Opinión
Publicado:  23.07.2016 22:29 | Actualizado:  23.07.2016 23:42
Redacción Público

Los muertos del Alvia dan la bienvenida a Ana Pastor

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                                           Un soneto me manda hacer Violante
                                        que en mi vida me he visto en tanto aprieto

Llevo tres años intentando no escribir sobre este asunto. Un sencillo cuento sobre un tren. Ha habido incluso muy ilustres periódicos nacionales, franceses y estadounidenses que me han ofrecido dinero por contar aquel cuento del tren. Desde el primer día. La gente que me llamaba era muy educada y comprensiva. Había salido en un periódico que uno de los heridos era periodista y escritor, o sea, un tipo que mal que bien sabe adjetivar el dolor, agrandar las heridas con hipérboles y metáforas, y llorar a los muertos con lagrimones endecasílabos, que venden más hectolitros de periódicos. No lo reprocho. Yo hubiera hecho lo mismo. No es morbo. Es relato. Pero no lo sabía escribir.

                                               Un soneto me manda hacer Violante
                                           que en mi vida me he visto en tanto aprieto
                                              catorce versos dicen que es soneto
                                               burla burlando van los tres delante

El otro día Ana Pastor fue elegida presidenta del Congreso. Está bien. Es democracia. Por esa patriótica razón, esa mañana no acudió a su cita con varias de las víctimas del Alvia de Santiago, gente que no estaba en el listado de 81 muertos. Los muertos tienen la insana costumbre de no pedir audiencia. Se disculpó con delicadeza: “Ya no era parte del Gobierno, sino presidenta de las Cortes”. Normal, entonces, que no acuda a su cita con padres, hijos, hermanos y amigos de los muertos y de los mutilados. Ha de atender más elevadas responsabilidades, como tercera autoridad democrática de España tras el rey y el presidente. Mandó a un secretario de Estado y la reunión duró cinco minutos. Las víctimas llevaban documentación proveniente de la Agencia Ferroviaria Europea, organismo creado por la UE para compatibilizar raíles en el continente y velar por la seguridad. En esos papeles, las autoridades comunitarias denunciaban que el Gobierno “no aseguró la independencia de la investigación que requiere la normativa comunitaria”, que la comisión de investigación “no responde a preguntas esenciales sobre las causas raíz del accidente”, y que hay “preguntas sin responder” sobre las razones por las que Ana Pastor creó una comisión de investigación formada por las propias personas y organismos a los que habría que investigar: Renfe, Adif e Ineco. Por supuesto, concluyeron que el asesino era el mayordomo. O sea, el maquinista.

                                               Yo pensé que no hallara consonante
                                              y estoy a la mitad de otro cuarteto;
                                               mas si me veo en el primer terceto
                                         no hay cosa en los cuartetos que me espante

Y es que los maquinistas son muy mala gente. De hecho, dos semanas después de inaugurarse el falso AVE, el jefe de maquinistas de Ourense envió un mail a Fomento, a la muy eficiente Ana Pastor, sugiriendo que en la curva donde se produce el accidente “la velocidad máxima pasa de 300 km/h a 80 km/h de forma brusca, sin aviso previo por señalización de vía y sin el amparo del ERTMS [sistema de frenado automático]. Es una zona de riesgo”. La culpa es del maquinista. Del único maquinista. Y lo normal es que una ministra de Fomento no estropee sus meriendas leyendo los mails de los maquinistas. Vaya usted a saber las procacidades que pueden escribir estos brutos a una dama.

                                                Por el primer terceto voy entrando
                                               y parece que entré con pie derecho,
                                               pues fin con este verso le voy dando.

En julio de 2014, la Xunta de Galicia concedió unas medallas de oro a las víctimas, como si ser víctima de la inepcia gubernamental supusiera enorme mérito. Yo me enteré de mi medalla por la prensa. Se conoce que, como me había levantado de mi asiento cuando el tren volcó, había cometido menos heroicidad, y no me enviaron notificación al vagón adecuado. Aun ando por ahí desconsolado, sin mi medalla de oro. Otros la rechazaron, pero acudieron al acto para protestar sobre los oscurantismos de la investigación. Los repelió la policía, no sin cierta violencia y quiero creer que con cierta vergüenza. Ana Pastor no se personó, como dicen los horteras. Se conoce que tenía, como siempre, más elevados asuntos que atender.

                                              Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
                                                que voy los trece versos acabando;
                                                contad si son catorce, y está hecho.

Se habla mucho estos días de los responsables políticos de aquello. Ana Pastor, el ministro Rafael Catalá (entonces secretario de Estado de Infraestructuras), el ex ministro de Fomento socialista José Blanco (que eliminó por la prisas inaugurales el sistema de frenado automático). El entonces presidente de Renfe, Julio Gómez Pomar, ascendió a secretario de Estado, y al director general de ferrocarriles lo elevaron a secretario general. La autoridad que homologó ese tren es hoy presidente de Renfe Operadora.
Yo sigo teniendo el mismo sueño todas las noches. Cuando estábamos sacando gente del vagón nueve (quizá equivoco el número: nunca más quise saber de aquello), un hombre mayor me pidió que ayudara a su mujer. El vagón estaba volcado, y ella atrapada de un brazo entre un ventanal roto y su asiento. Todo era polvo y no se veía nada. Toqué a la mujer y comprobé que no tenía sangre. Y estaba consciente. O semi consciente, si ese estado existe. Como uno sabe que a un accidentado no se le debe mover sin precauciones médicas, a no ser que sea bestialmente necesario, le dije al hombre que era mejor dejarla allí hasta que llegara alguien. Y un tío cuya cara no reconocería y yo seguimos sacando gentes y maletas (las maletas estaban cayendo sobre los heridos, y cuando caían, a veces se escuchaban gemidos y otras veces no). Desde atrás, el viejo me gritaba:

-Hijo de puta. Hijo de puta. Ayudas a todo el mundo y a mi mujer no.

Espero que estén bien los dos.
Y que Ana Pastor tenga una feliz y lucrativa estancia en la presidencia de Congreso.

PS: Esto lo escribe alguien que solo sufrió rotura de unas costillas y de un trozo de clavícula. No quiero pensar en lo que sueñan otros compañeros de viaje menos afortunados, flamante presidenta. Un soneto me mandó hacer Violante...

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