Publicado: 31.08.2015 23:21 |Actualizado: 01.09.2015 00:01

"Soy traficante de refugiados y nos llaman criminales, pero es la UE la que los empuja hacia nosotros"

Ahmed denuncia que el cierre de las fronteras deja a sus compatriotas sirios en manos de las redes de tráfico de personas, dado que no existe una vía legal y segura para alcanzar Europa

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Los refugiados sirios llevan acampados en Harmanli en condiciones infrahumanas desde hace tres años. / AFP

Los refugiados sirios llevan acampados en Harmanli en condiciones infrahumanas desde hace tres años. / AFP

HARMANLI (FRONTERA TURCO-BÚLGARA).- Ni nombre, ni foto. Fue la única condición que nos puso para hablar de su “trabajo”: acercar a la gente siria a Europa. “Por hacer eso nos llaman criminales”, dice. Teme tanto a las policías búlgara y turca como al resto de los traficantes que viven en los campos de refugiados y en los pueblos colindantes con la frontera que separa Bulgaria de Turquía. Él mismo es refugiado, y vive en la zona. “Me dedico a ayudar a los refugiados sirios a pasar la frontera”. Explica que hoy por hoy no pueden pedir asilo sin pisar suelo europeo y, ante la respuesta que da la UE, alambradas y cuchillas en la frontera, lo suyo es sortear las vallas y hacer que la gente entre en Europa. “Necesitan a alguien que los guíe en el trayecto por bosques y pueblos desconocidos. Huyendo de la policía, no pueden ir solos. Y ese es mi trabajo”.

Tanto Fadiha como Ali, refugiados sirios en el campo de Harmanli, el mayor de Bulgaria, han acudido a un traficante para poder entrar en el país. Son nafrat, como se denomina a los refugiados que han entrado en Europa con la ayuda de los traficantes. “Hay campos de refugiados enteros que son nafrat, gente que ha pasado pagando. Los sirios no tienen una vía legal para entrar en Europa. Solo hay alambradas en la frontera. Se ven empujados a contactar con nosotros”, explica Ahmed, nombre ficticio con el que nos referiremos al traficante.

Fadiha y Ali aclaran que si hubieran podido obtener la protección internacional en embajadas de Estados europeos ubicadas en los países vecinos a Siria, o si hubieran podido entrar en Europa por una ruta legal y segura, nunca hubieran llamado a un traficante. Ali, que trabajaba en Siria como periodista, había solicitado un permiso para estudiar en Alemania. Tras la negativa y después de un año de espera, decidió huir a pie. Cruzó la frontera por el norte y entró en Bulgaria desde Turquía escondido en un camión. Pagó unos 2.000 euros para lograrlo. Desde Bulgaria seguirá su ruta hacia Grecia e Italia, con un destino final: Alemania.

Su idea es pagar a los traficantes en cada país para saltar los controles de la policía fronteriza y así pasar de un Estado a otro. Si le hubieran concedido el visado, habría comprado un billete de avión de Turquía a Alemania por menos de 400 euros. Para él no hay vuelta atrás a Siria, aunque deba recurrir a los traficantes. Cuenta que su amigo y compañero de trabajo, Kanowar, de 27 años, también periodista, acaba de fallecer en Siria asesinado por un grupo islámico.



Fadiha ha seguido el mismo camino. Profesora de francés en Damasco, vive ahora en el campo de refugiados de Harmanli y acaba de dar a luz un niño. Dejó Siria en marzo, en Turquía llamó a un traficante y, en junio, cuando estaba embarazada de siete meses, viajó escondida en un camión durante dos días para entrar en Bulgaria.

Mientras enseña contenta a su bebé, dice que nunca más quiere vivir un parto. Dio a luz en el hospital de Haskovo, una ciudad cercana al campo de refugiados: “Fue duro, en el hospital nadie me dirigía la palabra y me encontraba muy mal. Mira, para el pequeño quiero una vida normal, no una vida de refugiado”.

Ahmed, el traficante, ha intentado cruzar la frontera Turquía-Bulgaria a pie unas cinco veces. Los cordones de la policía búlgara y de Frontex, el tiempo y los perros lo echaron para atrás hasta que dio con el punto fronterizo oportuno después de horas de vigilancia. “He pagado muchísimo a los traficantes. Por eso tomé la decisión de ayudar a otras personas. No es solo cruzar una frontera, es cruzar hacia una vida mejor”. Insiste en que lo suyo es hacer de guía a otros sirios, ayudarles, pero a cambio de dinero: “Sí, llámame traficante de refugiados si quieres”.

Ahmed lleva meses en Bulgaria, pero en su cabeza resuena el ruido diario de las bombas. “En mi calle, en Damasco, había varios grupos que disparaban. A partir de las seis de la tarde nadie podía salir de casa si quería seguir con vida”. Su hermano ya ha esquivado tres veces la muerte, al ser herido de bala. Ahora le ayuda en la frontera a "pasar" a la gente. “En las calles de Damasco he visto cómo los perros comían los cuerpos de personas asesinadas. Cuando un sirio ve la mínima posibilidad de abandonar Siria, se larga. A mucha gente pobre le gustaría partir hacia Europa, pero no consiguen reunir el dinero que piden los traficantes. Van a Jordania, a Líbano o a Turquía, o se quedan en su casa, sin saber cuánto tiempo seguirán con vida. Los que se van a Europa son los que tienen algo de dinero. Muchos han vendido sus casas para conseguir este dinero”.

A pesar de escaparse de los bombardeos, Ahmed sigue con miedo en Bulgaria. Miedo sobre todo a los demás traficantes: “¡Qué! ¿Haces de voluntario en la frontera para ayudar a pasar a la gente? Nos estropeas el negocio con tus tarifas bajas, me dicen. Hasta ahora no me ha pasado nada. Pero cuando ahorre el dinero que necesito para irme a estudiar a Alemania dejaré esto. Seguro que detrás de mí habrá muchos dispuestos a ocupar mi lugar. Mi sueño es hacer un máster en Ingeniería en Alemania. Yo soy ingeniero”.

Refugiados sirios en el campo de Harmanli, a la espera de los papeles. / CORINA TULBURE

Refugiados sirios en el campo de Harmanli, a la espera de los papeles. / CORINA TULBURE

Traficantes low-cost y traficantes first-class

El negocio del tráfico de personas solo es una respuesta a los negocios de las alambradas y la seguridad fronteriza, ya que las vías legales para cruzar las fronteras son inexistentes. El Gobierno búlgaro prohíbe sacar fotos a la alambrada que limita la frontera y desde el Ministerio de Interior explican que es una zona patrullada solo por la policía. Sin embargo, los traficantes circulan por allí. “Hay traficantes y traficantes. Algunos son criminales. Unos cobran menos, y otros son carísimos. Pero en la ruta nadie está nunca seguro, porque cada tramo está controlado por distintos grupos de traficantes. Es como si contrataras una agencia de viajes, el precio depende del paquete que pagues: la ruta entera de Siria a Alemania vale más de 10.000 euros; de Turquía a Bulgaria te puedes salir por 1.500 o 2.000 euros. Se negocia todo. También hay distintos precios en función de cómo pasas la frontera: en camión o por tierra caminando dos horas, cuatro horas, dos días”.

Los contactos con los traficantes-guía comienzan en Siria: las familias llaman a los grupos que están en Estambul. Los traficantes de Turquía pasan la información al grupo que está en Bulgaria, y de Bulgaria a Serbia. Trabajan en red y la parada final es Alemania. “Es como una multinacional, y en cada país existen responsables de zonas. Las tarifas se negocian en función de la ruta y del tiempo que uno está dispuesto a tardar para llegar a Alemania. Cada familia tiene su acuerdo con el traficante. Algunos refugiados son secuestrados durante el camino por otros traficantes, que les piden más dinero por llevarlos hasta su destino”.

Existen traficantes para rutas de larga duración, y también para rutas cortas de un país a otro, rutas vigiladas por traficantes búlgaros, serbios o rumanos, entre otros. A cambio del pago, cualquiera se puede sumar: “Cada día más gente acude a mí para ayudarle a pasar la frontera. No te imaginas lo contentos que están cuando consiguen pasar, la gente se abraza”.

El boca oreja funciona para que Ahmed llegue a nuevas familias: “Cuando conseguimos pasar la frontera, la familia de Siria a veces me llama y me lo agradece. Luego son las mismas familias las que me recomiendan a otras personas en Siria”. Pero aunque las familias hayan escapado de las bombas, el miedo siempre está ahí. En el camino les esperan los traficantes estafadores y la policía fronteriza, que puede devolverles a Turquía. “Se han dado casos de estafa. Algunos traficantes llevan a la gente al bosque y luego desaparecen con el dinero. Los dejan allí esperando pasar la frontera. Algunos, incluso, tienen acuerdos con la policía: llevan a los refugiados al bosque, como si fueran a ayudarles a pasar la frontera, y allí los entregan a las autoridades policiales”.

Un sirio tramita los papeles en el campo de refugiados de Hamanli. / CORINA TULBURE

Un sirio tramita los papeles en el campo de refugiados de Hamanli. / CORINA TULBURE

Cruzar la frontera

“La frontera no se cruza por un punto determinado, sino que se bordea para ver dónde hay un hueco. Detectar este hueco es un secreto del oficio. Caminamos kilómetros para encontrar el punto por donde entrar, a veces caminamos días”. Los traficantes vigilan durante horas la frontera hasta hallar el momento oportuno. Algunos lo hacen desde el lado turco, y otros desde el lado búlgaro. En el otro bando, la policía vigila la zona fronteriza. “Es como en la guerra”, explica Ahmed, “todos vigilan a todos. Al parecer, hemos huido de una guerra para toparnos con otra: la guerra de las fronteras. Sin embargo, la gente tiene claro que debe pasar al otro lado, y lo intenta varias veces hasta conseguirlo. Si no, se hubieran quedado en Siria, esperando su muerte”. La frontera se cruza en menos de diez minutos, pero antes de que llegue ese momento muchos patean durante horas. “Los traficantes guardamos en nuestra memoria un mapa detallado de la frontera, conocemos cada arbusto”.

Para cruzar, se forman grupos de refugiados que van acompañados de un traficante guía, como los llama Ahmed. Los refugiados no deben llevar equipaje pesado y en cada grupo no puede haber más de tres o cuatro niños, para poder huir en caso de que la policía fronteriza los descubra. En Bulgaria son recibidos por otros traficantes de la red. Estos los trasladan a unas dependencias seguras, desde donde podrán seguir su camino hacia Alemania evitando que les tomen las huellas dactilares. Tienen miedo de que el Gobierno búlgaro les conceda el estatuto de refugiado, ya que, de este modo, durante tres años no podrían trabajar ni residir en otro país que no fuera Bulgaria.

“Algunos sirios que han recibido el estatuto de refugiados trabajan aquí por menos de un euro la hora o por seis euros todo el día. Con eso no pueden vivir. Por eso quieren llegar a Alemania”, cuenta Ali, que de momento tiene el permiso de refugiado solo para Bulgaria. Si la policía búlgara les tomara las huellas dactilares, al viajar a Alemania serían deportados de nuevo a Bulgaria, conforme al Tratado de Dublín II. Aunque Berlín asegura que está dejando de aplicar este acuerdo en el caso de los sirios.

No obstante, nos explica Ali, los hombres de negocio sirios no pasan por el mismo calvario: “Nosotros caminamos o nos lanzamos al mar para tocar Europa. Pero muchos sirios ricos se van directamente a Canadá, a abrir negocios. No tiene problemas con los papeles, ya que se les considera inversores y no refugiados”. 

Dentro del mundo de los traficantes son frecuentes las peleas y los chantajes. Muchos viven en los mismos campos de refugiados, donde pueden permanecer meses, y se amenazan entre ellos con denuncias a la policía búlgara. En la misma ciudad de Harmanli, Ali comenta que “los refugiados son un negocio para muchísima gente, no solo para los traficantes. Esta misma ciudad, por ejemplo, vive de los refugiados. Si Europa nos hubiera abierto una puerta legal para entrar, no hubiéramos pasado por todo eso".