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"Mamá, quiero ser como esos señores que limpian cristales"

Alpinista de éxito. Fue una niña blandengue; y una adolescente marichico'; y ahora, una supermujer, con 14 ochomiles a sus espaldas  

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Edurne Pasaban (Tolosa, Guipúzcoa, 1973) ve a esos hombres que trepan por los rascacielos, tira de la falda a su madre y dice: '¡Yo quiero ser como ellos!'. Limpian cristales, colgados de un andamio, en las alturas. Ella tiene 5 añitos y le parece que debe de ser genial. No como lo que ve cada día a los pies de casa, esos tornos, esas bobinas, esas grúas para construir bobinadoras para el papel, el oficio de su padre. Ahí, en el taller, echa las tardes, jugando entre la maquinaria, aprendiendo a hacer puntos de soldadura, como los chicos, porque el suyo es un mundo de hombres.

Sólo Idoia, amiga desde párvulos, se cuela en la burbuja masculina de Edurne, una niña enfermiza, debilucha, muy mala comedora dos veces por semana, la llevan al hospital para inyectarle suero, muy nerviosa, siempre pegada a mamá. 'Era la típica gizaja, la tontina que no tenía amigos en la ikastola, a la que le mangaban los cromos y la goma, o cualquier cosa, eso que ahora llaman bulling, vaya', cuenta Pasaban, y cuesta creerlo viéndola tan alta, tan fuerte, tan imponente.

«Era la típica gizaja', la tontina que no tenía amigos en la ikastola»

'Pues así era, muy dependiente de mi familia insiste pero, al tiempo, muy independiente del resto porque, como casi no me relacionaba con otros niños, iba mucho a mi bola'. Con su hermano Eneko no se llevaba: 'Hasta que fuimos grandes, lo vi como un rival'. El colegio la aburría. Y también los juegos de niñas. 'Comer pipas en el paseo del pueblo no me decía nada', recuerda la primera mujer española en completar los 14 ochomiles, toda una gesta. Prefería salir en bici. O jugar con sus animales 'en casa llegamos a tener 15 perros' . O construir cabañas en los árboles con los chicos, que tampoco le decían nada: 'Me incordiaban y tardé en pensar en novios'.

Hasta que descubrió la montaña por un chispazo amoroso, típicamente adolescente. 'A Idoia, a otras chicas y a mí empezó a gustarnos un chico que era monitor en un club de montaña y por eso nos apuntamos', confiesa Pasaban. Tenía unos 14 años y había dejado atrás su etapa más introspectiva, tras repetir octavo de EGB junto a Idoia. 'Fue un año superdivertido; sólo hicimos las dos asignaturas que suspendimos, Naturales y Euskera, y nos dedicamos a vivir la vida', cuenta Edurne, que en la montaña encontró un mundo nuevo.

Y no precisamente por aquel chico que la llevó a apuntarse al Club Oargui 'no me enrollé con él', asegura , sino por esas salidas de fin de semana al monte, siempre con gente más mayor, tan diferentes a las caminatas por el Pirineo que hacía con sus padres que, sin embargo, le dieron rienda suelta para sus aventuras montañeras. 'Pensé que aquello era un chollo, que realmente me divertía y me motivaba', dice Pasaban, que aún guarda en la memoria aquella primera salida al Montblanc, con 15 años. 'Nos fuimos en una furgoneta, de tirados, con un montón de comida comprada en el súper, durmiendo donde podíamos', rememora. 'Fue toda una aventura', añade.

«Los chicos me incordiaban y tardé en pensar en novios»

Fue también el primer paso hacia metas más altas, mientras continuaba, a trompicones era lista pero vaga, con sus estudios y accedía a la universidad, donde acabó cursando Ingeniería. 'No era lo que quería, pero no superé las pruebas físicas de acceso al INEF y...', y acabó, de nuevo rodeada de hombres 'en las clases de Euskera, era la única mujer; ellos siempre han sido mis mejores amigos, pero, curiosamente, las relaciones sentimentales siempre me han ido de culo' y trabajando en la empresa de su padre.

'Cuando estaba en la oficina, y venían aquellos señores a limpiar nuestros cristales, yo decía: Ves, tenía que haber hecho esto y no estar aquí encerrada', recuerda. Pero allí siguió hasta 2001, cuando sus prolongadas ausencias en expediciones resultaron incompatibles con aquel trabajo y pasó a regentar un hotelito familiar que aún supervisa. Ese mismo año, tres después de su primera salida a un ochomil (el Dhaulagiri, en el Himalaya), hizo su primera cima en el Everest. Un medio novio italiano, encontrado también en la montaña, le había inoculado la afición de viajar en busca de ochomiles.

El número 14 lo coronó en mayo. 'Soy muy cabezona', dice la única mujer que vive de esto en España.