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Santiago de Compostela El peregrinaje a Compostela: un camino solitario y de restricciones por la covid

El peregrinaje a la capital gallega se ha visto afectado desde el comienzo de la pandemia por las limitaciones de movilidad entre territorios. El número de caminantes internacionales ha caído y los visitantes han tenido que adaptarse a las restricciones de los distintos lugares por los que marchaban.

Dos peregrinos en la Praza do Obradoiro, Santiago de Compostela.
Dos peregrinos en la Praza do Obradoiro, Santiago de Compostela. — Alba Tomé

Las calles de Santiago de Compostela están irreconocibles. Vacías, con bares y restaurantes cerrados y con una Praza do Obradoiro que se hace desierta y silenciosa sin centenares de peregrinos al frente de la Catedral. Los que deciden emprender esta aventura, más fatigosa este año, son turistas nacionales o del país vecino Portugal. Hasta que llegan a la meta, las medidas restrictivas por la covid-19 van mudando a lo largo del viaje, que se suman a las que ya forman parte del día a día: mascarilla y distancia con los demás viajeros.

La afluencia de peregrinos en verano superó a la que está habiendo este otoño debido a la crítica evolución de la segunda ola en el Estado y a la diferencia epidemiológica entre comunidades. Aunque Galicia en la primera ola no salió tan mal parada en comparación con otras autonomías, el turismo veraniego y la baja inmunidad de la población gallega son factores que, según los expertos sanitarios, provocan que la pandemia esté golpeando esta vez con más fuerza al noroeste. El aumento de casos y el nivel máximo de alerta (más de 112 positivos) han provocado que el Gobierno autonómico decrete restricciones en la capital gallega, entre ellas, la prohibición de reuniones con personas no convivientes y este viernes, la Xunta ordenó el cierre perimetral de las todas las ciudades gallegas, una medida que estará vigente mínimo hasta el martes: Vigo; A Coruña y Arteixo; Santiago, Ames y Teo; Ferrol, Narón, Fene y Neda; Pontevedra, Poio y Marín, Vimianzo y Lugo.

Los peregrinos que están en Santiago de Compostela podrán salir de la ciudad y los que ya hayan iniciado la ruta el viernes pueden hospedarse, pero no podrán instalarse en las localidades perimetradas. Al fin y al cabo, los distintos municipios pueden limitar accesos, movilidad interna y restricciones en la hostelería, y los turistas del Camino, al igual que la población del territorio, tienen que acatar las nuevas normas. Algunos que ya se han ido de Galicia han tenido que esquivar confinamientos en otras comunidades, como en el caso de León, donde la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla ha puesto un servicio gratuito de autobús para esquivar el confinamiento de la región. Según ha informado la Consellería de Sanidade, el cierre de las ciudades gallegas viene dado para limitar la movilidad por la festividad de Todos los Santos, una celebración muy arraigada en la comunidad por el "Samaín" y una de las noches más mágicas que se viven en Galicia.

Suenan las campanas en la Praza do Obradoiro y algunos recién llegados aún no saben que serán los últimos peregrinos en pisar la plaza por lo menos en varios días, hasta un nuevo aviso de la Administración autonómica para levantar las restricciones. Aunque el Camino sea atípico por la covid-19 y se haya abierto aún el 1 de julio por el confinamiento, los datos todavía resisten. A principios de octubre y según informa la Oficina al Peregrino de Santiago, sellaron la Compostelana –diploma que acredita el fin de la ruta– un total de 10.441 caminantes, 77% menos que en 2019. Fue agosto el mes que salvó el parón por la crisis sanitaria, pero reconocen que el otoño está siendo más flojo.

Son las doce del mediodía y se cuentan los peregrinos con los dedos de una mano. Llegan por parejas o en grupos de tres personas y levantan la mirada para observar la Catedral de Santiago. Con la distancia de seguridad pertinente, se saludan los que ya han coincidido por el camino, y algunos dudan si pasarse el móvil para pedir una foto, pero no se pueden ir sin ella. Los geles desinfectantes están en los bolsillos y se sacan las mascarillas para congelar el momento. No podrán despedirse con abrazos.

Las voces que se escuchan son en su mayoría españolas y portuguesas. Portugal ha decretado el cierre total del país, y también las comunidades de Asturias y Castilla y León, por lo que Galicia está aislada por carretera. Rui y André, dos turistas portugueses, llegaron en bicicleta a la capital y ante las limitaciones que está estableciendo su país, han apurado su ruta acortándola un par de días. "Nos habría gustado disfrutar un poco más del Camino", cuenta Rui. Se han alojado en hostales privados, al igual que la mayoría de los caminantes, ya que se sienten más seguros en estos establecimientos. Aseguran que se han respetado todas las medidas de seguridad y que no han tenido ningún problema, y los que han optado por los albergues de la Xunta que continúan abiertos, también.

Una pareja de peregrinos en la Praza do Obradoiro — ALBA TOMÉ

"La mascarilla nos la hemos quitado por el camino", cuenta una pareja extremeña, y al igual que ella, coinciden el resto de los peregrinos con los que se ha contactado para este reportaje. "Es imposible caminar tanto con la mascarilla. No hay casi peregrinos, cuando te cruzas con alguno por respeto te la subes, pero en las zonas por las que caminamos no hay nadie", explica Beatriz. Algunos de ellos no sabían que Compostela podría acabar cerrada al día siguiente por la alta incidencia del virus. "Qué pena. Hacer el Camino de Santiago es totalmente seguro. Caminas prácticamente solo, sólo vas con tu acompañante", señala una mujer ferrolana.

Todo ha cambiado este año para los que recorrieron y pedalearon kilómetros y kilómetros hasta conseguir la Compostelana: los peregrinos tienen que reservar previamente el albergue de manera online, de los cuales algunos no estarán abiertos; tendrán que registrarse en la Xunta nada más llegar a Galicia -al igual que cualquier viajero- para establecer un control por posibles rebrotes; las visitas a la Catedral de Santiago están limitadas a un aforo de 200 personas pero con señalizaciones concretas, sin abrazos al Apóstol y con misas también restringidas.

El coronavirus ha dado calabazas al peregrinaje a vísperas del Xacobeo 2021, a dos meses de comenzar el Año Santo. Han pasado once años desde el último- debe coincidir la festividad del Apóstol Santiago, 25 de julio, en domingo- y por ello se esperaba un trasiego importante en Compostela. Por el momento, la incertidumbre impera en el territorio y la Administración apenas puede ser concisa. Lo que sí, ha informado de que la Xunta adaptará la programación y descentralizará el Camino de Santiago para potenciar el Xacobeo y promover Galicia como un destino seguro, otorgando más importancia a los pequeños municipios, pero todo dependerá de la evolución del coronavirus, que ya ha registrado los niveles máximos de alerta de toda la segunda ola en Santiago.

Praza do Obradoiro sin peregrinos — ALBA TOMÉ

La recuperación económica parece estar muy lejos para la hostelería de la zona, y los comerciantes del "casco vello" compostelano y los bares y restaurantes se han hartado de las normas de la Xunta que consideran demasiado estrictas. Santiago, debido al nivel tres de alerta, es uno de los lugares más restrictivos porque prohíbe la apertura de los interiores con un máximo de cinco comensales en los restaurantes, también para las terrazas. El 30% del sector hotelero ya echó el cierre temporal y esta semana ha salido a las calles para protestar por las prohibiciones, las cuales impiden que el poco turismo que llega a Santiago consuma en sus locales. El sector cimienta su discurso en los datos del Ministerio de Sanidad, que reflejan que solamente un 2,1% de los brotes tuvieron lugar en locales de ocio.

La covid-19 ha provocado un año atípico para el Camino de Santiago y ha tumbado las tradiciones del Samaín, aunque algunas, debido a la geografía gallega, se puedan celebrar en las aldeas, como las hogueras con ramas de tejo para ahuyentar a los malos espíritus, "lareiras" que se quedan encendidas para calentar los interiores fríos y húmedos de los hogares. En Galicia, durante el 31 de octubre, no se salía de casa por miedo a encontrarse a la Santa Compaña. Cuentan algunos mitos que en el rural se cerraban las puertas y las ventanas con temor a que los trasgos entrasen en las casas y trajesen maldiciones a la familia, pero también que los más místicos se quedaban despiertos toda la noche, mirando de reojo a la espera de que se acercasen las hadas y trajesen buena suerte.

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