Puerto Hurraco y el mito de la España cainita
Una serie donde se analizará de manera crítica diferentes casos de 'true crime' en España.
Madrid--Actualizado a
Es agosto de 1990 y a la España de Felipe González no la conoce ni la madre que la parió. La aristocracia de rancio y endogámico abolengo, narices aguileñas, ropas oscuras, joyas heredadas y pesados visones y los arribistas que se hicieron de oro durante el franquismo se codean ahora con los trepas del felipismo, más jóvenes y atractivos con su prêt-à-porter colorido, joyas de diseño y abrigos de Elena Benarroch. Las televisiones privadas han desembarcado con su ejército de Mama Chichos y con Los Simpson, y Jesús Gil pasa de estrella televisiva a alcalde de Marbella. Estrenamos trenes de alta velocidad y, para compensar que perdimos Eurodisney, levantamos nuevos parques de atracciones suntuosos y en el horizonte se vislumbran ya los oropeles y fanfarrias de las Olimpiadas y la Expo. Pero no todo son buenas noticias, pues ETA sigue asesinando y Aznar se hace con la presidencia del PP.
España es joven, próspera, eficiente, alegre, colorida, moderna, divertida, atractiva. Ha dejado de ser diferente y sueña con ser Europa. Un país que cree que ha conseguido dejar atrás su leyenda negra, esa que habla de una España de cerrado y sacristía, de odios cainitas, de miseria y venganzas que se cuecen a fuego lento durante generaciones. Pero despertará de golpe de ese sueño cuando, tras casi un siglo de rencillas entre dos familias, el 26 de agosto de 1990, dos hermanos consuman su venganza dejando un reguero de muertes en el pequeño pueblo extremeño de Puerto Hurraco.
El concepto de España negra nace, como casi todos los tópicos patrios, en el siglo XIX. Es un término artístico que designa obras que reflejan escenas tenebrosas de una España anclada en la religiosidad, la superstición, el hambre, el analfabetismo y la pobreza. Frente a la España blanca de Sorolla, artistas como Gutiérrez Solana ilustran un país pobre y atrasado, atado a las tradiciones y lastrado por una religiosidad castradora. Una España de caciques y señoritos, de curas y odios. Esa España que se alzará en 1936 contra la II República y que volverá a imponer su lógica de muerte, ignorancia y represión durante casi cuarenta años. Sin embargo el término comenzará a usarse como sinónimo de la crónica criminal, especialmente cuando hace referencia a crímenes cometidos en esa España rural que desprecia con indisimulado esnobismo la prensa capitalina.
Pero la España negra es el fruto de decisiones políticas conscientes y de la dejadez sistemática y el abandono por parte de las élites políticas, económicas, culturales y religiosas. Y con el siglo XX entrando en su recta final, en plena democracia y siendo parte de la Unión Europea, todavía muchos municipios españoles carecían de agua corriente, alcantarillado y alumbrado público. En Puerto Hurraco, una pedanía del municipio de Benquerencia de la Serena, en Badajoz, que era poco más que una estrecha calle con casas a ambos lados, la electricidad no había llegado hasta los años setenta, y en 1990, el año de la tragedia, el agua corriente y el asfaltado de las calles eran dos lujos que disfrutaban los vecinos y vecinas desde hacía tan solo seis años. Con 206 habitantes censados, solo unos ciento treinta vivían en el pueblo todo el año; el resto había emigrado, aunque regresaban cada verano. La entrada en la Unión Europea había llevado al pueblo cierta prosperidad gracias a las subvenciones y al dinero de los migrantes, que se había invertido en arreglar las casas familiares. Nada parecía distinguir a esta pequeña pedanía del resto de las miles de pedanías y pueblos pequeños que se iban vaciando poco a poco hasta que el 26 de agosto de 1990 los hermanos Izquierdo, vestidos de cazadores y tras tomarse un Lexatin para que no les pudieran los nervios ni les fallara la puntería, tiñeron de sangre la calle principal de Puerto Hurraco.
Aunque las rivalidades personales entre la familia Cabanillas, las víctimas, y la familia Izquierdo, los ejecutores, se remontan a los orígenes de Puerto Hurraco a finales del siglo XIX, lo cierto es que ambas familias se habían ido casando entre ellas a lo largo de las generaciones, lo que no evitó las peleas, las puñaladas y las palizas entre ellos. Pero el punto de no retorno se producirá en 1967 cuando, en represalia por una tangana en la que una de las hermanas Izquierdo se rompe un brazo, Jerónimo Izquierdo asesina a Amadeo Cabanillas de una puñalada. Desde ese momento los Izquierdo vivirán aislados y recluidos en su casa, regodeándose en la tragedia, victimizándose y alimentando entre ellos la paranoia de que todo el mundo les persigue.
En 1981 Jerónimo Izquierdo sale de prisión y se instala en Barcelona, mientras sus dos hermanos y sus dos hermanas viven con la obsesión de que algún día los Cabanillas se vengarán de ellos. Dicen sentirse perseguidos, vigilados y acosados. Puerto Hurraco vive en una calma tensa que se verá interrumpida en 1984 cuando el fuego destruya la casa de los Izquierdo y acabe con la vida de la matriarca, Isabel.
Convencidos de que el incendio ha sido provocado, y de que los Cabanillas no se darán por satisfechos hasta acabar con todos ellos, los Izquierdo se trasladan a Monterrubio, donde viven semi enclaustrados y sin herramientas ni ayuda externa para superar el duelo por la muerte de su madre. Luciana y Ángela, de luto riguroso y aparentando veinte años más de los que tienen, solo bajan a Puerto Hurraco para arrodillarse teatralmente frente al cuartel de la Guardia Civil y suplicar justicia por su madre.
Los Izquierdo viven con el miedo constante a ser atacados. Las hermanas dicen escuchar un zumbido que atribuyen a que les han puesto una bomba en casa y desenchufan todos los electrodomésticos, pero el zumbido no desaparece. La casa está siempre cerrada a cal y canto y no se permite entrar a nadie. Las pocas veces que las hermanas salen de casa gritan a todo aquel con el que se cruzan. También se las escucha maldecir a los Cabanillas.
Solos, aislados y convencidos de que los quieren asesinar y que la muerte de su madre ha quedado impune, en una época en que se ignora la salud mental y sin lazos con la comunidad ni servicios sociales que puedan paliar el precario equilibrio mental y la paranoia de la familia Izquierdo, solo es cuestión de tiempo que algo terrible suceda.
En agosto de 1986 Jerónimo Izquierdo regresa a Puerto Hurraco dispuesto a vengar a su madre. Diecinueve años después de haber asesinado a Amadeo, acuchilla a su hermano Antonio Cabanillas, que queda gravemente herido pero que logra salvar la vida. Jerónimo es detenido e ingresa en un psiquiátrico para fallecer a los nueve días. Tras la muerte de este, Antonio y Emilio entienden que la obligación de vengar a su madre recae ahora sobre ellos.
Llevarán a cabo una venganza fría, calculada, inmisericorde, violenta e irracional que en veinte minutos acabará con la vida de nueve personas, entre ellas dos hermanas de catorce y doce años -las hijas de Antonio-, y dejará a otras doce heridas de gravedad y a un pueblo entero dañado para siempre, conmocionado, eternamente de luto e incapaz de borrar y olvidar la matanza sin sentido provocada por los hermanos Izquierdo en una calurosa noche de agosto. Mientras sus hermanos huían, las hermanas Izquierdo viajaban en tren con la intención de entrevistarse con Felipe González y exigirle justicia por la muerte de su madre. Serán detenidas en Atocha y vivirán el resto de su días en un psiquiátrico. En el año 2010 Antonio Izquierdo se quitará la vida en prisión. No quedaba ya nadie que le llorase, pues su hermano y sus hermanas habían fallecido unos años atrás.
En Puerto Hurraco ningún vecino porta ya Izquierdo como primer apellido, y el Cabanillas lo tienen de apellido principal solo dos de las víctimas supervivientes. Con el paso de los años desaparecerán, no así el recuerdo del crimen terrible cometido por los Izquierdo. Una masacre de la que nunca se arrepintieron y de la que solo ellos son responsables, pero que también nos recuerda que el abandono sistemático, el aislamiento, la pobreza, la ignorancia y el acceso a las armas son el caldo de cultivo de nuestras peores pesadillas
Porque la llamada España negra y el atávico instinto cainita español, que algunas narrativas reaccionarias gustan tanto de alimentar y perpetuar, no es más que un mito con el que se pretende ocultar que este tipo de violencia es el fruto de más de dos siglos de abandono, saqueo y desprecio hacia las clases populares, especialmente las que viven en el medio rural, por parte de la clase política, las élites y las instituciones. Puerto Hurraco fue, en parte, el resultado de esa España que nunca importa a nadie hasta que ya es demasiado tarde.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.