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El clima de odio se instala en Brasil

El escándalo de Petrobras, las medidas de ajuste fiscal y la crisis hídrica reavivan la polarización social que surgió durante las elecciones. Caceroladas, insultos en las calles y todo tipo de amenazas en las redes sociales tienen como objetivo acabar con el PT y el recién elegido Gobierno Dilma

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, durante su discurso. - REUTERS

AGNESE MARRA

SAO PAULO.- Era la primera vez que hablaba directamente para la población desde que comenzó su segundo Gobierno. Quiso hacer su primer discurso dedicado a las mujeres aprovechando la fecha conmemorativa del domingo 8 de marzo, pero la respuesta que obtuvo la presidenta Dilma Rousseff no podía ser peor. Gritos de “puta”, “zorra”, “sin vergüenza”, “ladrona” fueron los que más se escucharon en los barrios de clase media y alta de doce ciudades brasileñas, mientras la mandataria hacía su discurso para todas las televisiones y radios del país.

São Paulo, Rio de Janeiro y Brasilia fueron las que hicieron más ruido. Hombres y mujeres salieron a sus balcones con cacerolas y gritaron improperios contra Rousseff, contra Lula y contra el Partido de los Trabajadores (PT). Los gritos podían confundirse con los que suelen escucharse los domingos por la tarde en pleno partido de fútbol, incluso algún vecino “insultó” a Dilma llamándola corintiana (por el Corinthians, el equipo obrero de São Paulo), pero el nivel de odio y la insistencia era distinto al del griterío de un gol errado o de un mal resultado de juego.

Apenas dos días después de hacerse pública la lista oficial de 49 políticos para ser investigados por el desvío de dinero de entre 3.000 y 6.000 millones de euros de Petrobras, Rousseff se mostró ante la población para pedir “comprensión y paciencia” ante las nuevas medidas de ajuste fiscal implementadas por su nuevo equipo económico. Condenó la corrupción pero apenas la citó en su discurso, en el que prefirió usar un tono didáctico para explicar los porqués de sus nuevas recetas económicas. La crisis hídrica, la subida de precio de la energía y de los alimentos fueron otros de los temas tratados por la presidenta.

Sin embargo, los brasileños que salieron a abuchear a Rousseff desde sus balcones no querían escucharla, esa era la pauta marcada en las redes sociales: “A las 20 horas durante el discurso hay que apagar las televisiones y salir a gritar desde las ventanas para pedir que Dilma se vaya”, decían desde Revoltados Online, uno de los grupos de Facebook que a través de las redes y de WhatsApp provocó la cacerolada del domingo.

Odio al PT

A pesar de centrar su indignación en la corrupción del país, los insultos que se lanzaron durante el discurso no fueron dirigidos hacia ningún político del Partido Progresista (PP) al que pertenecen 32 de los diputados imputados por el escándalo Petrobras. Tampoco gritaban el nombre de ningún político del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, aliado del Gobierno) al que pertenecen el presidente del Senado, Renan Calheiros y el presidente de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, también imputados junto a otros cinco de su mismo partido. El PT (con seis imputados) y Rousseff, de la que siguen sin tenerse pruebas que la vinculen directamente al escándalo, fueron los objetivos de la ira que se propagaba desde los hogares de cientos de brasileños.

Según el economista Luiz Carlos Bresser-Pereira, este clima comenzó en las pasadas elecciones: “En este momento surgió un fenómeno que nunca había visto en Brasil. De repente vi un odio colectivo de la clase alta, de los ricos, contra un partido y una presidenta. No era preocupación o miedo, era odio”, decía el que fue ministro del Gobierno de Fernando Henrique Cardoso. El teólogo de la liberación, Leonardo Boff, aseguraba que el “odio no es tanto contra el PT sino contra el pueblo que gracias a las políticas de inclusión del PT ha salido del infierno de la pobreza y ahora ocupa lugares antes reservados para las élites”.

El tipo de insultos usados el pasado domingo recordaron el “Dilma vete a tomar por culo” que se escuchó durante la inauguración del mundial en el estadio de São Paulo. En esa ocasión también se acusó de ser una protesta de “gente rica”, los únicos que podían conseguir una entrada ese día. “Hace un año minimizamos lo ocurrido en la Copa, parecía que no era serio. Ahora sí que lo parece”, advierte el periodista Matheus Pichonelli.

La cacerolada se suma a una serie de acontecimientos que han surgido en las últimas semanas que hacen constatar ese clima de odio al que se refiere Bresser-Pereira. Dos semanas atrás el ex ministro de Hacienda del primer Gobierno Rousseff, Guido Mantega, fue insultado dentro de uno de los hospitales más ricos de São Paulo cuando iba a visitar a un amigo ingresado. Días después un vecino que vive en el mismo edificio que el ministro de Justicia, José Eduardo Cardozo, salía a la puerta de la residencia para abuchear y criticar a este político del PT. La semana pasada durante una manifestación anti Dilma en un pueblo de Santa Catarina uno de los manifestante se subió al balcón de una mujer que tenía puesta una bandera del Movimiento Sin Tierra para intentar arrancarla.

La periodista Eliane Brum planteaba en un artículo en El País Brasil: “¿En qué momento las elecciones o las opiniones contrarias a las nuestras se transforman en la imposibilidad de soportar que el otro exista?”. Según Brum “la sociedad brasileña siempre ha estado atravesada por la violencia, fundada en la eliminación del otro, primero de los pueblos indígenas, después de los negros esclavizados, sus ecos continúan fuertes”.

Las protestas continúan

El próximo viernes 13 sindicatos y movimientos sociales se concentrarán en São Paulo en defensa de los trabajadores de Petrobras, a favor de la reforma política prometida por el PT y darán un apoyo velado al Gobierno Rousseff.

La manifestación de la oposición iba a celebrarse tan sólo el día 15 de marzo de modo que no coincidiera con los movimientos sociales. Sin embargo, tras el “éxito de la cacerolada” el grupo de Facebook Revoltados Online ha convocado una manifestación más el mismo día 13 y en el mismo lugar que los sindicatos, la sede de Petrobras en São Paulo. Aseguran que sólo llegarán a las 15 horas, cuando la manifestación pro Gobierno siga su curso hasta la Plaza de la República. El encuentro entre ambas corrientes puede provocar un nuevo estallido de violencia como el que se vivió en la última manifestación a favor de Roussef en Rio de Janeiro, donde tanto sindicalistas como antipetistas salieron heridos.

Para el próximo domingo se mantendrá la gran manifestación de la oposición en la que se mezclarán diversas corrientes de opinión, desde los que piden la vuelta de los militares, a los que simplemente quieren que se lleve a cabo un impeachment.

La cacerolada del domingo ha alarmado al Gobierno que hasta ahora no valoraba la importancia que podría tener la manifestación del día 15. Dilma Rousseff aseguró horas después que el pueblo brasileño era libre para manifestarse pero que “tenía que aceptar el juego democrático y convivir con la diferencia”. La presidenta se reunirá este martes con Lula da Silva para planear una estrategia más clara ante las nuevas protestas. Su principal rival de la oposición, Aécio Neves, se reunirá el miércoles con figuras de su partido (PSDB) para definir una postura en relación la manifestación del domingo y a la reclamación de impeachment contra la presidenta.

Grupos como Revoltados Online hablan del encuentro del próximo domingo como la “preparación para la gran batalla”. “No queremos un país rojo, queremos un país verde y amarillo. El gigante se ha despertado y vamos a recuperar nuestro país”, dicen desde este grupo con casi 700.000 seguidores.
Este lunes el ex presidente Fernando Henrique Cardoso (PSDB) reculó y dijo que un impeachment no era necesario: “El impeachment es como la bomba atómica, es para disuadir no para usar”. Incluso el senador Aloysio Nunes Ferreira (PSDB), número dos de Aécio Neves en la campaña electoral, y la persona que más había amenazado con ello declaró : “No nos interesa el impeachment, queremos ver a Dilma desangrarse los próximos cuatro años”.

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