De Trump a Rosalía: qué tiene que ver el petróleo con los machos alfa que se sienten amenazados
La noción de la 'petromasculinidad' ayuda a leer el auge del autoritarismo, el militarismo y la reacción antifeminista en un mundo en plena crisis climática. Los combustibles fósiles siguen calando en nuestras identidades.

Madrid-
El secuestro político de Venezuela por parte de EEUU, las amenazas sobre Groenlandia o la brutalidad en Palestina han sido explicados desde varios ángulos: geopolítico, económico, jurídico... Pero los envalentonamientos ultraderechistas de magnates como Donald Trump, sin embargo, pueden pensarse a partir de otra arista, quizá más normalizada y por ello desapercibida. ¿Qué relación existe entre su impulso militarista, la demostración de fuerza y el sentir de unas élites masculinas que desde hace un tiempo se sienten amenazadas desde distintos frentes?
El concepto de petromasculinidad permite abrir ese margen interpretativo o, si se quiere, elucubrativo. Formulado por la politóloga Cara Daggett, esta intuición alude a "una forma de subjetividad masculina ligada al motor de combustión, la fuerza, la velocidad y el dominio". Una idea que permite atender en qué medida determinadas decisiones políticas pueden leerse como puestas en escena del poder varonil y su aspiración de ejercer control sobre todo, incluidos los recursos naturales del planeta. Sentimiento que parece haber resurgido en un momento marcado por la crisis climática y la reacción antifeminista.
El petróleo, desde esta perspectiva, opera como símbolo de estabilidad, de continuidad y de resistencia frente a un tiempo ante todo transitivo. Defenderlo es, también, defender un orden. Un orden que se siente amenazado tanto por el colapso ecológico como por el cuestionamiento -en palabras de la experta en transición ecológica Alba Del Campo- hacia las élites y el desplazamiento de los "centros de poder" de género y coloniales.
Desde esta clave se entienden mejor ciertos liderazgos contemporáneos. "Los casos de Elon Musk, Peter Thiel o Trump resultan paradigmáticos. En la exposición vinculamos dos ansiedades contemporáneas que podrían explicar este fenómeno: la ansiedad fósil y la ansiedad de género (...) Es un fenómeno que afecta especialmente a poblaciones blancas, es decir, hombres blancos cabreados", señalan Gemma Barricarte y Jaime Vindel, comisarios de la exposición ¡Aquí hay petróleo!, actualmente expuesta en el Círculo de Bellas Artes (CBA) de Madrid. Una estética del exceso, de la provocación y del desprecio por los límites que ahora se asimila como virtudes políticas.
¿Se acota a una época o ideología concretas?
"Los combustibles fósiles durante la modernidad industrial se han vinculado a diversos regímenes políticos, desde los fascismos históricos hasta el socialismo real, pasando por las democracias liberales. En todos ellos encontramos una serie de imaginarios que vinculan el ejercicio del poder masculino a la combustión del carbón, el petróleo y sus derivados", reflexionan Barricarte y Vindel. "Un amigo cubano me comentó que las imágenes que mostramos en la exposición de Mussolini o Abascal en tractor como símbolos del arrojo y el compromiso del liderazgo carismático pueden hallarse igualmente en la Cuba post-revolucionaria. Es cierto. Lo que pensamos que otorga singularidad a las culturas petromasculinas actuales es lo que tienen de carácter reactivo", matizan los comisarios del CBA.
Una de las cuestiones que la exposición analiza "es el modo en que la derecha y la extrema derecha y sus imaginarios petromasculinos se inscriben tanto en relación con las herencias del franquismo como en relación con el trumpismo". Barricarte y Vindel destacan que "fue durante la dictadura militar cuando se hicieron compatibles los reclamos de una defensa de la naturaleza patria y sus recursos naturales, en un contexto de aislamiento internacional y de pérdida de las colonias, con una adhesión inquebrantable a la geopolítica global del petróleo, supeditada al imperialismo de Estados Unidos".
En España, Vox no hace sino "reeditar esa configuración histórica, aferrándose a una idea soberana de la naturaleza y la identidad de la nación que excluye cualquier elemento percibido como perturbador (ya sea un enemigo externo -el emigrante- o interno -lo woke-)", razonan los comisarios. Posición, en todo caso, que no impide a los de Santiago Abascal exhibir "un carácter servil con el imperio, que nos puede convertir de facto en una terminal europea de MAGA. En este contexto, la defensa de la transición a las renovables adquiere un carácter que va mucho más allá de la discusión energética. Debe ser entendida como un cortafuegos del fascismo fósil y como una oportunidad para impulsar otro modelo civilizacional".
Barricarte y Vindel recuerdan que, en una entrevista, "Cara Daggett hablaba de que las compañías petroleras y los petro Estados han logrado crear un deseo por el petróleo barato y una nostalgia por un estilo de vida suburbano difícil de abandonar, especialmente en públicos atrapados en infraestructuras y modos de vida energéticamente intensivos". Para estos públicos, "sería necesario desarrollar estrategias conscientes que fomenten deseos por formas de vida menos extractivas, complementando los esfuerzos críticos que abogan por el fin del capitalismo extractivo desde una perspectiva moral y ética".
¿Está igual de presente en todos los estratos sociales?
Los comisarios exponen que "hay una clara diferencia entre la petromasculinidad de los líderes políticos como Trump, Milei o Musk y la de las clases trabajadoras. Y esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de pensar e imaginar un mundo alternativo a la distopía que proponen (...) Hay iniciativas interesantes, por ejemplo desde el ámbito digital -que a día de hoy es un campo de batalla central de disputa imaginaria-, enfocadas precisamente a re-elaborar estas construcciones identitarias y este tipo de afecto emergente. En el caso de España, iniciativas como la de Broders está destinada precisamente a abrir un espacio de re-elaboración afectiva y de redefinición de la identidad masculina".
También Alba Del Campo se encuadra en esta "mirada ecosocial y dentro de la ecofeminista sistémica o crítica" y "plantea un marco teórico de análisis y el reconocimiento" de estas "prácticas y resistencias". En resumen, "una comprensión crítica de lo que sucede que pone en el centro la vida y cuestiona y combate las violencias ejercidas y las relaciones de poder heredadas".
El "éxito" y la "sexualidad" de los coches
El escritor Paul B. Preciado, en el mismo sentido, propone en Dysphoria mundi (Anagrama) entender este entramado como parte de un régimen al que denomina "capitalismo petrosexorracial", definido como "aquel modo de organización social y aquel conjunto de tecnologías de gobierno y de la representación que surgieron a partir del siglo XVI con la expansión del capitalismo colonial" y que, en términos energéticos, "depende de la combustión de energías fósiles altamente contaminantes y generadoras de calentamiento climático". En este régimen, la dominación -como también mencionaban Barricarte y Vindel- es sobre todo "sensorial", corporal y simbólica: una forma de habitar el mundo que explota tanto cuerpos como territorios, que erotiza la posesión. El automóvil, el arma de fuego y la máquina industrial funcionan como prótesis del cuerpo masculino, ampliando su capacidad de penetración, destrucción y control a gran escala.
Preciado retoma esta idea al situar el automóvil como objeto mítico central de la modernidad industrial, recordando con Roland Barthes que "el automóvil era a la sociedad de la posguerra lo que la catedral gótica había sido a la sociedad medieval". Si la catedral organizaba el cuerpo y la sensibilidad del creyente en torno a un orden trascendente, el coche lo hace en torno a la combustión, la velocidad y el consumo. Jorge Dioni López lo formula en La España de las piscinas (Arpa Editores) cuando escribe que "el coche no es solo un producto tecnológico para facilitar la movilidad, sino un símbolo", heredero directo del caballo, "un espacio intermedio entre la casa y el trabajo", quizá "el más íntimo y personal". En ese espacio cerrado, climatizado, móvil y privatizado, el sujeto masculino encuentra una ilusión de control que la vida social ya no le garantiza.
Dioni recuerda que "le damos todo al coche": "Le hemos dejado ocupar el espacio, marcar la planificación, ensuciar las ciudades, contaminar el aire, matarnos lentamente o matarnos deprisa", porque condensa valores centrales del imaginario moderno de "independencia", pero también "éxito y sexualidad".
La petromasculinidad, por consiguiente, se sostiene en una pedagogía constante del movimiento. Hay que circular, reaccionar, estar disponible. "Hay que estar ocupado", dice Dioni. Todo debe poder moverse sin trabas, "todo lo que tenga la capacidad económica de hacerlo". Algo llamativo que se plantea en la exposición ¡Aquí hay petróleo! es que esta lógica, ya sentido común, se in-filtra en todos los ámbitos. No en vano el famoso álbum de Rosalía se llama Motomami. La catalana motorizada tampoco escapa al poder del oro negro.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.