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El drama sin fin de los refugiados sirios

Líbano, principal país de acogida, aumenta sus medidas restrictivas. Según las previsiones de la ONU, el número de exiliados que huyen de la guerra en Siria llegará a representar un tercio de la población total libanesa

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Refugiados sirios esperan a ser registrados antes de poder acceder a Líbano. - AFP

BEIRUT.- La guerra que lleva azotando a Siria desde principios del año 2011 ha empujado al exilio a unos cuatro millones de personas, según datos de la ONU. La mayoría se ha instalado en países vecinos como Jordania, Líbano o Turquía. Una vez lejos del conflicto, se enfrentan a otro no menos duro: sobrevivir en condiciones que a veces alcanzan la pura miseria.

Mouna tiene 35 años, pero las arrugas de su cara no son propias de su edad. "He envejecido tanto desde que empezó todo", se lamenta. Vive en Arsoun, un pequeño pueblo al norte de Líbano junto a su marido y su hija Hiba. Escaparon de Hama, al centro oeste de Siria, hace ya tres años. Recuerda emocionada su vida antes de la guerra. "Me pasaba los días cuidando de mi familia y trabajando en mi pequeña verdulería. Vivíamos bien, y éramos felices", asegura. Su negocio, al igual que su casa, fue bombardeado y ya no queda nada de él.

Ahora viven en un cuarto de piedra sin techo. Han intentado cubrirlo de muchas maneras, pero el agua de la lluvia sigue calándoles mientras duermen durante los meses de invierno. Los alquileres son caros y con el sueldo que recibe su marido en la construcción apenas les llega para cubrir sus necesidades básicas. 

La guerra en Siria está afectando gravemente a Líbano, histórico país de acogida, y a su economía

El caso de la familia de Mouna es uno de tantos. Huyeron a un país histórico de acogida, pero que ahora ha impuesto una serie de medidas restrictivas. La guerra en Siria está afectando gravemente a Líbano y a su economía. Según las previsiones de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el número de refugiados sirios en territorio libanés podría llegar al millón y medio. La cifra equivaldría a la tercera parte de la población local y agravaría una crisis humanitaria ya de por sí preocupante ante la falta de recursos.

Esta situación ha generado tensión entre las dos comunidades. Pero el racismo y la marginación del pueblo sirio, aunque ha aumentado notablemente con la llegada masiva de refugiados, también se ha generado por otros motivos.

En 1990 terminó la guerra civil libanesa (1975-1990) que fragmentó al país en territorios controlados por diferentes fracciones rivales. Un acuerdo con la Liga Árabe permitió a Siria desplegar a parte de su ejército en Líbano para mediar y poner fin al conflicto que duraba ya más de 15 años. Pero lo que pretendía ser una misión de ayuda se convirtió en el control militar y político de Líbano por parte de Damasco.

"No hay sitio para todos. Nuestro país tiene muchos problemas internos,
no podemos afrontar
también la guerra de Siria"

En 2005, con el asesinato del primer ministro libanés Rafik Hariri, del que muchos culparon al gobierno sirio, los libaneses salieron a la calle en una manifestación masiva exigiendo el fin de la ocupación.  "Los sirios hicieron cosas terribles aquí. Lo que la gente no entiende, es que los que ahora escapan de la guerra no son culpables de lo que pasó. Pero aún así, no hay sitio para todos. Nuestro país tiene muchos problemas internos, no podemos afrontar también la guerra de Siria", dice Jad, un joven libanés estudiante de marketing y relaciones públicas en la universidad AUST de Beirut.

La marginación abarca muchos aspectos. En su desesperación, los sirios aceptan condiciones laborales precarias con sueldos irrisorios, por lo que los empresarios prefieren contratarlos antes, como mano de obra barata, que a los propios libaneses. Incluso refugiados de otras nacionalidades recelan de su llegada por miedo a que colapsen las ayudas que antes recibían exclusivamente ellos.

Uno de los grupos más maltratados son los palestinos. La ocupación israelí les empujó al exilio. Ahora han tenido que volver a huir, sobre todo del campo de refugiados de Yarmouk, en Damasco, asediado y literalmente devastado por el Estado Islámico.

Dos niños pasan junto a los restos de campo de refugiados sirios e Líbano destruido por un incendio. Al menos seis personas murieron. - REUTERS

Obligados a instalarse en Chatila, un mundo aparte dentro de Beirut, donde en 1982 murieron 1.500 personas en dos días masacradas por las Falanges Libanesas, ayudadas por el Ejercito israelí, durante la guerra civil en Líbano. Tienen prohibido trabajar fuera del campo, están marginados del sector público y a veces del privado por la legislación libanesa. Esto les obliga a aceptar condiciones laborales verdaderamente indignas. La miseria se respira en todos los rincones.

Una generación perdida

Marwa Marrach, cooperante libanesa de Save The Children, alerta además de que "ahora las circunstancias de los refugiados son más complicadas. Tienen muchas dificultades para entrar y salir del país y las ayudas escasean". Marwa es consciente de lo difícil que lo va a tener esta nueva generación de niños sirios que ha perdido tanto. "Hacemos todo lo que podemos para que tengan un futuro. Han dejado atrás sus casas, sus colegios, y hasta muchos de ellos han perdido a sus familias", asegura.

Toda una generación perdida. Miles de niños han muerto en Siria y casi dos millones han tenido que abandonar su hogar. Como Alá, enferma del corazón. Vive con su familia en Líbano. Un almacén en mitad de una fábrica de bloques de cemento, se ha convertido ahora en su casa ahora. Son ocho personas. Seis menores y sus padres. Aunque sus circunstancias son extremadamente difíciles, agradecen la suerte de haber podido salir de siria hace dos años y medio.

"En Siria mis hijos iban al colegio, que era gratuito. Aquí no podemos permitírnoslo. Mis niños no van no van a recibir ninguna educación,
y no puedo hacer nada"

De vez en cuando Alá viaja junto a su madre, Mariam, a Siria para que la examinen en el médico. En Líbano no pueden permitirse el tratamiento de la niña, no existe la sanidad pública. Los recuerdos de Shiriaa, el lugar del que provienen, son difíciles. "Cada dos por tres huíamos hacia los pueblos de los alrededores. Las bombas arrasaban con todo. Allí dormíamos en casas de la gente que nos acogía", cuenta Mariam.

Su marido Jaled trabaja en la fábrica de ladrillos donde viven. También su hijo mayor de 14 años. De sus seis niños, solo uno de ellos va a la escuela. El sistema educativo libanés es bilingüe. Las clases se imparten en inglés o francés dependiendo del centro. Los niños sirios no son capaces de seguir el ritmo de sus compañeros. Además las escuelas son privadas y bastante caras. "En Siria todos ellos iban al colegio que era gratuito. Aquí no podemos permitírnoslo. Mis niños no van no van a recibir ningún tipo de educación, y lo peor es que no puedo hacer nada", dice la madre consternada.

Muhammad, que prefiere no revelar su verdadero nombre, sueña con regresar algún día a Siria "cuando esta pesadilla termine", dice. Vivía en Yarmouk y, al recordarlo, se emociona. "Antes de la guerra no había diferencias entre los que vivíamos allí. No importaba ni tu religión ni tu procedencia. Yo no era considerado un refugiado, era simplemente un ciudadano de origen palestino viviendo en Siria y tenía los mismos derechos que los demás. Yarmouk no tenía nada que ver con esto. Había trabajo, nuestra casas eran grandes, las calles estaban limpias y llenas de vida", continúa.

"Sólo los ignorantes hacen diferencias entre musulmanes y cristianos. Siempre hemos sido como hermanos. El fanatismo es estúpido"

Pero ahora las cosas en Líbano son distintas para él y su familia. Sobreviven gracias a las ayudas que reciben de ONG internacionales. Son muchas las organizaciones que están trabajando por sacar adelante a la población siria en Líbano, pero no son ni mucho menos, suficientes.

Siin embargo, y aunque son los menos, también hay sirios en Líbano contentos con la vida que llevan. Es el caso del padre George. En Beirut, llena de iglesias y mezquitas por todos lados, en una de las catedrales ortodoxas del centro, George regala misa a sus devotos. Él es sirio de origen armenio y no ha vuelto a pisar Damasco desde que estalló la guerra.

Es un hombre muy sonriente y tiene las cosas bastante claras. Según el religioso, el imperialismo extranjero y sus intereses son los verdaderos culpables de lo que está ocurriendo en Siria. "Sólo los ignorantes hacen diferencias entre musulmanes y cristianos. Siempre hemos sido como hermanos. El fanatismo es estúpido", afirma con rotundidad. Respeta al islam tanto como a su propia fe y tiene muchos amigos musulmanes. "Amigos de verdad", dice. Se encuentra bien en Beirut, aunque le duele mucho Siria, que "siempre será su casa".

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