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El fugaz huracán de The Strokes

Los neoyorquinos apostaron por el más es más con un sonido de una potencia inusitada

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The Strokes tiraron la bomba y salieron corriendo. Con un sonido absolutamente brutal, de una potencia inusitada, perfectamente reconocible y sin una sola fisura, al público no le quedó otra opción que dejarse apisonar por semejante voltaje. 40.000 personas desgañítándose se quedaban en un murmullo.

Dependieron, eso sí, de los hits de su primer disco, señal de un claro agotamiento que les obliga a cambiar de rumbo porque ya padecen el ‘síndrome Oasis'. Si te repites, lo pagas caro, aunque creas que 40.000 personas no puedan estar equivocadas.

Los neoyorquinos apostaron por el más es más y durante poco más de una hora (extraño, porque estaba programada hora y media) apabullaron exprimiendo hasta límites bárbaros la potencia del sistema de sonido del escenario Maravillas. Establecida la estrategia de guerra en el terreno de las armas pesadas, la ristra de hits que soltaron a continuación fue desarmante. Iniciaron con una ruidosa ‘New York city cops' y ya en los primeros minutos sonaron ‘Reptilia' y una enorme ‘Last Nite'.

Dependieron de los hits de su primer disco, padecen ya el ‘síndrome Oasis' Julian Casablancas, estático ante el micrófono durante todo el recital, no necesitaba hablar mucho entre canción y canción para seducir a la genuflexa audiencia. Mientras tanto, la enfermería se llenaba de fibers exhaustos y amoratados por la excesiva presión que se sufría en las primeras filas (y que preocupó bastante al cantante de Elbow, que tocaron antes que The Strokes).

El grupo picoteó canciones de sus cuatro discos: no dio especial protagonismo al último, el débil ‘Angles', y recurrió a balas infalibles de su primera referencia, como ‘Hard to explain', ‘Someday' o ‘Is this it'. Aunque una hora es poco para un grupo con su discografía, el concierto tampoco se hizo corto (ni siquiera el público exigió bises). Todo parecía un plan mecánico perfectamente ideado para ganar sin despeinarse: Julian Casablancas ni siquiera se quitó la chupa de cuero. Y sí, era Benicàsim.