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El ultramar francés se rebela frente a la crisis

Redada de sindicalistas tras un mes de huelgas en Guadalupe

ANDRÉS PÉREZ

Decenas de sindicalistas de Guadalupe, en el Caribe francés, han sido detenidos este lunes en una redada lanzada por la Gendarmería contra la huelga general que paraliza la isla desde hace cuatro semanas.

La protesta 'contra la vida cara', iniciada el 20 de enero, ya se ha extendido a la vecina Martinica y amenaza con propagarse también a La Reunión (Océano Indico). La rebelión social en los llamados 'departamentos y territorios de ultramar', joyas del ex imperio francés, empieza a desbordar a París.

'En vez de respetar sus compromisos con Guadalupe, una vez más el Gobierno de París prefiere reprimir', explicaba a los medios franceses Elie Domota. Este mulato guadalupeño, hasta ahora un perfecto desconocido en la metrópolis, empieza a ganarse en Francia un estrellato comparable al de Barak Obama.

Al frente de la coordinadora Liyannaj Kont Pwofitasyon (LKP, 'Colectivo Contra la Explotación' en lengua creole), Elie Domota ha logrado popularizar un movimiento en defensa de mejores condiciones de vida en las duras islas periféricas de Francia.

A fuerza de manifestaciones, y a fuerza de semanas de bloqueos de gasolineras, supermercados, comercios, carreteras y administraciones de la isla guadalupeña, el LKP, inicialmente ignorado por París, logró hacer que se escucharan sus reivindicaciones.

La crisis es más dura aquí, en este espejo deforme de Francia. Bajo los cocoteros, brillan los mismos supermercados, las mismas gasolineras, las mismas marcas que en la metrópolis.... Pero no los mismos salarios, ni la misma estructura igualitaria, ni la misma protección del Estado.

Con más un 25% de paro, salarios agrícolas y turísticos ridículos, una fuerte concentración de la riqueza en manos de algunos miembros de la minoría blanca, y una dependencia de la metrópolis propia del siglo XIX, la crisis financiera global golpea más fuerte.

Ejemplo: un paquete de seis yogurts, cinco euros en el híper. El litro de gasolina, fijado por decreto, más caro que en la metrópolis. Con una tasa de pobreza del 12,5% más del doble que en la Francia metropolitana y un paro que, en criterios Eurostat, supera el de Ceuta y Melilla, esos precios no son elevados. Son prohibitivos. Sólo al alcance de turistas adinerados, o de la minoría rica blanca, apodados bekés.

Frente a esa situación, lupa corregida y aumentada de la crisis social general francesa, la coordinadora LKP ganó apoyos con su movilización, respaldada por la opinión. Al cabo de tres semanas de desorden pero no antes, el ministro de Ultramar, Yves Jégo, se dignó a desplazarse a la isla para negociar.

Como la mala racha del presidente, Nicolas Sarkozy, parece no tener fin, Jégo demostró ser uno más de los ya numerosos ministros de su equipo con poco criterio a la hora de negociar, y peor lengua a la hora de anunciar. Jégo aceptó firmar, la semana pasada, un preacuerdo que permitía pensar que París aceptaba aumentar por ley en 200 euros el salario mínimo en la isla.

Al regresar Jégo a la capital, Sarkozy entró en cólera con su enviado ministerial, al que soltó una bronca monumental. El presidente, embarcado en una ya de por sí difícil filigrana con los sindicatos tras la huelga general metropolitana del 28 de enero pasado, sin margen presupuestario, y opuesto a aumentos de salarios, no puede permitirse manga ancha con Guadalupe. Forzosamente sería visto como un ejemplo por los 28 millones de apurados integrantes de la población activa de Francia.

Tras el tirón de orejas, Sarko flanqueó a su ministro con dos 'mediadores' directamente dependientes del Elíseo, que dieron marcha atrás en el acuerdo.

Entre tanto, la tensión se ha disparado: la Gendarmería busca rebeldes por la jungla guadalupeña, y los mulatos han decidido endurecer su movimiento. La isla de Martinica se ha sumado a la huelga desde hace diez días. Guayana se lo está pensando. En el Índico francés, La Reunión empieza a estremecerse. Aunque los Liyannaj Kont Pwofitasyon todavía no están en ello contra los beké, así empezaba El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier.

 

 

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