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La última morada de los Reyes Magos

Marco Polo creyó localizar sus tumbas en las desérticas tierras de la actual Irán

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'En Persia está la ciudad que se llama Sava, de donde partieron los tres Magos cuando fueron a adorar a Jesucristo. En esta ciudad, según se dice, ellos están enterrados en tres sepulturas grandes y hermosas; encima de cada sepultura hay una casa cuadrada, redonda en la cima, bien trabajada; y están unas al lado de otras'. Marco Polo dejó constancia en su Libro de las maravillas de lo que vio y oyó en su célebre viaje rumbo a China. También de las historias que le contaban los lugareños por donde pasaba y que situaban en Sava, ciudad enclavada en las áridas tierras de la antigua Persia, el lugar donde supuestamente estaban enterrados Melchor, Gaspar y Baltasar.

Hoy en Sava, que en los mapas de la actual República Islámica de Irán aparece bautizada como Saveh, no queda ni rastro de enterramientos tan pretéritos como los que supuestamente debían acoger a los tres bíblicos personajes. De hecho, los monumentos funerarios más antiguos que aún están en pie, y que acogen los restos de santos musulmanes, son incluso más recientes que Marco Polo.

Sin embargo, sólo es necesario adentrarse un poco en el desértico corazón de Irán para descubrir las construcciones que muy posiblemente Marco Polo identificó como las tumbas de los Reyes Magos: las dajma o torres del silencio que en la ciudad de Yazd levantaron hace siglos para rendir un último homenaje a sus muertos los seguidores del zoroastrismo, la primera religión monosteísta de la historia.

Un error que, tal vez, no lo fuera tanto. Numerosos textos antiguos identifican a los tres bíblicos personajes como sacerdotes de esta antigua creencia aún viva. Entre ellos, el Evangelio de San Mateo, el único que menciona la palabra 'mago', no con el significado de 'hombre sabio' que se le ha dado durante siglos, sino precisamente como el término de origen persa que servía para denominar a los religiosos de esta creencia.

Además, por Yazd, situada al sur de Saveh, también pasó Marco Polo, quien la menciona en su libro para calificarla de 'muy noble'. La ciudad, surgida hacia el siglo V a.C., era ya una importante intersección en las antiguas rutas de la seda.

Aún hoy, es en esta ciudad, cuajada de mezquitas azuladas, casas de viejo barro y murales de Jomeini, donde se encuentran las torres del silencio mejor conservadas de Irán. No es extraño. En Yazd vive casi la mitad de los 25.000 zoroastros que aún residen en Irán y que, además, mantienen encendido el fuego sagrado más antiguo. Dicen que arde desde hace 1.600 años, aunque el ataskadeh o templo del fuego que lo refugia, un impersonal edificio carente de atractivo, fue construido hace cinco décadas en la avenida Kashani.

Para divisar las torres del silencio hay que dejar atrás el intrincado laberinto de callejuelas de adobe de la ciudad, de recovecos sin salidas y murallas de barro, donde los chiquillos juegan a burlarse de los paseantes. Al poco de salir de Yazd, tras dejar atrás las últimas casas del barrio de Safaiyé, la vista se encuentra de repente con ellas. Macizas, circulares, pesadas, parecen construcciones inacabadas encaramadas a estériles colinas donde un sol inmisericorde las castiga.

Un empinado camino asciende serpenteando, como si quiera esquivar el calor, hasta desembocar en la puerta de cada una de las torres. Dentro, la misma sencillez que en su exterior. Tres gradas, como si de un reducido infierno de Dante se tratara, recuerdan al viajero que no son enterramientos, sino el lugar donde los zoroastras llevaban a cabo el último rito: depositar los cadáveres para que fueran devorados por los buitres.

Así, los cadáveres de los niños eran depositados en la grada inferior; los de las mujeres, en la intermedia; mientras que la más alta quedaba reservada a los de los hombres. En el centro, un pequeño pozo servía para depositar los huesos una vez limpios de carne por los carroñeros.

Sin embargo, hoy en Yazd, como en el resto de las otras ciudades iraníes donde aún viven seguidores de Zoroastro, ya no se exponen los cuerpos de los difuntos a los buitres. Las leyes islámicas prohíben el milenario rito. El mito infantil de la inmortalidad de los tres Reyes Magos ya lo enterró Marco Polo.