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El milagro de los herederos de los Ruiz-Mateos

Los nuevos jefes del Rayo Vallecano borraron el pasado y, dos años después, están a punto de abandonar la Ley Concursal y a dos puntos de clasificarse para la Champions League

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Teresa Rivero difícilmente volverá a Vallecas, al estadio que un día llevó su nombre. 'Sigo viendo al Rayo por la tele, eso por supuesto'. Pero desde que la familia Ruiz-Mateos salió a la fuerza del club —'Nos echaron de mala manera'—, la mujer no ha encontrado a nadie que haya dicho nada positivo de su gestión. 'Fueron veinte años que no deberían olvidarse tan fácilmente'. Y entonces aprovecha para recordar que el Rayo, que ella presidió, llegó a ser cuatro jornadas seguidas líder de Primera en 1999, a tener un jugador internacional (Lluis Cembranos), a jugar la UEFA y a gozar de su propia Ciudad Deportiva. Algo que en abril de 1991, cuando José María Ruiz-Mateos compró el club por 85 millones de pesetas (510.000 euros) ni se imaginaba siquiera. 'Cuando mi marido llegó el Rayo había ratas y no había ni agua para que se duchasen los jugadores', explica una mujer que, pese a todo, siempre será única: madre de 13 hijos y abuela de 54 nietos.

Sin embargo, hoy apenas queda nada de sus veinte años en Vallecas. Ni siquiera el nombre de Teresa Rivero con el que un día se bautizó el estadio y cuyas letras se arrancaron en 2011. Entonces el club fue una de las empresas de Rumasa que se declaró en suspensión de pagos y entró en Ley Concursal. Pero el Rayo actual ya no se parece al de los mejores tiempos de la familia Ruiz-Mateos en los que se ficharon a futbolistas caros y de enorme prestigio como Hugo Sánchez o Polster. Incluso, estuvo a punto de llegar a un acuerdo con el mítico Iván de la Peña. Ahora, el Rayo es otra cosa con un director deportivo Felipe Miñambres que sólo ficha 'jugadores a coste cero', porque no existe otra alternativa. Es más, reconoce abiertamente que 'nosotros ofrecemos menos dinero que otros clubes'. Pero aun así hay jugadores que prefieren el Rayo, donde ya no se respira ese aire carnavalesco de los años de la familia Ruiz-Mateos.

El Rayo actual ya no se parece al de los mejores tiempos de la familia Ruiz- Mateos

El presidente es un hombre discreto de 36 años, Raúl Martín Presa, que apenas sale en la prensa. En plena angustia, en mayo de 2011, adquirió el 98,6% de las acciones del club. Fue una apuesta extraña, pero... 'Mi situación personal y familiar me lo permitía'. Su corazón, como abonado con más de diez años en el club, también le permitió obrar así. Al principio, se dudó de que, en realidad, fuese un testaferro de la familia Ruiz Mateos. Pero el tiempo no ha descubierto la más mínima vinculación. Martín Presa ha demostrado el currículo que prometió. Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por ICADE e integrante del Consejo de Administración de nueve empresas, ha fortalecido su declaración de principios: 'Ante la situación caótica que había en el club, me lancé para aportar nuevas cosas'. Desde entonces, han pasado casi dos años en los que el club ya no es aquel cadáver que heredó de los Ruiz-Mateos. Todavía sigue en Ley Concursal, pero Martín Presa ya se atreve a pronosticar que esto se acabará a final de temporada. 'El fútbol me ha enseñado que ilusionarse antes de tiempo es un error, pero el club, a día de hoy, ya parece estabilizado'.

Martín Presa ha sido un hombre de suerte. Ascendió a Primera a los dos meses de estrenar el cargo. El año pasado, además, mantuvo la categoría en el último minuto con el gol de Tamudo. Y eso es lo que ha permitido que el Rayo viva ahora una luna de miel. A solo dos puntos de los puestos de Champions, a mediados de febrero, Paco Jémez, su entrenador, reconoce que el objetivo de la permanencia ya es agua pasada. El orgullo se ha hecho fuerte en la sede del club, en la calle Payaso Fofó, donde el hecho de tener el presupuesto más bajo de Primera, siete millones de euros, se interpreta como un desafío. 'Hay muchos equipos que quisieran estar donde estamos, pero ya que estamos aquí habrá que tratar de mejorar', explica Paco Jémez, un tipo flamenco, valiente e inconformista. Máxime en estos tiempos 'en los que el club es una balsa de aceite', como jamás hubiesen imaginado los futbolistas que resisten en el vestuario desde 2011. Entonces todo iba a la deriva: uno de los hijos de Ruiz-Mateos les propuso rebajarse el sueldo entre un 50 y un 80% según la ficha de cada uno.

Martín Presa: 'Desde niño quise ser futbolista, pero a los 19 años entendí que no tenía el talento suficiente'

Casi dos años después, el contraste es enorme: ya no se amanece con ningún nuevo embargo en la calle Payaso Fofó. La crónica de sucesos desapareció del barrio en el que hace dos años una pancarta de los Bukaneros imitó a la saga El Padrino con las letras 'La familia', junto al retrato de José María Ruiz-Mateos. La angustia fue terrible. Por eso se dudó tanto de que Martín Presa, un absoluto desconocido para el gran público, fuese una solución. Él se inspiraba 'en la gran tradición futbolística' de su familia. 'Desde niño quise ser futbolista, pero a los 19 años entendí que no tenía el talento suficiente'. Por eso esperó hasta los 34 años su oportunidad para desembarcar en el fútbol, donde se reconoce 'obsesionado' por la técnica de los futbolistas. 'Son jugadores de fútbol, no atletas de cien metros, de maratón o lanzadores de peso. Al fútbol se juega con un balón y un jugador debe estar cómodo con él en todas las situaciones. Por eso cuando veo a futbolistas que manejan sólo una pierna me pregunto cómo serían si hubiesen trabajado la técnica individual'.

En cualquier caso, Martín Presa promete que en estos dos años, en los que el Rayo ha descubierto a futbolistas como Michu o Leo de la nada, no ha interferido en ninguna decisión deportiva. 'Para eso está el Director Deportivo, que es el que debe hacerlo'. Al fin y al cabo, el lugar del presidente estará esta noche en el palco del Santiago Bernabéu, donde el Rayo empezará a jugarse los puestos de Champions como jamás se hubiera pensado hace dos años. Entonces agonizaba la etapa de la familia Ruiz-Mateos y sus herederos lo vieron claro: había que volver a empezar.