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De Chirico, el pintor de la inquietud 

La exposición 'El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad' recorre a partir de 142 obras entre óleos, dibujos, litografías y esculturas, datadas entre 1913 y 1976, la obra fecunda de uno de los precursores del surrealismo.

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Un visitante ante la obra 'Edipo y la Esfinge' fechada en 1968 en el CaixaForum de Barcelona.- EFE

Ocurrió en la Piazza Santa Croce de Florencia. Corría el año 1909 y era otoño. Poco más se sabe de aquella suerte de revelación vespertina que el joven De Chirico, con apenas 21 años, experimentó sentado en un banco. El resto, como se suele decir, es historia (del arte). Un advenimiento que, como explicaría el propio pintor más tarde, se manifestó en una intensa sensación de otredad, como si de buenas a primeras viera las cosas por primera vez.

No hubo marcha atrás. La carrera del pintor en ciernes quedaría marcada para siempre. Al poco ya estaba pintando su primer cuadro metafísico: L’enigme d’un après-midi d’automne (El enigma de una tarde de otoño). Una composición que tenía en la retina esa mirada de extrañeza y que el autor dio forma bajo el influjo del pensamiento de Nietzsche y Schopenhauer. El resultado son escenarios solitarios, de largas sombras surgidas del crudo contrapunto de una luz congelada, proyectada por edificios de la Grecia clásica o la Roma renacentista.

Giorgio de Chirico

Una pintura, a fin de cuentas, que partía del clasicismo para profundizar en la esencia oculta de las cosas, en esa poética nietzscheana que De Chirico supo traducir con el pincel. Le siguieron El enigma de la llegada, Melancolía y misterio de una calle, Plaza de Italia… Una obra fecunda como pocas que la exposición El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad (CaixaForum Barcelona) recorre a partir de 142 obras entre óleos, dibujos, litografías y esculturas, datadas entre 1913 y 1976.

El maniquí metafísico

Simultáneamente a ese “mundo metafísico” de pórticos y esculturas que simbolizaban un tiempo eterno, fue naciendo el maniquí en su pintura, figura que ocupará un lugar central en el universo imaginario, filosófico y figurativo del artista. Desde los personajes míticos de Héctor y Andrómaca, pasando por el trovador y las musas inquietantes, hasta el desarrollo de la figura del arqueólogo en los años veinte, un maniquí sentado con templos antiguos y elementos naturales encastrados en el vientre.

'Trobador', 1972. Fondazione Giorgio e Isa de Chirico, Roma

Y luego están los baños misteriosos… Dos litografías que el autor realizó para ilustrar los diez textos de la Mythologie (1934) de Jean Cocteau, temática que terminó por calar su obra pictórica y que revisitó pasados los años en lo que se ha llamado su etapa neometafísica (1968-1976). De Chirico concibió el tema bañístico de un modo un tanto prosaico —quedaron atrás aquellas iluminaciones florentinas—, así explicaría tiempo después la nueva revelación: “La idea de los baños misteriosos se me ocurrió una vez que estaba en una casa en la que había encerado mucho el suelo. Vi a un señor que caminaba delante de mí, cuyas piernas se reflejaban en el suelo. Tuve la impresión de que podría sumergirse en él, como si fuese una piscina, y que allí podría moverse e incluso nadar. Y entonces me imaginé piscinas extrañas con hombres inmersos en aquella especie de agua-parquet”.

Muchos son los historiadores que coinciden en subrayar el influjo que la obra de De Chirico tuvo en la corriente surrealista, versión que, por cierto, nunca compartió una de sus más célebres figuras, André Breton. Sea como fuere, no cabe duda de que su enigmática visión de lo que acontece, así como las referencias al mundo onírico y la memoria sentaron cátedra en artistas de la talla de Dalí o Warhol.