Entrevista a Arturo Lezcano"La identidad nacional de la Galicia moderna sería imposible sin la migración y el exilio"
El reportero, escritor y productor Arturo Lezcano publica "O país invisible", un ensayo periodístico con centenares de historias inéditas que reflejan la epopeya de la diáspora gallega y su papel esencial en la construcción de la imagen cultural y simbólica del país.

A Coruña--Actualizado a
Un pueblo corre el riesgo extremo de volverse invisible, para sí y para los demás, si quienes lo habitan olvidan de dónde vienen y, en vez de permitir que su propia historia los ilumine, dejan que la luz los atraviese sin dejar rastro, sin dibujarlos ni reflejarlos siquiera, volviéndolos así transparentes e incorpóreos. En el fondo, esa es la advertencia velada que transmiten los protagonistas de O país invisible, a epopea atlántica da diáspora galega, un ensayo periodístico ilustrado y apasionante con el que el periodista, productor y escritor coruñés Arturo Lezcano transita entre el reportaje, la novela y el autorretrato para contar la historia de la emigración gallega en América, desde Argentina a Panamá pasando por Cuba, Brasil y Venezuela. Libros del KO acaba de publicarlo en gallego en el original, y lo hará la semana que viene en versión en castellano en la traducción del autor.
Lezcano empezó a emigrar hace 25 años para contar América Latina como corresponsal de prensa y televisión, y da la impresión de haberse acostumbrado a cruzar una y otra vez de un lado al otro ese otro océano invisible que separa la nostalgia de su tierra de la morriña del resto del mundo. En este tiempo ha publicado libros –Madrid, 1983; Fútbol sobre lenzo–, ha creado podcasts y dirigido documentales, ha escrito series y ha guionizado programas. Ahora, en su último trabajo se enfrenta al espejo de su propia vida de migrante, para contar las de miles de otros compatriotas y de sus descendientes, relatos reales pero de película que bajo su foco se entienden por fin como parte de una única historia, única: la de un pueblo que ha forjado la identidad de los que se quedaron guardando e iluminando la memoria de los que tuvieron que irse.
¿Qué es para usted la migración? ¿Cómo la definiría?
¡Uf! ¡Menuda pregunta!
Pues se la he copiado a usted, se la hace a uno de los protagonistas de su libro.
Julio Camba decía que la migración es un bien; pero que precisamente por eso, está mal. Permite a las personas ganarse el pan pero obligándolas a dejar el lugar al que pertenecen. En el caso de los gallegos es una dicotomía que llevamos muy dentro, puñal y herida a la vez: gracias a la diáspora, es decir a la emigración y al exilio, pudimos conservar buena parte de nuestra cultura y creamos un espíritu nacional, de pueblo, de sociedad, de país... Como quiera llamarlo. Nos ha servido para crear simbología, cultura popular, literatura, arte, conocimiento... Todo eso nos evoca la epopeya de quienes no tuvieron voz y nos recuerda a la vez que se vieron obligados a vivirla lejos de su tierra.
Le preguntaba desde una perspectiva personal, porque ustede lleva décadas fuera de Galicia. ¿Se siente migrante?
Yo he vivido bien de niño, he podido estudiar sin problema... No me he ido por esa obligación de la que hablaba antes, así que no sé si puedo sentirme migrante. Más bien transeúnte, que es el término que uso en el libro y que creo haberle robado a Ana Miranda, con quien he hablado de esto mucha veces. En mi caso, transeúnte es la palabra adecuada.
¿Por qué?
Porque mi historia es muy fácil de contar: un periodista que acaba cansado de los medios para los que trabaja, que había viajado desde muy joven a América Latina y que sentía la necesidad de volver una y otra vez, y que cuando llevaba seis años en Buenos Aires, ya instalado, con una pequeña productora y con previsión de quedarse, se da cuenta de que necesita seguir contando las cosas desde allí. Ahí nació esa sensación de transeúnte, porque cuando estaba a punto de tener los papeles migratorios, el DNI argentino, decidí irme a Brasil. Y cuando tuve los papeles de Brasil, decidí que tenía que irme de nuevo. Ya sabe: "Marcho que teño que marchar" ["Me voy que tengo que irme", la forma que adopta la retranca gallega para expresar el deseo urgente e irreprimible de cambiar de aires de forma inmediata y sin dar explicaciones]. A mis compañeros corresponsales les hacía gracia cuando les decía: "Marcho que teño que marchar, han secuestrado a un gallego en Venezuela"; "Me voy a la selva, hay allí unos gallegos pioneros que han construido no-se-qué..."; "Voy a grabar a un centro gallego, han fundado en no-sé-dónde"... El libro fue surgiendo a partir de esa sensación extraña de sentirme transeúnte en un continente que también era mi casa.
Dice en el libro que la peripecia empezó en Cuba, a donde viajó para conocer a unas parientes migradas, porque quería usted ver su vida en el espejo.
Quería entender quién era yo, darle sentido a ese sentimiento de la emigración como elemento emocional de mi familia, pero también como sentimiento global de Galicia. No quería hacer historia de la diáspora, algo que ya han hecho otros autores, y muy bien, por cierto, tanto desde el punto de vista histórico y académico como desde la ficción. Pero me parecía que faltaban los relatos personales, reales. Lo que hice, casi en plan disclaimer narrativo y que me costó horrores, porque los periodistas no estamos acostumbrados a escribir en primera persona, fue hacer ese juego de espejos, entre mi historia y la de las personas que me he ido encontrando y a las que nunca nadie les había preguntado por sus vidas.
"Gracias a la diáspora, los gallegos pudimos conservar nuestra cultura y creamos un espíritu nacional, pero todo eso nos evoca la epopeya de quienes se vieron obligados a vivirla lejos de su tierra"
¿Cuándo se dio cuenta de que ya se había ido, de que ya era un migrante, un traseúnte?
Creo que fue cuando, después de aprender rústicamente a tocar a batería en Buenos Aires, me vi un sábado a las cuatro de la tarde aprendiendo pandereta y percusión tradicional en el centro arzuano-melidense de Buenos Aires. Unos meses después hice un viaje en autobús a un ciudad que se llama General Belgrano, en la provincia de Córdoba, a 700 kilómetros de Buenos Aires. Iba a celebrar el Día del Emigrante a un festival folclórico. Aquel autobús, en el que íbamos unos cincuenta gallegos, hijos de gallegos o nietos de gallegos, era una especie de cápsula del tiempo y del espacio, un pedazo de lo más interior y representativo de Galicia en medio del Cono Sur... "¿Qué carallo hago yo aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí?", me preguntaba. Me sucedió lo mismo con los gallegos de la gran sabana venezolana, con los de Brasil, con los de Cuba, con los de Panamá... Sus historias eran mucho más que meros testimonios individuales, y me di cuenta de que uniendo todos esos puntos se formaba un hilo común del que todos formamos parte. Incluido yo, que además he tenido la suerte de haber podido vivirlo desde ese otro lado.
¿Por qué? ¿Por que si no hubiera sido ustede migrante, no podría haberle salido este libro? Es una mezcla de ensayo periodístico, autobiografía, libro de viajes, novela, biopic de vidas ajenas...
Yo no podría hacer reporterismo desde un sillón, desde un despacho, sentado en una redacción... Para contar bien una historia tengo que entenderla, haberla vivido un poco. Un reportaje se escribe y se graba, y se lee y se ve, como si fuera ficción, pero sabiendo que lo que se cuenta no es ficción en absoluto. Las herramientas del reporterismo me permitieron entender y dar a entender que esos migrantes son protagonistas de una verdadera novela de aventuras. Pero no lo hago con la intención de contar una película, sino porque su vidas son realmente de película.
La suya también lo parece un poco, al menos por lo que cuentan de usted compañeros de viaje como Xoel López, Francho Barón, Delmi Álvarez...
Empecé a viajar a América Latina en el año 2000 con el que fue mi maestro de diásporas, Delmi Álvarez, que había hecho un trabajo ingente abriendo camino con su proyecto Galegos na diáspora. En el 2004 recorrí el continente hasta que acabé instalándome allí en enero de 2006, y poco después vino Xoel. En Buenos Aires nos acoplamos igual que hacíamos años antes cuando andábamos por las calles de A Coruña, e hicimos muchísimas cosas, entre ellas el proyecto de la Caravana Americana. Luego, en Brasil, encontré a Francho Barón, hermano de aventuras y quien aún deben resonarle aquellas matracas que le daba con mis historias de gallegos.
La migración ya tiene una condición cuasi mitológica en Galicia, pero durante décadas pareció que nunca había existido.
Sí, la tuvimos años y años metida en un armario y de repente... Estamos hablando de que Manuel Ferrol hizo la famosa foto El padre y el hijo casi de escaqueo con una Rolleiflex en 1957 en el puerto de A Coruña, de que la publicó fuera porque el franquismo no quería que se supiera que aquí existía la migración... Y de repente, casi sin solución de continuidad, Manuel Fraga viaja A Cuba, invita a Fidel Castro a Galicia, ambos alardean de sus orígenes migrantes... De pronto todo cambia y pasamos a un período de explosión y blanqueamiento de la migración, que tuvo cosas muy positivas, que hasta los más críticos de Fraga admiten, porque se convirtió casi en política de Estado para la Xunta, se disparó el interés por los contenidos sobre la Galicia exterior en los medios públicos... Esa estrategia de Fraga también tenía un interés puramente político, claro, pero es que además el blanqueamiento incluyó priorizar sólo el relato de los triunfadores, de aquellos que volvieron millonarios pero que no representan ni el 1% de los que se fueron con una mano delante y otra detrás. El 99% ni siquiera pudo volver porque si no hacías dinero, no volvías. Eso es lo que creo que quedaba por contar y es lo que he tratado de hacer en el libro.
Con lo del blanqueamiento y la lectura política de lo que hizo Fraga, imagino que se refiere al voto de los migrantes y de sus descendientes, cuando se organizaron aquellos programas de retorno en plenas elecciones autonómicas y la televisión pública les preguntaba al pie del avión a los retornados: "Bueno, y ahora, ¿a quién piensa votar usted?". No sé si recuerda a aquella mujer que respondió: "¿Yo? ¿A quién va a ser? ¡A la Xunta!"? La historia circuló como un meme en aquella época.
[Risas] Esa es muy buena. Cuando estaba viviendo en Río, me pidieron de la revista Jotdown que hiciera una crónica sobre ese tema tan manido de por qué el PP siempre gana las elecciones en Galicia, sobre cómo funciona aquí ese paternalismo clientelista, la fagotización del galleguismo... En fin, todo eso. Yo acababa el reportaje con una escena que era tal cual la que usted acaba de relatar, una escena real que había presenciado con dos paisanos en un centro gallego de Buenos Aires, con uno preguntándole a otro. "Y tú, ¿a quién vas a votar?". "Yo? ¡A quién va a ser! ¡A los nuestros!". Hablo de eso en el libro, de las sacas de votos de Venezuela, de las elecciones de 1989 [las que ganó Fraga con acusaciones de pucherazo en el voto emigrante], de las investigaciones de Óscar Iglesias Araújo...
Su libro sostiene la idea de que la emigración es la parte esencial de la construcción de la identidad gallega moderna.
Sí. Las grandes migraciones de pueblos de la Europa mediterránea y occidental en los últimos 150 o 200 años han sido las de irlandeses, italianos, judíos y gallegos, además de armenios y sirio-libaneses. Todos pertenecen a identidades nacionales o de estados-nación que estaban en construcción. En el caso de Galicia, empiezan a ocurrir en pleno rexurdimento [la etapa de revitalización cultural, identitaria y lingüística de Galicia en el siglo XIX] y en plena construcción del romanticismo político clásico, de los nacionalismos, etcétera. Y se mantienen y repiten en el siglo XX. Esa construcción de la identidad nacional moderna de Galicia habría sido imposible sin la diáspora, en sus dos vertientes, la emigración y el exilio. Eduardo Blanco Amor escribió A esmorga, la mejor novela de la literatura gallega moderna, en Buenos Aires; están los poemarios de Celso Emilio Ferreiro, Ramón Cabanillas... Fíjese, Rosalía de Castro, que nunca pisó América, es la santa laica por excelencia de Cuba, está por todos lados, y no sólo para los gallegos. Concepción Arenal también, un poco, pero, ¿Rosalía de Castro? ¡Por todas partes! Eso sólo se puede entender si un pueblo es sustantivo en ese otro país de destino, si ha sido capaz de atravesar el imaginario de la identidad del otro. Ocurre muy pocas veces. Jugamos con ese concepto en las cubiertas del libro con un diseño de Artur Galocha que recoge esa idea de Staffan Morling de que Galicia es el centro del mar: un pequeño territorio, apenas un puntito en el mapa, pero que ha intervenido y está presente en todos los países de la vertiente atlántica de América.
También presta atención diferencial a las mujeres migrantes, algo que no siempre se ha hecho al estudiar la diáspora gallega desde el punto de vista académico.
Hay estudios como los de Margarita Ledo, que lo que muestran precisamente son dificultades como las que yo me encontré: la falta de fuentes que cuenten lo que les pasó a las mujeres en la emigración. Porque estaban invisibilizadas. Es un gran y lamentable vacío. Y curioso porque a lo que sí estamos acostumbrados en la Galicia territorial es a las historias de las viudas de vivos, al supuesto matriarcado de las que se quedaban aquí cuando los hombres emigraban...
"Galicia es ese pequeño territorio, apenas un puntito en el mapa pero que ha intervenido y está presente en todos los países de la vertiente atlántica de América"
¿Por qué no hay mafias gallegas en los países de destino al estilo de las que se conformaron alrededor de la migración italiana e irlandesa en Estados Unidos?
Siempre le hacía esa pregunta a los gallegos que me encontraba por el mundo. ¿Por qué no hay mafia? Mafia entendida como grupo criminal que utiliza la violencia y la extorsión para tener una posición de privilegio en un país en el que es migrante. No, no las hay. Me han dado multitud de respuestas, que yo resumiría en dos, digamos, posibilidades, porque no son una tesis sino explicaciones basadas en la experiencia. La primera es que, a diferencia de los Estados Unidos, en la mayoría de países donde anidaron gallegos, los grandes reguladores de los negocios criminales eran las administraciones locales y los aparatos coercitivos del Estado, la policía, el ejercito, de forma mucho más descarada que en Estados Unidos. No hay mafia gallega en Brasil ni en Argentina, pero es que tampoco hay mafia italiana allí. La otra posibilidad se refiere más al lobby que a la mafia, y tiene que ver más con nuestro carácter o con nuestro ADN. Con cómo nos relacionamos y nos asociamos. Dicen que tampoco hay lobby gallego en Madrid, aunque en Madrid no dejan de llegar gallegos a los puestos de poder. En América sucede lo mismo, desde Fidel Castro a Raúl Alfonsín pasando por los últimos presidentes de de Panamá, por ejemplo, que eran originarios de Galicia aunque pocos gallegos lo sepan.
Quizá no había mafias en la diáspora, pero el dinero de los emigrantes sí financió las redes clientelares y caciquiles de la Galicia territorial.
Yo no las llamaría mafias sino estructuras económicas. Hay historiadores como Alexandre Vázquez e Isidro Dubert que han estudiado cómo las burguesías mercantiles de A Coruña y Vigo hicieron un gran negocio con la migración, con aquellas navieras que enviaban "ganchos" a las aldeas para reclutar candidatos a migrar con promesas que no siempre se cumplían, como sucede ahora en otros puntos del mundo con otras diásporas. Muchas de aquellas burguesías ya se habían lucrado antes con el comercio de esclavos y son las mismas que luego llenan las entidades financieras de a A Coruña, de Vigo... Ese es el dinero que viene del propio tráfico migratorio, pero luego están las remesas de quienes se marchaban casi sin saber a dónde iban, y que, en algunos casos, se enriquecieron y trajeron dinero. Estoy de acuerdo con lo que propone Félix García Yáñez sobre Ourense y sobre que esas remesas que llegaban de América desde 1910 y más tarde de Europa, no se utilizaron para promover un desarrollo integral de la provincia, sino para pelotazos y corruptelas que enriquecieron a unos pocos. Dinero que está en cuentas corrientes, en fondos de inversión, en mansiones, pero que no se invierte en crear riqueza en el país... Un verdadero PIB oculto e improductivo.
En países como Irlanda, Itaia, Estados Unidos, la emigración es un icono identitario al que se rinde homenaje. ¿Por qué en Galicia no?.
Sí, es tremendo. En Nueva York está Ellis Island; en Buenos Aires, el Hotel de Inmigrante; en Sao Paulo, el Museo da Inmigraçao; en Dublín, el EPIC Irish Emigration Museum... Los países que están atravesados por la emigración le han rendido tributo a sus diásporas. Pero aquí... En el libro cuento que en los años 90 del siglo pasado, cuando aún no habían pasado ni 30 años desde que partiera de A Coruña el último barco con emigrantes con destino a América, nosotros, la gente de mi generación, aún íbamos de concierto a la Estación Marítima del puerto, que habían reformulado como área cultural y de ocio. Cuando intenté localizar la losa de piedra donde estaban el padre y el hijo que Manuel Ferrol fotografió el 27 de noviembre de 1957 en el puerto, me di cuenta de que ahora es el vértice de un edificio y que desde allí ni siquiera se ve ahora el mar. En Vigo sucede lo mismo. No hay una placa, ni una estatua, no digo ya un museo... Y deberían ser lugares de visita, un centro de interpretación, un espacio para el recuerdo... Por eso, irónicamente, digo que deberíamos llamarle a ese sitio en concreto O esquecemento [El olvido], que además es una palabra que está en el himno gallego. A lo mejor así, pisando o esquecemento cada día, podemos recuperar nuestra memoria y erigirla justo ahí, en ese punto exacto, para rendir tributo a nuestra historia. Que las nuevas diásporas que lleguen a Galicia sepan de ella. Si no, estamos condenados a que nuestra identidad acabe siendo erradicada.



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