Publicado: 12.04.2013 18:47 |Actualizado: 17.12.2014 17:17

Franco fue un juguete en manos de EEUU durante las negociaciones por las bases y la entrada en la OTAN

El régimen intentó que Washington se comprometiera a presionar a Londres por Gibraltar y garantizara la defensa de España en caso de ataque. Amenazó con obligarle a retirar todas las tropas. Al final el rey firmó un Tratado cuya finalidad era la modernización del Ejército para sentar las bases de la entrada de España en la Alianza

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El dictador Francisco Franco, en una imagen tomada en 1975.- EFE/Archivo

La estrategia de Franco y sus negociadores para venderle la marca España a EEUU entre 1973 y 1975 fue más penosa si cabe que la que hoy utiliza Mariano Rajoy para intentar colarle a Europa las bondades y seriedad de nuestro Gobierno. Si algo demostraron aquellas negociaciones de la dictadura con Henry Kissinger por las bases militares es que con el fervor y orgullo patrios no se va a ninguna parte. El resultado fue que por mucho que te creas el ombligo del mundo --ya sea por hacer de puerta del Mediterráneo o porque sin ti el euro se hunde-- cuando lo que tienes enfrente es mucho más poderoso que tú, al final dices a todo que sí y ya te las arreglarás para explicárselo (o no) a los de casa.

El Acuerdo de Amistad y Cooperación que España y EEUU firmaron en 1970 abrió a Washington las puertas de nuestras instalaciones militares más importantes. El caudillo sentía que poner a disposición de Occidente bases como la de Rota, que hacía de lanzadera de la Sexta Flota, probaba su gran compromiso en la lucha contra el comunismo. Además, el régimen podía presumir de una presunta relevancia internacional y se beneficiaba de los créditos financieros derivados del pacto.

El problema es que la opinión pública, y sobre todo los militares, no acababan de ver el beneficio que sacaba España de todo ello. Europa nos seguía marginando por tener a un dictador como jefe de patio y el Ejército se sentía colonizado y en inferioridad. Además, la Casa Blanca no era transparente con el régimen en algunos aspectos de su estrategia militar que no estaban contemplados en el contrato. Por ejemplo, la presencia de buques y submarinos nucleares en nuestras costas, que EEUU usara las bases en España para aprovisionar a Israel o que su naves atracasen en nuestros puertos a repostar sin previo aviso. OTAN no, si no se muere Franco

Cuando Kissinger decidió en 1973 que, teniendo en cuenta la incertidumbre por el futuro de España, lo mejor era iniciar los contactos y firmar la renovación del acuerdo (que vencía en septiembre de 1975) antes de que se muriera el dictador, todos estos sentimientos salieron a relucir. El planteamiento inicial del franquismo en las negociaciones era que la OTAN estaba obligada a reconocer la aportación española ya que las bases no servían sólo para que EEUU hiciera de guardián del mundo, sino que eran un elemento clave de la defensa de los socios de la Alianza Atlántica. Kissinger prometió a España presionar para que entrara en la OTAN pero en realidad sólo trató de programar unas maniobras militares

EEUU siempre reconoció esa aportación pero también advirtió de que sería imposible que España entrara en la OTAN antes de que muriera Franco. "El Gobierno de Estados Unidos no se plantea la entrada de España en un futuro inmediato pero cree que llegará un momento en el que todos los miembros acepten la entrada de España en la Alianza [...] Hasta que eso suceda, debemos establecer lazos informales y limitados, pero prácticos, entre España y la OTAN", reza un cable enviado por el Departamento de Estado el 30 de julio de 1973 a todas las capitales de la OTAN y a su representante permanente ante la Alianza.

Éste respondió favorablemente a la propuesta pero explicó: "El problema aquí no reside tanto en que se malinterpreten nuestros objetivos políticos como en la desaprobación que muestran algunos miembros hacia nuestra política para ampliar la cooperación con España". Por su parte, el embajador estadounidense en Madrid, Horacio Rivero, no veía por qué EEUU no iba a "maximizar la utilidad de todos los recursos compatibles con las exigencias estratégicas de la OTAN". "La cooperación de España con la OTAN debe ser vista así, más que considerarla como un paso adelante para una eventual incorporación que, por otra parte, siempre podrá ser vetada por cualquiera de los Estados miembros".

Los lazos de los que hablaba el Departamento de Estado entonces no iban más allá de favorecer la participación del Ejército español en maniobras militares conjuntas con el objetivo de corresponder al ego del Gobierno franquista. Kissinger propuso a sus embajadores que organizasen comidas con representantes de los ministerios de Exteriores para ir tanteando el terreno y les envió unas líneas generales sobre las que debían incidir, aunque siempre dejando claro que "hemos apoyado desde hace tiempo la entrada de España en la Otán pero reconocemos la imposibilidad política de que esto ocurra mientras Franco viva".  En 1974 Estados Unidos firmó una declaración alabando a España por su "defensa del mundo libre" para sacar ventaja en las negociaciones

Un año más tarde la postura de los miembros europeos de la Alianza era la misma y EEUU accedió a firmar una declaración conjunta con España (la rubricó el rey durante la enfermedad de Franco y fue su primer acto oficial como jefe del Estado en funciones) en la que ambos se comprometían a "continuar la cooperación existente [...] con el fin de fortalecer su seguridad y con ello la del mundo libre".

La carta llamó la atención del embajador de Holanda en Washington, quien no dudó en dirigirse al Departamento de Estado pidiendo más información. EEUU reiteró que no estaba presionando para acelerar la entrada de España, que eso no pasaría hasta que se muriera Franco pero que, en cualquier caso, la declaración beneficiaba al Gobierno del régimen, remodelado con la entrada de Arias Navarro, y que podía ser de mucha utilidad "para renovar el acuerdo sobre las bases".

En noviembre de 1974, antes de que ambos países se metieran de lleno en las negociaciones oficiales, Rivero hizo una radiografía de la que podría ser la postura española. Avisó de que Franco iba a querer dar la impresión de tener la sartén por el mango y que haría lo posible por que las reuniones avanzaran despacio; que centraría sus esfuerzos en conseguir que EEUU se comprometiera a defender a España en caso de ser atacada, y que Gibraltar jugaría un papel clave en las negociaciones.

Eran dos reclamaciones históricas pero también dos temas innegociables para Kissinger. Ya en 1973, el ministro de Exteriores López Rodó, llegó a decirle a Rivero que si Washington no se comprometía a presionar a Londres por El Peñón, entonces España podía considerar que no tenía sentido que hubiera dos bases tan juntas (la de Rota y la de Gibraltar). Más tarde, Carrero Blanco desmentiría a su ministro tranquilizando al embajador al aclararle que para él eran dos temas completamente diferentes.Amenaza como técnica negociadora

En cualquier caso, y pese a que a ambos países les interesaba un acuerdo, España planteó las primeras rondas de negociación queriendo sacar la mayor tajada posible. EEUU, a sabiendas de que los españoles acabarían cediendo, planteó un acuerdo que era una reedición del anterior, lo que provocó los primeros rifirrafes: "Ustedes tienen la impresión errónea de que los españoles van a hacer todo lo que ustedes quieran a pesar de la opinión pública, pero esto ya no es cierto", le dijo el Marqués de Perinat el 13 de enero de 1975 al nuevo embajador en Madrid, Wells Stabler.Cortina amenazó a Kissinger con que si no se firmaba el nuevo acuerdo antes del 25 de septiembre, EEUU tendría que irse

Su antecesor, Rivero, en aquel informe de finales de año, ya había avisado a Kissinger, además, de que habría que contentar a los militares, puesto que podrían tener un papel protagonista en la sucesión. Stabler comprobaría su descontento en el transcurso de una charla con el teniente coronel José Duret, quien le vino a decir que lo de las maniobras conjuntas era un cuento difícil de tragar. También le dijo que las bases estadounidenses constituían más un peligro que un seguro defensivo. Stabler, al ver la actitud de los militares, recomendó a Kissinger de nuevo cerrar el acuerdo antes de que muriera Franco. Sin embargo, a esas alturas el embajador había establecido una relación fluida y muy productiva con el príncipe Juan Carlos, por lo que tampoco descartaba que la situación se pudiera desbloquear una vez heredara la Jefatura del Estado.

Los meses avanzaban y los equipos de trabajo españoles empezaron a dar muestras de su división interna y de sus debilidades. Muchos militares y algunos ministros querían reducir la presencia de EEUU y modernizar el Ejército (llegaron incluso a presentar una lista de la compra de material militar). Otros pensaban más en la OTAN que en el acuerdo sobre las bases en sí. Los más seguían con la idea de que si se alargaba la firma forzarían a EEUU a aceptar la defensa de España en caso de ataque y que Kissinger entraría por el aro si le amenazaban.

El equipo negociador de Franco se permitía el lujo de discutir en plenas conversaciones y el ministro de Exteriores Cortina llegó a decirle a Washington que si el 25 de septiembre no se había llegado a un acuerdo no habría extensión temporal posible: EEUU tendría que marcharse en menos de un año.

Ambas delegaciones se reunieron en Washington del 15 al 17 de septiembre de 1975 sin llegar a un acuerdo. No obstante, en un comunicado conjunto EEUU y España dejaron claro que no habría retirada y que de alguna manera el acuerdo se extendería hasta que se llegara a una resolución definitiva. Los mandos del Ejército siguieron presionando de un modo muy poco sutil. Stabler envió un cable a Kissinger el 23 de septiembre informándole de que los españoles habían prohibido a los estadounidenses hacer cualquier tipo de obra de reestructuración en la base de Rota a partir del 26 de ese mes. Acuerdo pese a las ejecuciones

Nada que no se pudiera solucionar. El 4 de octubre, cuando toda Europa había retirado a sus embajadores en Madrid por la ejecución de tres integrantes del FRAP y dos de ETA, Kissinger y el ministro Cortina se reunieron y alcanzaron un acuerdo por el que EEUU mantendría toda su presencia en España a cambio de una gran inversión en la modernización total del Ejército español. Las tensiones en el Sáhara y la muerte de Franco dejaron en punto muerto las negociaciones, pero aun así el secretario de Estado, que había mostrado todo su apoyo al príncipe Juan Carlos como único guía posible de la transición, consiguió el 16 de diciembre un compromiso del recién nombrado ministro de Exteriores, José María de Areilza, el conde de Motrico. El rey pidió a través de Areilza que el texto tuviera entidad de tratado porque eso tendría más impacto en la opinión pública española

Ambos se vieron las caras en París el 16 de diciembre de 1975 y Areilza prometió a Kissinger que España no movería una coma respecto a lo que había acordado con Cortina pero pidió, por sugerencia del rey, que el nuevo texto tuviera la entidad de tratado porque eso gozaría de un mayor apoyo popular. El jefe de la diplomacia de EEUU le contestó que no creía que el Senado (Cámara por la que tenía que pasar el nuevo acuerdo si iba a ser un tratado) fuera a poner ningún tipo de problema. El acuerdo económico, militar, en ciencia y tecnología, educación, agricultura y cultura superaría los mil millones de dólares.

Kissinger firmó en Madrid el Tratado de Amistad y Cooperación el 25 de enero de 1976. No hubo mención a Gibraltar ni a la defensa de España en caso de ser atacada. Tan sólo el compromiso por parte de EEUU de enmarcar la relación en el ámbito de la defensa de la Alianza Atlántica y resaltar el valor de la aportación española para sentar las bases, esta vez sí, de la futura incorporación en la OTAN. Los estadounidenses, eso sí, se verían obligados a retirar sus submarinos con cabezas nucleares de Rota antes de 1980.

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