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El terrorismo ultra no es cosa de locos

Pese a que los ideólogos neocon' tildan de simple "locura" puntual las matanzas cometidas por asesinos de extrema derecha, esa ideología fanática es la verdadera raíz de atrocidades como la de Utoya y Oslo

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'Atroces pero necesarios'. Así describió Anders BehringBreivik los atentados que perpetró el pasado viernes en Noruega y que acabaron con la vida de 77 personas. La justificación y el modo de actuar de Breivik, un ultraderechista islamófobo de 32 años, son idénticos a los de la gran mayoría de los numerosos lobos solitarios en ocasiones con colaboradores que cometieron asesinatos en masa en las últimas décadas a causa del fanatismo ideológico.

Igual que Timothy McVeigh, el veterano de la Guerra del Golfo que, con 26 años, detonó en 1995 una bomba frente a un edificio federal en la ciudad de Oklahoma (EEUU), causando 168 muertes y más de 500 heridos; Breivik no actuó de forma espontánea, sino que preparó minuciosamente durante años unos ataques que justificó en la defensa de una serie de valores que consideraba en peligro.

Los asesinos fundamentalistas preparan al mínimo detalle sus acciones

McVeigh creía, junto a otros ultraderechistas, que el Gobierno federal estaba traicionando los 'valores americanos' y que debía ser derrocado. Igual que el convencimiento de que el Gobierno progresista de Bill Clinton era el verdadero enemigo caló en la mente de McVeigh, para Breivik, el auge del islam en Noruega y Europa representaba el mayor de los peligros, pero no buscó castigar al islam, sino al Gobierno laborista por propiciar la inmigración masiva de musulmanes.

El colectivo extranjero representa un 12% de la población noruega (en Oslo es del 28%), pero la proporción de musulmanes es de sólo el 3%.

'Lo que la mayoría de gente aún no entiende es que la creciente islamización de Europa no podrá ser frenada hasta que alguien controle la doctrina política que la hace posible', escribió Breivik en su manifiesto, 2083: Una Declaración de Independencia Europea, de más de 1.500 páginas, y que redactó durante tres años.

Justifican sus crímenes con la defensa de valores seculares en riesgo'

Este fundamentalista cristiano, que militó de 1999 a 2006 en el ultraderechista Partido del Progreso, 'fue acti-vo políticamente hasta que consideró que las herramientas políticas no eran suficientes y apostó por la violencia', según su abogado. McVeigh también se desencantó de la política al volver de la Guerra del Golfo, en 1992.

Buena parte del manifiesto de Breivik, en el que alerta del multiculturalismo, está copiado del manifiesto de otro terro-rista fanático, el estadounidense Ted Kaczynski, conocido como Unabomber, aunque con algunos cambios. Breivik sustituye el término 'izquierdismo' por 'multiculturalismo' o 'marxismo cultural'.

En su escrito, el anarquista Kaczynski, que vivía aislado en un bosque, llama a una revolución mundial contra los efectos del 'sistema tecnológico-industrial' de la sociedad moderna. El manifiesto fue publicado en 1995 por dos diarios estadounidenses después de que esta fuera la condición impuesta por el terro-rista para dejar de mandar paquetes bomba. Entre 1978 y 1995, Unabomber envió 16 paquetes, dirigidos especialmente a universidades y líneas aéreas, que causaron la muerte de tres personas e hirieron a otras 23 en Estados Unidos.

Se inspiran en las tesis xenófobas y antiislámicas de los ultraderechistas

Detenido en 1996, con 54 años, Kaczynski fue condenado a cadena perpetua dos años después, pero evitó la pena de muerte al admitir su culpabilidad. Sin embargo, se negó a declararse demente. Los especialistas le diagnosticaron una paranoia esquizofrénica que no le impedía ser juzgado.

En pleno afán propagandístico, Unabomber pidió tomar la palabra en el juicio porque sabía que iba a ser retransmitido en directo por televisión. La petición le fue denegada, igual que a Breivik hace unos días, cuando solicitó recitar su dogma en su primera audiencia judicial (vistiendo, además, de uniforme), para difundir su cruzada antiislam. Kaczynski sigue en prisión y sostiene la 'necesidad' de sus acciones para llamar la atención sobre la supuesta pérdida de libertad que provoca el desarrollo tecnológico.

Igual que McVeigh, Breivik decidió atacar a su Gobierno por ser progresista

La voluntad de dar a conocer los motivos de sus atrocidades y lograr el mayor impacto público es común en muchos fundamentalistas, como Seung-Hui Cho, el estadounidense de origen surcoreano, que en 2007, con 23 años, disparó indiscriminadamente en el campus de la Universidad de Virgina Tech, matando a 32 personas. Cho, que se suicidó a continuación, había mandando antes de la matanza un vídeo a la cadena de televisión NBC, en el que justificaba la masacre por su odio a las clases altas de la sociedad.

La publicación de escritos para defender acciones violentas era habitual en los noventaen los grupos de extrema derecha, que buscaban atraer a nuevos seguidores. Tendencia que ha proliferado en la última década entre las organizaciones terroristas islamistas.

Sin embargo, para muchos investigadores, esta no es la única similitud entre asesinos como Breivik y organizaciones como Al Qaeda. Según Thomas Hegghammer, un experto del Instituto Noruego de Investigación de Defensa, ambos comparten la glorificación del mártir. 'Tanto Breivik,que se ve como un guerrero medieval, como Al Qaeda dicen actuar por agravios que comparten sus sociedades, como la creciente influencia del islam en Europa o, en el mundo árabe, la opresión palestina',aseguró Hegghammer hace unos días al Financial Times.

Los casos de Breivik, McVeigh y Unabomber demuestran que sus atentados se deben a un fanatismo alimentado durante años y no a un simple estado de locura puntual, que sí padecen otros asesinos de masas. Los criminales fundamentalistas no suelen mostrar, además, ningún tipo de arrepentimiento, sino más bien un orgullo desmedido por unas acciones que ejecutan con plena consciencia y que creen necesarias para el bien común.

La cuestión está en saber si los principios fanáticos calan más en personas inestables, algo que debe demostrarse ahora con Breivik, que se someterá en los próximos días a pruebas psicológicas, aunque, según sugirió su abogado, se negará a declarase demente en el proceso judicial.

El británico David Copeland,por ejemplo, fue diagnosticado como un paranoide esqui-zofrénico, después de haber instalado, cuando tenía 23 años, tres bombas contra minorías étnicas y homosexuales en Londres en 1999, que causaron tres muertos y 139 heridos. En su juicio, la Fiscalía no aceptó su declaración de culpabilidad por considerar que sufría una enfermedad mental. Pese a este atenuante, Copeland fue condenado a 50 años de prisión. El joven reconoció ser un seguidor del nazismo, creer en una raza superior y pretender provocar una guerra entre razas.

Copeland admitió, además, haberse inspirado, igual que Timothy McVeigh, en el libro The Turner Diaries, escrito en 1978 por William Luther Pierce,el fundador de la organización ultraderechista estadounidense Alianza Nacional. La novela, que el FBI considera una referencia de los grupos de extrema derecha, narra el desarrollo de una revolución armada en Estados Unidos para acabar con el Gobierno federal y promover la supremacía blanca en la población.

McVeigh, sin embargo, no corrió la misma suerte que Copeland o Unabomber, y fue ejecutado. En el juicio, no expresó remordimiento algunoy fue diagnosticado como una persona 'sana e inteligente'.

El intento de asesinato de la congresista demócrata Gabrielle Giffords el pasado enero en Tucson (EEUU), fue uno de los últimos crímenes por odio a los inmigrantes. Un joven de 22 años abrió fuego contra Giffords y los demás asistentes a un acto político, matando seis personas. El criminal, hoy internado en un hospital tras declararse mentalmente incompetente para ser juzgado, pretendía castigar a la congresista por su oposición a la ley contra los inmigrantes ilegales en Arizona, que la propia Casa Blanca ha recurrido ante el Supremo.

Sarah Palin, excandidata republicana a la vicepresidencia de EEUU y líder del Tea Party, acababa de hacer una campaña de internet con fotos de políticos demócratas (incluida Giffords) tras la cruz de una mirilla de rifle, pero aduce que eso no instigó el odio del asesino ultra que descerrajó un tiro en la cabeza a la diputada.

Las matanzas xenófobas son corrientes en el EEUU sometido a la propaganda neocon: a finales de 2009, un vietnamita de 41 años acribilló a los que estaban en un centro de acogida de inmigrantes en el estado de Nueva York, causando 14 muertes. El asesino, que se suicidó posteriormente, mandó un escrito a una cadena de televisión local en el que denunciaba el trato de la Policía a los inmigrantes.

Otra muestras de masacres instigadas por el fanatismo ultra son el asesinato de 14 concejales en Suiza en 2001 y la muerte de 14 universitarias por parte de un antifeminista en Canadá en 1989.