Las terribles secuelas de las víctimas de abusos sexuales: aislamiento, depresión e ideas suicidas
Las víctimas de las agresiones en la Iglesia plantean reformas para que la atención psicológica y psiquiátrica esté financiada por el Estado: "No todo el mundo puede mantener [el pago de terapia]".

"La víctima es la que tiene que decir. Siempre lo hemos mantenido. Hay víctimas que necesitan las terapias. Habría que hacer una reforma a nivel de sanidad para que las víctimas [de abusos sexuales] en todos los ámbitos sean atendidas de forma gratuita. No todo el mundo puede mantener [el pago de terapia] y es super necesaria. Hay gente con secuelas graves, que muchos arrastran de por vida. Muchas [víctimas] se ven sometidas también a una exclusión laboral. El Gobierno debería crear una bolsa de trabajo".
Estas son reivindicaciones que plantea Juan Cuatrecasas, portavoz de la Asociación Nacional Infancia Robada (ANIR), en conversación con Público. La víctimas fueron recibidas en Moncloa este viernes por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El acuerdo firmado este jueves entre el Gobierno y la Iglesia católica para que las víctimas de abusos sexuales que ya no tienen acceso a la Justicia ordinaria —porque su caso ha prescrito o porque el agresor ha muerto— obtengan una reparación, no solo económica, ha puesto sobre la mesa de nuevo las graves secuelas que provocan estas agresiones.
El trabajo del Defensor del Pueblo, que tiene recopilados 681 testimonios (entre directos e indirectos) de víctimas de abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia, ha documentado (en este caso a partir de los testimonios directos) lo que a estas personas les sucedió tras la agresión y ha constatado que "las experiencias adversas y de victimización en la infancia y la adolescencia son una fuente importante de problemas y dificultades a lo largo de la vida de las víctimas".
El 83,65% de las víctimas que contaron su caso a la Oficina del Defensor desarrollaron problemas emocionales y de conducta; el 54,69%, de relación; el 47,99%, funcionales (los relacionados con el sueño y el abuso de sustancias); el 40,48%, sexuales y el 17,96%, cognitivos, según se puede leer aquí, en el estudio.
El informe del Defensor —que siguió en esta clasificación los estudios y trabajos de los mayores expertos en la materia, como los de Noemí Pereda, de la Universidad de Barcelona— recoge: "Los resultados de diversos estudios sugieren que la experiencia de victimización, en un período de alta plasticidad neuronal como es la infancia, provoca alteraciones en el desarrollo cerebral, causando un daño permanente en la estructura y el funcionamiento de un cerebro aún en desarrollo. Esto, a su vez, parece conllevar problemas de relación, desregulación del estado de ánimo y la conducta, así como múltiples problemas sociales y emocionales en etapas posteriores".
Para el caso específico de los abusos en los entornos eclesiásticos, sus consecuencias, según el estudio, "son similares a las que manifiestan las víctimas" que sufrieron la agresión en otros contextos, pero añade: "Es una experiencia que genera fuertes sentimientos de traición y desconfianza. La falta de credibilidad y el secreto que acompañan la victimización sexual por parte de religiosos incrementa el riesgo de desarrollar depresión, vergüenza y sentimientos de indefensión", agrega el informe.
Así, además de las similitudes con las otras formas de abusos, el Defensor encuentra también "síntomas importantes de crisis espiritual y de creencias". Así, expresa el trabajo: "El malestar espiritual se ha asociado con un mayor malestar psicológico. Los sentimientos de rabia hacia dios pueden ser uno de los más potentes y consistentes predictores de una pobre salud mental en víctimas de abuso sexual por representantes de la Iglesia. El trauma derivado del abuso sexual destruye creencias centrales para el ser humano, como la de un mundo benevolente y justo, aspectos importantes de la espiritualidad".
Los casos documentados por el Defensor detallan en qué consisten los trastornos en las cinco categorías definidas. Así, los principales problemas emocionales y de conducta son los síntomas postraumáticos (un 32% declara tenerlos), depresivos (un 35,12%), sentimientos de culpa (un 28,95%), ansiedad (un 27%) e ideas suicidas (un 20%).
"Si bien el trastorno por estrés postraumático —añade el informe— es quizás la consecuencia psicológica más frecuentemente estudiada en menores víctimas de violencia, las manifestaciones de la violencia no pueden circunscribirse, exclusivamente, al desarrollo de este trastorno. Por ejemplo, en muestras de niños y jóvenes se constata que la victimización incrementa la probabilidad de desarrollar sintomatología internalizante, de cariz depresivo, y externalizante, relativa a la ira y la agresividad".
Todo ello se traduce en problemas en las relaciones personales —el 32% tiene dificultades en las relaciones de pareja, el 24% padece aislamiento social— y funcionales: el 20% padece problemas de sueño, el 14% rechaza los contactos físicos y otro 8% rechaza darlo. Además, el 14% afirma haber abusado de sustancias. Los problemas de tipo sexual aparecen también: un 28,95% declara tener una sexualidad disfuncional. Entre los problemas cognitivos, un 16,89% ha tenido un bajo rendimiento escolar.
"Más a largo plazo, se ha observado que la violencia aumenta el riesgo de sufrir diversos tipos de trastornos en algún momento de la vida, vinculados, principalmente, a ansiedad, depresión y abuso y dependencia de sustancias tóxicas. Cabe añadir que la experiencia de violencia en los niños, niñas y adolescentes puede conllevar graves consecuencias psicosociales a largo plazo", agrega el trabajo.
Así resume el Defensor lo que sucede en algunos casos: "La victimización sexual en edades tempranas destruye la confianza del menor en tres esferas que son los pilares fundamentales para un correcto desarrollo. Destruye la confianza en uno mismo, lo que supone una baja autoestima, un autoconcepto negativo, la percepción de no valer nada, de no ser merecedor de afecto, con frecuentes síntomas de ansiedad y depresión. Destruye la confianza en los demás, lo que imposibilita las relaciones interpersonales, familiares, con la pareja y los hijos. Se da una desconfianza generalizada, baja empatía, uso de la violencia como forma de relación, aislamiento e incluso conducta antisocial. Y destruye la confianza en el futuro, que genera desesperanza, falta de fe en el futuro, no se cree en el cambio, sentimiento de impotencia y desesperación".

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