Ser abstemio en Navidad: "Aparece la sensación de aislamiento, ser 'raro', estar alerta o justificándose"
En España, el alcohol continúa siendo la sustancia más extendida entre adolescentes, con un consumo frecuente del 51,8%, según la última encuesta ESTUDES.
Personas abstemias cuentan a 'Público' cómo se sienten al rechazar una copa en estas celebraciones .

Madrid--Actualizado a
"Brindar con agua da mala suerte". Cada año, en las reuniones y celebraciones navideñas, Sergio escucha esta frase. Rompió con el alcohol antes de cumplir la mayoría de edad. Tenía 17 años. Nunca le gustó beber, ni siquiera cuando empezó a hacerlo a los 14, en aquellos botellones de adolescencia. "Venga, bebe", le insistían. Hasta que un día cedió: una copa de Malibú con piña solo para que sus amigos se callaran y lo dejaran tranquilo. No fue una elección. Se sentía fuera de lugar, señalado, excluido. "En la adolescencia el alcohol tiene una función social muy fuerte, casi integradora", explica hoy con 30 años.
Beber, dice a Público, está tan normalizado que opera como una especie de contrato tácito: si no lo haces, parece que no formas parte del grupo, que no encajas. "Es como un pacto social inconsciente: en determinados momentos, si no bebes, es como si no valieras". Él lo tuvo claro pronto. Para Sergio, la diversión no pasa por una copa. "Un momento de unión no necesita alcohol", completa. Asocia la celebración al crecimiento personal, a las conversaciones que dejan poso, a vínculos que no dependen de lo que haya dentro de un vaso.
Cuando María salía de fiesta siendo adolescente, temía la posibilidad de perder el control por el consumo de bebidas alcohólicas, de no saber dónde estaba ni con quién. En su familia, nunca se banalizó este tema. Sus padres le hablaron de los riesgos del consumo abusivo y ella tomó una decisión que ha mantenido hasta hoy: no beber. Tiene 30 años y no se arrepiente. Su llegada a la universidad, sin embargo, no fue fácil. "Me sentí muy juzgada", confiesa en conversación con Público.
María, joven abstemia: "Hay personas que necesitan coger 'el puntillo' para disfrutar de las fiestas, desinhibirse y socializar"
A su juicio, las etapas más complicadas para sostener esa elección son la adolescencia y el umbral de los 18 a los 20 años. "Es cuando mucha gente todavía no es consciente de los riesgos", señala. En ese contexto, beber funciona casi como un requisito social. "Hay personas que necesitan coger 'el puntillo' para empezar a disfrutar de las fiestas, desinhibirse y socializar". Ella tomó el camino contrario. Prescindir del alcohol, explica, no le ha restado disfrute. "Me permite vivirlo de forma activa, estar presente". Sin copas de por medio, dice, las experiencias no pasan en piloto automático ni desde una posición pasiva: se viven con plena conciencia.
Hace apenas unos meses, en febrero, Miriam decidió no seguir consumiendo alcohol. Tiene 29 años y entonces era tutora de 2º de la ESO. El punto de inflexión llegó tras una charla en el centro sobre el consumo de alcohol y sus efectos en la salud. Aquella sesión le removió tanto como para tomar una decisión: no volver a beber. Desde entonces, va siempre con el argumentario preparado. "Tengo ensayadas bromas y respuestas para cuando llegan los comentarios, para el típico 'por una copa no pasa nada'", cuenta a Público.
Aun así, admite que no siempre es fácil mantenerse al margen cuando todo el grupo está bebiendo. Como docente, lo que más le preocupa es la "normalización del alcohol" entre los más jóvenes. Este curso es tutora de un ciclo de FP de grado medio y lo ve de cerca. "En una tutoría hablábamos de lo bruscos que son entre ellos y de la importancia de decirse cosas buenas", recuerda. "Bromeaban diciendo que 'los hombres solo se dicen 'te quiero' con una cerveza en la mano'".
De mínimos históricos a viejos hábitos
El alcohol sigue siendo un motivo de preocupación. Aunque los últimos datos de la Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias (ESTUDES) dibujen un camino esperanzador. Los jóvenes españoles tienen "los hábitos más saludables de los últimos 25 años", pero la ministra de Sanidad, Mónica García, advirtió hace no mucho de que persisten "cifras muy preocupantes", especialmente en lo que respecta al consumo de alcohol. La sustancia continúa siendo la más extendida entre los adolescentes, aunque su presencia ha caído a mínimos históricos. El consumo frecuente se sitúa en el 51,8%, el porcentaje más bajo desde 1998. Un 73,9% de los estudiantes reconoce haber bebido alguna vez en su vida —dos puntos menos que en la edición anterior— y el 71% lo ha hecho en el último año, una caída de 2,5 puntos.
La edad de inicio en el consumo de alcohol se mantiene en los 13,9 años, según la última encuesta ESTUDES
También retroceden las conductas de mayor riesgo. El 17,2% afirma haberse emborrachado en el último mes y el 24,7% admite haber practicado binge drinking —consumo en atracón—. Ambos indicadores marcan sus niveles más bajos desde el año 2000. Sin embargo, hay datos que apenas se mueven. La edad de inicio en el consumo de alcohol se mantiene en los 13,9 años, igual que en ediciones previas del estudio. De media, los adolescentes comienzan a beber con regularidad a los 14,8 años y experimentan su primera borrachera a los 14,6. El acceso al alcohol sigue siendo sencillo pese a la prohibición legal. El 37,4% dice conseguirlo en casa de amigos o conocidos, pero casi la mitad asegura haberlo comprado directamente en tiendas de barrio o discotecas, y un 40% en bares. Los motivos para beber también revelan diferencias de género. La mayoría asocia el alcohol a la diversión y al bienestar, pero entre las chicas es más frecuente el consumo ligado a la gestión emocional: beber para sobrellevar la tristeza o estados depresivos.
El coste emocional de no beber
¿Por qué bebo?, ¿qué pasaría si no lo hiciera?, ¿estoy decidiendo yo o simplemente repitiendo lo que hacen los demás? Para la psicóloga sanitaria y analista del comportamiento Elena Daprá, el foco del malestar no suele estar en quien decide no beber, sino en lo que esa decisión pone frente al espejo del grupo. "Cuando alguien no bebe no está cuestionando explícitamente a los demás, pero rompe la ilusión de unanimidad, y eso genera incomodidad", explica a Público. Esa presión se intensifica en fechas señaladas como la Navidad. "Se activan mandatos emocionales muy claros: celebrar, brindar, relajarse, pasarlo bien. Y ahí aparecen formas de presión sutiles, pero constantes: bromas del tipo 'una copita no pasa nada', insistencias cariñosas —'es Navidad'—, miradas, silencios incómodos o la exigencia implícita de dar explicaciones". No suele tratarse de una presión agresiva, subraya, pero sí persistente, sostenida sobre la idea de que rechazar el alcohol equivale a rechazar la celebración o incluso al propio grupo.
Elena Daprá, psicóloga sanitaria: "Que alguien tenga que justificarse por no beber habla de una dificultad colectiva para respetar límites"
"El alcohol ocupa un lugar emocionalmente sobredimensionado en nuestra cultura", concreta. El hecho de que alguien tenga que justificarse por no beber revela, a su juicio, hasta qué punto el consumo se considera la norma y cualquier desviación se percibe casi como una "anomalía". "También habla de una dificultad colectiva para respetar límites, sobre todo cuando esos límites cuestionan hábitos propios. Aceptar un 'no' sin pedir explicaciones sigue siendo una asignatura pendiente".
Elegir no beber también puede tener un coste emocional. "Aparece la sensación de aislamiento, de ser 'el raro', de estar siempre alerta o justificándose. En algunos casos afecta al sentido de pertenencia, que es clave en la juventud". Pero hay otra cara de la moneda. Cuando la decisión está bien integrada y sostenida desde la coherencia personal, prosigue, puede reforzar la autoestima y consolidar una identidad más sólida. Daprá observa, además, un cambio. "Hay una mayor conciencia sobre la salud mental, el autocuidado y la autenticidad. Muchos jóvenes ya no entienden el ocio como una evasión química, sino como experiencia, conexión y bienestar". La sanitaria lo define como "una redefinición del placer y de la forma de relacionarse", más alineada con cómo quieren vivir y sentirse.

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