser acorde a sus necesidades, sin que se promueva tanto el consumo que acabe saturando sus posibilidades.
Las nuevas generaciones tienen una conciencia ecológica muy superior a la de sus predecesoras, pero a la vez, están sometidas a una presión consumista mucho mayor.
Sí, es así. Desconocen el impacto de ese consumo desmedido que conduce, por ejemplo, a cambiar de teléfono cada dos por tres. Es verdad que las generaciones jóvenes tienen una mayor conciencia ecológica, aunque, en realidad, ahora toda la sociedad está más concienciada. Pero hay una grave inconsistencia, porque esa actitud favorable hacia el medio ambiente se traduce luego en un comportamiento real contrario a él. Esa interferencia está provocada por el modelo económico que sostiene al sistema, el modelo capitalista, basado en el consumo, en el crecimiento sin límite y, por tanto, en la producción también sin límite. Insisto en lo que decía antes: la UE ha adoptado la solución de aplicar más sostenibilidad en la producción, pero los ecologistas y los científicos que trabajamos en este campo somos más partidarios de reducir el consumo. Son dos planteamientos muy diferentes.
¿Cómo explicarle eso a un chico o a una chica que están acostumbrados a que su tienda de Bershka cambie de escaparate veinte veces al año, y a que el repartidor de Amazon vaya a su casa dos o tres veces a la semana?
Es difícil. Hoy todos los valores que creíamos más o menos instalados se están poniendo en cuestión. El negacionismo del cambio climático está siendo tan alarmante que pone en peligro la transmisión de esos valores incluso a través del sistema educativo. Muchos profesores y profesoras no saben cómo reaccionar adecuadamente ante las actitudes negacionistas que plantean sus alumnos. Hace falta que las administraciones les proporcionen protocolos y códigos. Igual que en las redes sociales adolescentes, donde el Cara al sol suena ya de manera incomprensiblemente habitual, los valores sobre el cuidado del medio ambiente también se están relativizando a través de esos canales.
"Me alarma ver cómo casi todos los líderes europeos se sientan alrededor de Trump para decirle: "Sí, mi amo". Resulta impactante. Deberíamos defender los valores de la responsabilidad ecológica en todos los sistemas de gobernanza"
¿Cómo ha influido en todo eso el auge de la ultraderecha y de gobernantes como Bolsonaro, Milei, Trump, etcétera, que han dado legitimidad institucional a los discursos que cuestionan los valores medioambientales?
Lo que me alarma es ver cómo casi todos los líderes europeos se sientan alrededor de Trump para decirle: "Sí, mi amo". Resulta impactante. Deberíamos defender los valores de la responsabilidad ecológica en todos los sistemas de gobernanza. Y a todos los niveles. Que los científicos, la sociedad civil, los políticos y la industria trabajen bajo esos parámetros de cocreación de conocimiento. El último proyecto que hemos concretado desde el laboratorio de psicología social de la Universidade da Coruña, y que implica a trece regiones europeas, plantea ese esquema, entre otras cosas, para tratar sobre los impactos de la transición energética, especialmente la destrucción de empleo derivada de la digitalización. Salir de la economía de los combustibles fósiles significa formar a los trabajadores en las nuevas habilidades que requiere la digitalización en la producción y el manejo de las energías renovables. Hay urgencia por abordar eso con responsabilidad. La UE está destinando fondos para formar trabajadores en esas nuevas competencias digitales pero al mismo tiempo aplica políticas que alargan la vida de la economía del carbón. Es una gestión poco responsable de la transición energética. Ese lema del Leave no one behind [No dejar a nadie atrás] de la Agenda 2030 es imposible de cumplir si no hay un mayor consenso.
Usted ha sido político. Cuando estaba en el Congreso, ¿pudo intuir el camino por el que, en ese sentido, transita España?
Lo que pude ver fueron las dificultades por las contradicciones que surgían, por ejemplo, entre la necesidad de apoyar a los trabajadores de la economía del carbón, sobre todo en zonas como Asturias y León y también en Galicia, mientras en Bruselas se firmaban los acuerdos de reducción de emisiones y el cierre de centrales térmicas.
"La sociedad está más concienciada sobre el medio ambiente, pero hay una grave inconsistencia porque esa actitud favorable se traduce en un comportamiento real contrario a él"
Como la de As Pontes de García Rodríguez, a menos de 70 kilómetros de donde estamos ahora, en A Coruña. Llegó a ser la más contaminante de España y una de las que más CO2 emitían en toda Europa.
La transición de As Pontes tuvo un impacto psicológico muy profundo. Era un lugar de referencia, con un promedio de retribuciones muy alto, y el cierre de la mina y de la central provocó un bajón del nivel adquisitivo y de vida de muchas familias, el cierre de pequeños negocios... Y en la toma de decisiones no se tuvo en cuenta a todas las personas y colectivos afectados, especialmente a los pequeños empresarios, que podían haber aportado ideas y deberían haber sido integrados en ella.
No le pregunto por su posición personal, pero desde el punto de vista de la psicología social, ¿cómo valora la respuesta ciudadana en Galicia al proyecto de la planta de celulosa de Altri?
Es mucho mayor que la que reflejan los medios de comunicación, que están condicionados por quien los financia. La contestación social es enorme y es lógico que lo sea porque se trata de un proyecto que adolece de transparencia. Muchas instituciones y organizaciones, como por ejemplo la Sociedade Galega de Historia Natural, han informado sobre los presumibles impactos negativos que tendría la fábrica, y aunque eso tendría que haber sido más que suficiente para que se revisara todo el proyecto, no se está teniendo en cuenta, como tampoco se está teniendo en cuenta ese nivel tan alto de respuesta ciudadana. Cuando, precisamente, son ese tipo de macroproyectos, que pueden tener un impacto enorme sobre los ecosistemas, la salud, la economía local, etcétera, los que deberían contar con más consenso social. Sobre mi posición personal, no tengo inconveniente en decir que es muy crítica.



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