Vitoria, 1976: 50 años de la huelga que dinamitó la pesadilla del franquismo sin Franco
Poco después de la muerte del dictador un movimiento asambleario irrumpía en una ciudad que Fraga comparó con "el sóviet de Petrogrado".

Diego Díaz Alonso
Vitoria-
"Pasando hambre". Así respondían un grupo de mujeres a la pregunta de cómo las familias obreras podían estar resistiendo dos meses de huelga en la industria vitoriana. Era febrero de 1976 y unos periodistas madrileños acudían a la capital alavesa para escribir un reportaje sobre una huelga inusual, incluso para un país sumido en una fuerte conflictividad social, como era la España de aquel invierno. Lo que había arrancado como un conflicto laboral en Forjas Alavesas y otras empresas de la ciudad, estaba comenzando a expandirse al conjunto de las fábricas de Vitoria-Gasteiz, y al resto de la ciudad, adquiriendo una dimensión cada vez más comunitaria, y no solo laboral, en una capital de provincia que hasta entonces se había caracterizado por su paz social.
Ola de huelgas
Franco había muerto en noviembre de 1975, en medio de una fuerte crisis económica y social de carácter internacional, pero que en el caso español esta crisis poseía además contornos propios. El precio del petróleo se había disparado a consecuencia de la guerra en Oriente Medio y el coste de la vida resultaba asfixiante para las familias trabajadoras. 1976 se iniciaba en España con un reguero de conflictos laborales a lo largo y ancho del país en defensa de aumentos salariales, reducción de las jornadas laborales más largas de Europa Occidental, y también por la amnistía para los presos políticos y las libertades democráticas, para, entre otras cosas, formar sindicatos libres.
Ese mismo febrero de 1976 en el que las mujeres vitorianas respondían a los periodistas que la huelga se resistía "pasando hambre", los conflictos se sucedían en todo el país desafiando la congelación salarial impuesta por el Estado franquista.
Con una fuerte tradición conservadora, Álava había sido en julio de 1936 una de las provincias españolas en las que el golpe de Estado contra la República había gozado de mayor apoyo popular. Por este hecho el franquismo había premiado a las elites alavesas con la consideración de "provincia leal", manteniendo así los derechos forales y la autonomía fiscal que se retiraron a Bizkaia y Guipúzcoa, calificadas por el mismo régimen de "provincias traidoras", por su mayoritario alineamiento con la República.
Las cosas comenzarían sin embargo a cambiar a partir de los años 50 con la industrialización de Vitoria, hasta entonces una ciudad pequeña, conservadora y con escaso peso del sector secundario. Llegados a los años 70 la capital alavesa era ya un potente polo industrial que atraía a trabajadores del resto de la provincia, de otras partes del País Vasco y de toda España.
Un proletariado sin tradición de luchas
Aunque para Begoña Oleaga, llegada desde la conflictiva Bizkaia, Vitoria fuera en 1975 una tranquila ciudad de aroma castellano "en la que no pasaba nada", lo cierto es que desde principios de los 70 comenzaban a existir grupos clandestinos que realizaban actividad política, reparto de propaganda y algunas acciones puntuales. En 1972 tendría ya lugar el primer gran conflicto obrero, en la fábrica Michelin, rompiendo así la paz social que había caracterizado hasta entonces a la ciudad en contraste con otros lugares de Euskadi y del resto de España.
Iñaki Martín, obrero de la industria automótriz, y militante de ETA VI-Liga Comunista Revolucionaria, formaba parte de esas minorías politizadas que pondrían en marcha la oleada huelgística en la ciudad. Sin embargo, cuando él y otros esforzados militantes de la izquierda radical lanzaron las primeras octavillas defendiendo la jornada laboral de 40 horas y una subida salarial de 5.000 pesetas para todas las categorías, no pensaron en ningún momento que su llamamiento fuera a tener la repercusión que finalmente tuvo en una ciudad que parecía dormida, y entre un proletariado con escasa tradición de luchas. Sin ser conscientes de ello estaban sin embargo dando con la tecla adecuada en una clase obrera asfixiada por la inflación y agotada por las jornadas de trabajo interminables, que estaba a punto de romper con su docilidad. "La gente estaba pasando unas penurias enormes. Con las 10.000 o 12.000 que se ganaban en las fábricas no daba para vivir, así que o se hacían horas extras, o se buscaban otros empleos. A lo mejor terminabas el turno en la fábrica y te ibas con una camioneta a repartir butano o lo que tocase" explica Martín. Otra forma de supervivencia era alquilar habitaciones en las casas. "Mi madre era viuda y todos los hermanos dormíamos en la misma habitación para dejar cuartos libres para alquilar", comenta Antoni Txasko, participante en el movimiento y portavoz ahora de la asociación 3 de Marzo.
Asamblearismo e igualitarismo
La popularidad de las reivindicaciones, con un fuerte componente igualitarista, y el éxito del llamamiento a la huelga en buena parte de las empresas, sorprendió a los patronos, al sindicato vertical, y a las propias Comisiones Obreras, hegemonizadas por el PCE, que se vieron desbordadas por la magnitud de un movimiento social, mucho mayor, y que solo reconocía a los delegados de asamblea como interlocutores legítimos para negociar.
El asamblearismo sería la seña de identidad del novísimo movimiento obrero vitoriano. Como todo era nuevo, todo sería también muy horizontal, ya que apenas existían estructuras previas. Las asambleas de fábrica escogían representantes que transmistían las reivindicaciones a la patronal, pero que no podían tomar decisiones por cuenta propia, sin consultar antes a los trabajadores. El ejercicio de democracia obrera sería tan fuerte que llegaría a traspasar los muros de las fábricas, celebrándose varias veces por semana asambleas generales en las que participaban obreros y obreras de todas las fábricas en lucha, pero también otros trabajadores, así como estudiantes y amas de casa.
Begoña Oleaga, que entonces trabajaba en una de las fábricas que no se encontraba en huelga, se sumaría al movimiento a través de la Asamblea de Mujeres, un organismo surgido en un principio para apoyar la lucha de los maridos, por ejemplo recogiendo donaciones en metálico y en especie para la caja de resistencia, pero que con el tiempo llegaría adquirir entidad propia y abriendo debates que iban más allá del salario, planteando problemas como el de la falta de vivienda, de guarderías y de servicios públicos. "Aquello fue una escuela para todas. Algunas mujeres eran incluso analfabetas, pero en el transcurso de la lucha todas iríamos cogiendo fortaleza, lo que ahora llamaríamos empoderamiento. Unas pocas tenían más conciencia política, pero la mayoría no tenían ninguna experiencia previa. Recuerdo por ejemplo a una que dijo que había que ganar la huelga también porque los maridos siempre pagaban las frustraciones de la fábrica con las mujeres".
El sóviet de Vitoria
Esta dimensión cada vez más comunitaria, y no solo laboral del conflicto, con una creciente solidaridad de sectores no obreros de Vitoria, encendería las alarmas del Régimen, crecientemente preocupado por un conflicto periférico, y al que hasta entonces no se había prestado excesiva atención. Manuel Fraga, ministro de Gobernación y hombre tendente a la hipérbole, llegaría incluso a comparar lo que se vivía en Vitoria con el Sóviet de Petrogrado durante la Revolución rusa. El 3 de marzo un fortísimo despliegue policial ponía fin al movimiento con la represión de una asamblea general celebrada en la Iglesia de San Francisco. Cinco trabajadores resultarían muertos y otro medio centenar herido, algunos de extrema gravedad como Antoni Txasco, que perdió gran parte de la visión a causa de la paliza de los policías.
La violencia policial liquidaría el movimiento huelguístico, pero involuntariamente provocaría también el fin del proyecto de un "franquismo sin Franco". El régimen se desacreditaba una vez más ante la opinión pública internacional, pero también ante los sectores más lúcidos de la propia burguesía española, que intuían que la democratización del Estado podía ser más útil para lograr la paz social que el empeño de los sectores más recalcitrantes del régimen por mantener a sangre y fuego la dictadura. Si el franquismo había nacido en los años 30 principalmente para reprimir y contener al movimiento obrero, en 1976 el régimen ya no estaba resultando funcional a la clase dominante que lo había sostenido desde la Guerra Civil. Como expone el historiador Xavier Domènech en su obra Lucha de clase, franquismo y democracia de qué servía mantener la prohibición de hacer huelgas cuando España era en la práctica uno de los países con más conflictividad social del mundo. En julio de 1976 el Rey Juan Carlos I apartaba a Carlos Arias Navarro de la presidencia, y encargaba la formación de Gobierno a Adolfo Suárez con un mandato muy claro: retomar la iniciativa frente a una oposición antifranquista a la que la matanza de Vitoria había logrado por fin cohesionar en Coordinación Democrática, la llamada "platajunta", producto de la fusión de la Junta Democrática, liderada por el PCE, y la Plataforma de Convergencia Democrática, impulsada por el PSOE.
Iñaki San Martín destaca que a pesar del sufrimiento y la represión, las huelgas del 76 lograron sus objetivos laborales y consolidaron una cierta cultura asamblearia en las fábricas que se mantuvo por lo menos hasta los años 80. El radicalismo obrero sin embargo no tuvo una plasmación electoral. Cuando en 1977 se pudo votar "creíamos que iba a haber un voto a la izquierda radical, pero apenas sacamos nada". El PSOE, el PNV y UCD fueron de largo los tres partidos más votados por la ciudadanía. Apenas había pasado un año del "sóviet de Vitoria".
Memoria de futuro
Begoña Oleaga destaca en todo caso que "la ciudad cambió para siempre", aunque eso no tuviera un reflejo electoral tan claro o directo: "Aparecieron el movimiento feminista, el antimilitarista, los gaztetxes, las radios libres, la reivindicación del euskera".
Juan Ibarrondo, al que las huelgas de 1976 le pillaron siendo un adolescente, formó parte de esa contracultura que emergió en la capital alavesa en los años 80, y que para él "es directamente heredera de la autonomía obrera de los 70", con personas concretas como Jesús Naves, ex cura obrero, y uno de los líderes huelguísticos, que ejerció de bisagra entre uno y otro momento histórico. "Fue un movimiento muy rico y que dejó mucho poso. Una cultura muy asamblearia y de no delegación".
Los cuatro coinciden en que este 50 aniversario está siendo muy especial, con un reconocimiento institucional y por parte de los medios que no se conocía hasta ahora. Martxoak 3, que agrupa a las víctimas, y la asociación Memoria Gara, reclaman ahora que este "buen momento" se traduzca en un reconocimiento por parte del Estado, tal y como ha hecho Gran Bretaña con los heridos y asesinados en el Domingo Sangriento de 1972. También piden que se termine de realizar la promesa de reconvertir la Iglesia de San Francisco en un memorial del 3 de Marzo. Un espacio no solo dedicado a recordar las huelgas de 1976, sino también las luchas sociales del presente. Como resume Ibarrondo, "Queremos una memoria que no se fosilice, sino que mire al futuro".




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