Entrevista a Movimiento Marika de Madrid"Si algún partido empieza a repetir tu discurso, es que te está capitalizando"
Público conversa con el colectivo en vísperas del Orgullo 2025, en una charla donde se aborda el contexto político y legislativo actual en materia LGTBIQ+, la estigmatización y criminalización de las disidencias sexuales, el problema de la gentrificación, la cuestión del deseo y la comunidad.

Madrid-
El Movimiento Marika de Madrid tiene claro que su lucha no se conduce precisamente por los cauces de la política institucional. Nos encontramos con ellas —marikas, trans, bolleras, monstruas, aliadas— para conversar, sin reloj, sobre deseo, calle, gentrificación, orgullo y derrota. Sobre cómo sostenerse entre ruinas sin que el mundo te haga polvo, lo que duele y lo que conmueve.
Ellas hablan de "reivindicar desde las bases, desde los movimientos sociales", pues ven que la política institucional en cuestiones LGTBIQ+ "va muchas veces años, sino décadas detrás de lo que se viene luchando en las calles". "Nosotras reclamamos, nosotras exigimos, nosotras luchamos (...) y no vamos a esperar a que al político de turno le parezca bien o mal lo que estamos gritando en las calles", expresa Fede García, integrante del colectivo. Su actitud tiene que ver con reivindicarse como contrapoder y ello se refleja en sus críticas hacia quienes ocupan cargos institucionales vinculados a la diversidad o las disidencias sexuales: "Son un perfil que es amable al sistema (...) parten de esa cuestión, de victimizarnos y también de dar un mensaje de seguridad a las instituciones: 'No somos peligrosas'".
Desde la perspectiva del Movimiento Marika de Madrid, muchas de las conquistas legales, normativas o tipificadas han pasado, en realidad, por un barniz de retroceso ideológico. "El primer Orgullo pedía la abolición del matrimonio, la abolición de la familia", recuerdan. Y, sin embargo, "el derecho que se ha adquirido paradójicamente es el de casarse y formar familia". Sumarse al marco, no agrietarlo, retorcerlo o subvertirlo. Insisten en que la lógica estatalista termina siendo, más veces de las que les gustaría, una estrategia de asimilación del orden vigente y sus sesgos: "Lo que busca es que entres en la norma". Se paga un precio muy alto a cambio de visibilidad y "migajas legislativas". Peor aún, añaden, esa misma apuesta institucional "chupa la energía de los movimientos sociales", los vacía. "¿Quién accede a ciertos discursos y a ciertos derechos? ¿Y quién queda al margen?". En ese umbral se sitúan. Puede que no porque no quieran entrar, sino porque saben que las leyes son papel. Y, a menudo, papel mojado.
Aunque desde su fundación en 2018 han apoyado muchas luchas, como las movilizaciones trans o de trabajadoras sexuales, su enfoque sigue siendo otro: "Nuestra función como colectivo autogestionado de base es remover las conciencias desde la base". Porque, como advierten, los derechos ganados "son superfutiles", fácilmente derogables con el cambio de un Gobierno. Y no hablan precisamente en términos puristas, "no es que todo lo institucional nos parezca mal automáticamente", aclaran. "Hay cosas que se consiguen por ahí, claro. Pero es otra lucha. La nuestra es la del contrapoder". Por eso se preocupan por mantener una mirada sospechosa: "Si algún partido empieza a repetir tu discurso, es que te está capitalizando. Y algo estamos haciendo mal". Entienden que si no hay quien diga "esto no basta", lo que se suele acabar aceptando son limosnas.
La conversación se vuelve más densa al hablar del "giro conservador" que amenaza a los derechos LGTBIQ+. Ellas lo ponen en perspectiva: "Esto que tenemos ahora ya es conservador", mencionan en relación a los actuales gobiernos, desde locales hasta el propio Gobierno de coalición, pasando por el Ministerio de Igualdad. Lo que les preocupa no es tanto Vox como la desmovilización que ha provocado "el Gobierno más progresista de la historia". Porque, dicen, "cuando estaba la derecha gobernando (...) estábamos en pie de guerra. Y ahora es como, 'bueno, como son de los nuestros, no vamos a criticar'".
Sobre los supuestos avances, también hacen algunos matices: "La visibilidad se ha centrado en unos perfiles muy específicos". ¿Ha mejorado la vida de personas trans, intersex, asexuales, racializadas? "No. Los que están mejor dentro del colectivo son los hombres gays blancos que se pueden pasear por las televisiones". El resto, en cambio, sigue saliendo a la calle "con miedo" a sufrir "palizas" por llevar falda.
En cuanto al tejido asociativo, la lectura es ciertamente amarga: "Ha ido a peor que en los 80", opina Fede García. Faltan objetivos comunes, falta compromiso, falta militancia. "Somos cuatro gatas", lamentan. Y señalan también la carencia de sentido político profundo de muchas de las asociaciones más mediáticas o participativas de la vida política —de nuevo, institucional—: "No hay una politización de las personas participantes, no hay un hacerles protagonistas".
¿Chueca sigue siendo un barrio LGTB? No para ellas. "Sucumbió uno de los primeros barrios al proceso de gentrificación", dicen: "Y estos que hoy muchas llaman nuestros héroes, como Pedro Zerolo, expulsaron a del barrio a todas aquellas con pocos dientes porque quedaban mal en la foto". Lo que resultó de todo aquello, explican, es un parque temático: "Ven a ver a los gays, ven a ver a las travestis". Bares cerrados, terrazas imposibles de pagar, bancos y plazas arrasadas para que "los pobres no se sienten". Las maricas viejas expulsadas de sus tabernas, las bolleras desalojadas de las calles... Pero insisten: "No queremos romantizar la pobreza", sino reivindicar "espacios donde generar comunidad". Y eso es precisamente lo que ha desaparecido de Chueca. "Hay una ofensiva deliberada de vaciar estos espacios", denuncian. "Un proceso económico, no solo hetero contra queer. Es capitalismo. Nosotras somos interseccionales".
Es parecido a lo que ocurre con el MADO, la manifestación estatal por el Orgullo que se celebra en la capital, este año el próximo sábado 5 de julio: "Es solo una cabalgata para sacar pasta. Ayuso se sube al carro, hay marcas que mientras financian el genocidio palestino también. Es la mercantilización de nuestras identidades". Por eso, frente a todo ello, el Orgullo Crítico apuesta por los barrios, por las periferias. Esas cuyas prácticas se criminalizan, por ejemplo bajo el pretexto de la guerra contra las drogas o el chemsex: "Cuando hay prácticas que pueden llegar a devenir un problema, no se ve como una cuestión de salud pública, de acompañamiento. Solo como algo depravado".
Para acabar, reflexionan sobre una cuestión algo más íntima, pero no por ello menos relevante. ¿Qué implica politizar lo marica? "Lo marica no va simplemente de hombres que se acuestan con hombres", afirman: "Va de múltiples vivencias, identidades y opresiones". Para el movimiento, politizar lo marica es romper con las categorías rígidas del deseo, del género, de la misma identidad: "No se trata tanto de ser, sino de estar". Y con eso quieren decir que ninguna persona es estática, fija o inamovible, ni tiene por qué responder a las cajas del sistema.
Además, si algo queda claro escuchándolas, es que politizar lo marica también es cuidar: "La acción directa nos sostiene. Y también la vulnerabilidad". Porque lo que les une no es solo la lucha contra una norma que les oprime y maltrata, sino la creación de redes de comunidad, donde "las que no encajamos en ningún lado, encajamos entre nosotras". "El sufrimiento también nos sostiene", dicen, "como cuando las bolleras cuidaron a las maricas en la crisis del sida". Esa es la otra familia: "Otras formas de vivir, otras maneras de querer. Que a los 50 quieras irte de fiesta con tus amigas, no con tu pareja. Que a los 60 te emociones en una mani. Que a los 30 no quieras casarte ni tener hipoteca". Es con esa imagen de afecto insumiso y mucha ternura como concluye su conversación con Público en vísperas de estas semanas tan emotivas a la par que reivindicativas. Aunque, como ellas dicen, todo está en constante expansión y quizá esto también nos desborde.
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