Publicado: 14.02.2015 09:19 |Actualizado: 14.02.2015 09:19

"En El Tarajal no hubo sólo 15 muertos, sino 80"

Varios subsaharianos recuerdan el brutal ataque de la Guardia Civil, hace un año en Ceuta, contra un grupo de inmigrantes que trataba de alcanzar la costa española.  

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Roméo: "No sé donde está mi hermano, si está en el depósito. No sé si lo enterraron en Ceuta o si està aqui en Marruecos".

Roméo: "No sé donde está mi hermano, si está en el depósito. No sé si lo enterraron en Ceuta o si està aqui en Marruecos". L. G.

El 6 de febrero se cumplíó un año de la tragedia en la Playa
de El Tarajal, en Ceuta
. La Guardia Civil disparó pelotas de goma y botes de humo a un grupo de subsaharianos que intentaba alcanzar la costa española, primero por tierra y luego por mar; omitiendo así el deber de socorro a unas personas en riesgo de morir.

Los que pisaron tierra española fueron expulsados automáticamente, vulnerando la Ley de Extranjería y los tratados internacionales. En la misma playa, la Policía marroquí les dejó improvisar un acto de homenaje a los muertos.

Un año después, nadie ha asumido responsabilidades. La cifra de muertos oficial es 15, aunque los supervivientes con quien se habló para realizar este reportaje cuentan que fueron más.

François, un chico interno en el CETI (Centro Estancia Temporal Inmigrantes) intentó cruzar la frontera ese fatídico día. Dice que es un milagro que esté vivo. Al recordarlo, dice sentir mucha pena y describe la actuación de la Guardia Civil como "un atentado suicida", como "un acto terrorista y premeditado o como si de una caza de animales se tratara". Según él, fueron alrededor de 80 muertos. 

En el bosque de Cassiago, ya en Marruecos, se esconden unos chicos. A diferencia de otras veces, no tienen un asentamiento, ni están organizados. Duermen acurrucados unos con otros. La policía les martiriza casi a diario. Así que, cuando los encuentro en la carretera, dicen preferir no invitarme. Se dirigen a una fuente cercana. Hablamos un poco. Les pregunto por el 6 de febrero. Lo vivieron. Roméo cuenta que su hermano murió allí. Pero su nombre, Maxim, no aparece en la lista de los muertos. "No sé dónde está mi hermano, no sé si está en el depósito. No sé si lo enterraron en Ceuta o si está aquí, en Marruecos", cuenta.



Los volveré a encontrar en Boukhalef, un barrio a las afueras de Tánger. La policía los detuvo. Están acostumbrados. Es la vida del clandestino, dicen. En Boukhalef, malviven centenares de subsaharianos mientras esperan cruzar la frontera, ya sea por mar o por tierra. Es una barrio a medio construir donde, muchos de
los pisos, destinados a ser de protección oficial, están
ocupados por inmigrantes.

Cuando anochece, las calles principales son un hervidero. Se forman grupos de jóvenes, los locutorios se llenan y las
paradas ambulantes de fruta y verdura llegan con los gritos
de sus vendedores. Para muchos, no hay nada que hacer, no hay
prácticamente nada que comer
. Aun así, hay que buscar
alternativas. Hay que sobrevivir.

 

Los relatos son traumáticos. Persecuciones y redadas policiales —un camerunés, Ciedrick, moría al caer desde un tejado al verse acorralado—, ataques violentos de grupos xenófobos —Charles Ndour, senegalés y con permiso de residencia, moría degollado en agosto—; sin olvidar las 15 muertes del 6 de Febrero en Ceuta, tragedia presente en todos ellos. 

Rasta cuenta que fue el primero en pisar tierra española ese día. En el mar, sujetaba a su mujer y a más personas para que no se ahogaran. Al acercarse a la playa, la Guardia les decía “ven, moreno, ven” y luego les lanzaba gases lacrimógenos. Asegura también, que los muertos fueron "alrededor de 80" y que, si en ese momento hubieran sido conscientes del número de víctimas, se hubieran negado a ser expulsados. Los relatos, aún frescos en la memoria, son contados con total indignación. Al mismo tiempo que piden ayuda, reclaman justicia.

Este trabajo fue realizado durante los meses de mayo y junio de 2014. Muchos de los testimonios ya no se encuentran en Marruecos. En agosto, el reino alauí, abrió su frontera por el mar (aludiendo después algún fallo de coordinación) y aproximadamente un millar de personas llegaron a Tarifa. Como un polvorín corría la noticia por el barrio de Boukhalef.

Roméo, de quien se ofrece su testimonio en un vídeo, sigue
en Marruecos, a la espera aún de saber si le han concedido
o no la residencia durante el proceso de regularización que
se está llevando a cabo actualmente. De no ser así, quizás
sea expulsado, tal y como se viene anunciando por parte de
las autoridades marroquíes.