Publicado: 02.07.2016 08:33 |Actualizado: 02.07.2016 08:33

"El día que Indurain destronó a Perico fue una hecatombe hasta política"

ENTREVISTA A JOSÉ MIGUEL ECHAVARRI.  El director que hizo grandes a Perico Delgado y Miguel Indurain atiende a PÚBLICO cuando se cumplen 25 años del primer Tour del navarro, precisamente hoy, que la ronda francesa vuelve a nuestras vidas.

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José Miguel Echavarri junto a Miguel Indurain y Perico Delgado.

José Miguel Echavarri junto a Miguel Indurain y Perico Delgado.

Entonces la virtud no estaba en una página web, sino en su instinto, en el instinto de José Miguel Echavarri (Abárzuza, Navarra, 1947). Fue el poeta del ciclismo en los ochenta, el hombre que, como en la literatura de Edgar Allan Poe, nos enseñó que la locura es más sublime que la inteligencia. Fue como el profesor que no hubiésemos cambiado por nadie. Al menos, su fachada y su verbo de hombre sabio en el que él sólo jugaba “a equivocarse lo menos posible”. Pero le iluminaban palabras distintas y una vez que lo conocimos, en los ochenta, entendimos que al ciclismo se le podía amar como se ama a una canción.

Podíamos ganar o perder y apasionarnos con aquel Perico Delgado que inventó él. No fue un ciclista. Fue una época. Luego, se reinventó con Indurain y aquellos cinco Tours seguidos, el primero de los cuales, en 1991, cumple 25 años de antigüedad. Hoy, pasados tantos años, Echavarri ya es un hombre jubilado, separado del ciclismo por voluntad propia. Una voz que ya apenas aparece en los periódicos. Quizá por eso cualquier día con él cobra más valor. Vive en Pamplona, donde no ha dejado de montar en bicicleta, sobre todo en Estella, su rincón preferido, que es donde viven sus nietos.

Hoy, ejerce de abuelo feliz y ya no siente ninguna tentación por volver a ese mundo. Su herencia, sin embargo, perdura para siempre como precursor de un ciclismo que ya no existe. Fue ese ciclismo que nos enseñó a crecer como personas y a apasionarnos como ya nunca más nos apasionaremos. Sólo le podemos culpar de que ya no sea como ayer, de que el Tour del 83 ya no exista o de que él dejase el volante en manos de otros. “La tecnología nos hizo mucho más egoístas”, resume.



Pregunta. Pensé en usted para recordar, para rejuvenecer

A veces, es agradable. Y aunque no siempre sea fácil porque los recuerdos a veces deforman lo que pasó… Pero, sí, siempre se puede hacer un repaso de la vida en cada conversación, en casa paseo… A lo largo del día, siempre queda un rato para volver al pasado.

Fue usted el hombre que dirigió a Perico o a Indurain. Pero, sobre todo, el hombre que nos enseñó a amar el ciclismo en los años ochenta. ¿Qué mérito tuvo eso?

El único mérito que se me ocurre darle hoy es que recorrí tanta geografía... Fueron tantas horas en la carretera que eso le deja miles de anécdotas, algunas de ellas, mayúsculas.

¿Entonces la vida es una anécdota?

Una acumulación de anécdotas, sí.

¿Y cuál fue la más grande qué le pasó?

Pero la vida no sólo se resume al ciclismo, una vida es mucho más amplia que una profesión… Tuve la suerte de que mi pasión se convirtió en mi profesión como nunca pude pensar a los 14 años. Entonces mi padre me cambiaba el rumbo como el viento en el barco. Él puso un bar en Pamplona y mientras yo alternaba el trabajo, el estudio, la época ésa de la adolescencia… ¿Qué chaval no ha tenido sueños?

El peligro es no encontrar jamás tu sitio, pero usted lo encontró rápido

Rápido no. Con calma, sí. Con calma se puede llegar a todas partes. No todo son las prisas en esta vida.

¿Qué le hizo descubrir la calma?

Que no se trataba de perder el tiempo, porque yo no podía privar a mis padres de echarles una mano. Pero a la vez era aventurero y veía a esos ciclistas de mi época como Pérez Francés, Perurena…, que llegaban a profesionales a los 25 o 26 años y que luego se retiraban pronto… De repente, me dio la osadía de probar, de ir a correr a Francia antes de hacer la mili y tuve la suerte de vincularme en el ‘Bic’ y de participar en carreras en las que estaban Anquetil, Ocaña… Hoy, lo cuento y todavía siento pudor.

¿Qué es el pudor?

Descubrir que no podías ser como ellos o que tu padre acababa de abrir un hostal y que yo debía estar ahí, ayudar a levantar el negocio…

¿Se puede ser feliz haciendo lo que a uno no le gusta?

¿Qué es la felicidad?

Seguramente, no hay nadie mejor que usted para contestar a esa pregunta

Bueno, es que yo ya había hecho lo que había querido, había competido en bicicleta o si se admite la metáfora me había presentado a esas oposiciones y me di cuenta de que había pocas plazas y de que yo no podía ser uno de ellos. Tenía que cambiar. El ciclismo no daba dinero a gente como yo. Tenía que buscar otro medio de vida.

¿Y lo encontró en la hostelería?

Ni siquiera me hacía esa pregunta. Estaba más preocupado en pagar lo que se debía, en sacar el negocio adelante, porque la hostelería es tan esclava, hay que conocerla por dentro. Yo recuerdo que hacía de todo fuese camarero, barrendero, etc. Pero mi misma hermana, que estudió dos carreras, magisterio y enfermería y que acaba de jubilarse de enfermera también estaba allí, estábamos todos.

Usted marchó rápido

No me quedé por esas cosas que ocurren en la vida. Yo había estado en Uruguay antes de dejar el ciclismo, entre otras cosas porque quería saber si existía aquello que había descubierto Cristóbal Colón. Y descubrí que existía. Y abrí los ojos. Y conocí a gente como el periodista Ruben Coppola que, si no pasa nada, el 31 de diciembre cumplirá 96 años. Me encantaba escucharle y todavía me encanta. De hecho, en la Vuelta a Uruguay aún le llevan un micrófono a casa para que retransmita las carreras. Y, de repente, un día ese hombre fue el que me llamó para que le echase una mano en el mundo del ciclismo, en la Vuelta a Uruguay.

Y se fue

Quise hacerle ver que yo no era el hombre, que no tenía tiempo, que estaba iniciando un negocio, pero presenté una carta a la Federación Española de Ciclismo, traje a mi casa a un ciclista como Anastasio Greciano, que tenía el sueño de correr, y luego vino el Reynolds y me dijeron que sí… Y sin darme cuenta yo regresaba al ciclismo y a lo que más amaba en la vida. Tuve esa suerte...

¿En el ciclismo de hoy sería posible un hombre como usted?

Sí, hombre. La gente me sobrevaloró. Yo no valía para tanto. Tiene que haber gente mejor que yo. Nadie somos todo. Tuve que meter la pata tantas veces… Pero siempre traté de equivocarme lo menos posible.

Desapareció a los 61 años. ¿No fue muy pronto?

Supongo que fue mi forma de ser, como me dice la gente, ‘chico, tú no has pasado la página, has cerrado directamente el libro’, pero ¿qué se le va a hacer si uno es así?

Fue usted un genio, dicen

No, no, tampoco. No utilice esa palabra, no cometa ese error. Es más, le diría que la palabra genio no debería existir en el deporte. Si por mí fuese, la prohibiría. Pero, si acaso, acepto que fui testigo de una buena época, que ayudé a crear ilusión, felicidad en ese Tour de 1983, con Perico Delgado y con Ángel Arroyo, en el que siempre digo que fuimos al casino y tuvimos la suerte del novato.

¿Murió el ciclismo sentimental?

No quisiera contestar que sí, pero la tecnología lo cambia todo, hasta las redacciones de los periódicos. Sin conocerlas, supongo que las de hoy tampoco tienen nada que ver con las del año 80. Ante eso sí es verdad que nos queda el recurso de la nostalgia de otro tiempo.

¿Qué le dice la nostalgia?

Lo primero que me dice es que la tecnología nos hizo infinitamente más egoístas. En mi época aprendimos a ser compañeros y a aplaudir al que te ganaba, nos podíamos jugar la vida en la carrera, pero luego llegabas al hotel y allí no había nada que esconder entre nosotros, charlábamos todos como amigos, cenábamos, vivíamos, compartíamos....

¿Incluso con Laurent Fignon en aquel Tour de 1983 que le ganó a Ángel Arroyo?

Bueno, yo hablo de colegas, yo era director…

Le preguntaré entonces por Guimard. Aquel director de Renault que tenía tan mal carácter

Sí, claro que sí, con él y con cualquier otro, y mire que a mí me faltaba pasaporte. Siempre he pensado que el principal pasaporte que puede tener una persona es el de hablar idiomas y yo no los hablaba…

¿Y eso no le aisló?

No, porque aun sin hablar yo siempre he conseguido entenderme con italianos, con franceses… Una cosa es hablar y otra entenderse. Eso depende de tu voluntad. Mire lo que pasa aquí ahora en España, donde todos los políticos hablan castellano y, sin embargo, no consiguen entenderse. Yo no hablo más idioma que el castellano, pero he conseguido hacerme entender en todos los países, porque procuraba hacerme entender.

Acabo de ver la película de Lance Armstrong, 'The program’. ¿La ha visto usted?

¿Qué te ha parecido?

Casi que invita a odiar el ciclismo, mala mafia ésa

Tiene que ser dura, claro.

¿No conoció usted ese ciclismo? Aquello parecía una industria más que una competición

Sí, claro. Yo estaba en la época de Armstrong, en aquella rueda de prensa en la que anunció el cáncer. Luego es verdad que a todos nos sorprendió ese rendimiento, ese cambio tan brutal. Pero no quería saber más. Así que ahora veré la película, a ver si puedo y la encuentro en cartelera.

No hay excusa. La acaban de estrenar

Bueno, yo es que ando tan perdido, diría fuera de cobertura… El otro día me llamó mi nieto y me dijo, ‘abuelo, sabes que empieza el Tour el sábado’, porque si no es por él ni lo sabía… Me han vaciado los datos del teléfono, he perdido todos mis contactos y me he dado cuenta de que eso es un golpe.

Hace 25 años, en el primer Tour de Indurain, no era así. ¿Tenía usted demasiado poder?

Poder, no; información, sí. Tenía que estar al día, porque además yo era un hombre enamorado del Tour en una época en la que el ciclismo era sota, caballo y rey: Vuelta, Giro y Tour. Sabias lo que tenías que ver, lo que tenías que observar o lo que tenías que escuchar.- Pero ahora mismo te encuentras que en esa misma época hay ciclistas compitiendo en Australia. Y, claro, no es lo mismo el café con leche que el café descafeinado.

Era usted de Perico Delgado. ¿Le molestó que saliese Indurain?

No lo veo así. Es verdad que yo quiero mucho a Perico, pero también quiero a Indurain. Pero entonces yo debía modular las emociones de la gente. Y el publico era, sobre todo, de Perico, porque tiene otro carácter. Y dentro del equipo veíamos que llegaba un tsunami y no era fácil manejar esa situación, respetar, como decía yo, el presente pretérito con el presente futuro.

¿Supo hacerlo usted bien?

No se si bien, porque aquello fue una hecatombe, lo que pasó el 18 de julio en la etapa de Jaca a Val Louron en la que Indurain reventó el Tour bajando el Tourmalet dejó al país helado. Me llamó hasta Javier Gómez Navarro, el secretario de Estado para el Deporte, alarmado de lo que había oído en las radios para preguntarme que habia pasado con Perico. El país lo quería a él. No quería renunciar a su manera de ser. Pero entonces el tiempo nos dio una lección. Nadie puede luchar frente al tiempo.

¿Le dijo usted eso al Secretario?

'Vamos a esperar a mañana, esto no se ha terminado´, lo recuerdo perfectamente. Tenía que contemporizar.... Pero, en realidad, ya no había nada que contemporizar. Ni para Bugno ni para Lemond ni para Fignon ni siquiera para Delgado, que acabó noveno en este Tour. Y hoy parece que fue ayer, pero ya han pasado 25 años. Quién lo diría. "Yo nunca dejé de ir con Perico en las contrarrelojs", recuerda Echavarri, el hombre lapidario, siempre fiel a sí mismo, incapaz de olvidar todavía hoy, a los 68 años, con la bicicleta siempre a punto. La diferencia es que ahora hace deporte salud. El dorsal hace tiempo que desapareció de su vida. El ciclismo, efectivamente, es un reflejo de la vida: todo pasa.