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Karzai se alía con lo peor de Afganistán

El presidente afgano es el cartel que sostiene toda una ficción, la que dice que se está construyendo un Estado democrático que puede derrotar a los talibanes

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Karzai no ha sabido asegurar el respeto a los derechos de las mujeres afganas. AFP

Las elecciones presidenciales de Afganistán van a ser presentadas como un gran triunfo de la democracia obtenido en las circunstancias más difíciles. No para las mujeres afganas chiíes. El código civil que se aplica a esta minoría, aproximadamente un 15% de la población, consagra la sumisión de las mujeres hasta extremos casi aborrecibles, no muy diferentes a las ideas de los talibanes.

Cuando se supo hace unos meses que la ley permitía a los maridos negar la comida a sus esposas si estas no accedían a mantener relaciones sexuales, los gobiernos occidentales afirmaron que no tolerarían algo así. Ahora se ha sabido que el presidente Karzai permitió la entrada en vigor de la ley el 27 de julio, después de que se hicieran algunos cambios, no los suficientes como para eliminar la discriminación de las mujeres.

Es una más de las polémicas decisiones adoptadas por Karzai para garantizarse la reelección en la primera vuelta. Supone una concesión a los clérigos chiíes y en definitiva comprar el apoyo de esta minoría. La treta electoral de consecuencias más dramáticas ha sido la resurrección por Karzai de casi todos los señores de la guerra que ensangrentaron el país en la guerra civil posterior a la caída del régimen prosoviético. Comenzó en 1992 y en cierto modo aún no ha terminado.

Los muyahidines que plantaron cara a la URSS dividieron Afganistán en una sucesión de clanes tribales y geográficos y destruyeron buena parte de Kabul en sus enfrentamientos. La era en el poder de los talibanes fue en realidad el triunfo de los muyahidines pastunes reunidos en torno a la figura de un líder mesiánico y cruel, el mulá Omar. Los otros se vieron obligados a esperar tiempos mejores.

El derrocamiento de los talibanes iba a suponer no sólo el fin de su teocracia atrasada, sino también el del reparto feudal del poder entre todas esas milicias. No fue así, en primer lugar porque EEUU llegó a la conclusión de que las necesitaba para acabar con Al Qaeda, y después porque Karzai resultó ser un líder débil y vulnerable. Karzai, durante años la única esperanza de Occidente en Afganistán, ha convertido al país en un paraíso de la corrupción y el narcotráfico.

Sus mayores rivales en las urnas, el ex ministro de Exteriores Abdullah y el ex ministro de Economía Ghani, no parecían inicialmente tener fuerza suficiente para impedir la reelección del presidente. La impopularidad de Karzai les ha dado al menos la opción de forzar una segunda vuelta de resultado imprevisible. Abdullah recaba el apoyo de la mayoría de los tayikos, la segunda minoría del país. Ghani es un tecnócrata que puede quitar votos a Karzai entre los pastunes.

El presidente ha prometido cargos y dinero en su campaña, tanto a los que forman parte de su Administración como a los que tuvieron que abandonarla durante un tiempo por su relación con crímenes de guerra cometidos en el pasado o con el narcotráfico. Todos han sido bien recibidos.

El uzbeko Dostum ha dejado su retiro obligado en Turquía, adonde huyó tras un acuerdo con el Gobierno gracias al cual no fue detenido por el asesinato de un opositor.

El tayiko Fahim, ex vicepresidente y ex jefe del Ejército, vuelve a ser compañero de candidatura de Karzai. Es probable que vuelva a quedarse con parte de la ayuda internacional con la que ha construido una de las grandes fortunas del país.

El ex gobernador de Kandahar Sher Muhamad Akhundzada ha hecho campaña en el sur por Karzai. En su caso, tener la reputación de ser el mayor narcotraficante de Afganistán no es un inconveniente. Muy al contrario, cuenta con el dinero necesario para explicar a los líderes tribales del sur las ventajas del programa electoral del presidente.

Están todos y todos tienen unos antecedentes deplorables. No es que la familia Karzai pueda darles muchas lecciones morales. Los hermanos del presidente están entre los personajes públicos más corruptos. Mahmud Karzai disfruta de una fortuna basada en la especulación inmobiliaria, el control del Kabul Bank y, siempre es bueno diversificar las inversiones, el 50% del concesionario de Toyota.

Ahmed Wali Karzai se distingue entre todos. Los servicios de inteligencia de EEUU le han acusado, a través de filtraciones en los periódicos norteamericanos, de estar relacionado con el tráfico de opio en Kandahar. Karzai no ha querido escuchar estas denuncias. La familia y la tribu pastún a la que pertenece están por encima de cualquier consideración.

En los últimos cuatro años, Afganistán ha pasado del puesto 117 al 176 en el índice de corrupción que elabora Transparency International. Los narcoestados suelen estar en puestos muy bajos en estas clasificaciones.

Un político que llevará a su país a obtener esta distinción no tendría muchas posibilidades de ser reelegido a menos que dirigiera una dictadura militar. La insurgencia talibán ha conseguido de forma involuntaria un pequeño milagro: la comunidad internacional, los narcotraficantes y los señores de la guerra han terminado apoyando por razones diferentes al mismo candidato.

Occidente ha perdido su fe en Karzai pero no tiene alternativas. Teme que su derrota en las urnas pueda entregar todo el sur pastún a los talibanes. Karzai es el cartel que sostiene toda una ficción, la que dice que se está construyendo un Estado democrático en Afganistán que puede derrotar, con la ayuda internacional, a los talibanes.

El presidente teme correr el mismo destino que el último presidente del régimen prosoviético. Tres años después de la retirada de las tropas soviéticas, Najibullah perdió el poder y se refugió en la sede de la ONU en Kabul. Cuando los talibanes tomaron la capital, fue ahorcado en una farola.

Karzai no puede arriesgarse a acabar tan solo como Najibullah.